Viaje 12

Abrió el cedé y lo colocó dentro de la boca del discman. Comprobó que éste tenía baterías. Luego cerró la puerta por dentro. Rebuscó en su cajita de madera y allí estaban las pastillas de nuevo: se las tragó sin agua. Luego se acostó desnudo sobre la cama, se puso los auriculares y pulsó el play. Tras el silbido que produjo el cedé en sus vueltas, un bajo a modo de latido comenzó a sonar. Ya no le dolía el cuerpo, pero sí sentía dolor. Quedó desnudo sobre la cama a pesar del frío. Desnudo.

 

A finales de los 80, a partir de colectivos multirraciales en Reino Unido surgió un movimiento musical que compartía su gusto por la mezcla de influencias variadas, entre las que destacaba poderosamente el reggae y el dub. Es la época en la cual el hip hop estadounidense comenzaba a expandirse al tiempo que explotaba la popularidad de la escena house. De estos colectivos surgieron diversos grupos y solistas cuyo sonido fue depurándose progresivamente hasta incorporar otras influencias (el soul o el r’n’b). Neneh Cherry o Soul II Soul desde Londres fueron pioneros en la configuración de un sonido rico y elegante, con profusión de secciones de cuerdas, un uso de sonidos previamente existentes, “samples”, y un creciente aprovechamiento de las herramientas de producción. Sin embargo, algo aún más poderoso se estaba cociendo al oeste de Inglaterra, concretamente en la ciudad de Bristol.

En Bristol, en su día uno de los puertos más importantes del Atlántico del comercio de esclavos y en esta época una de las ciudades con mayor diversidad étnica de Reino Unido, el hip hop comenzó a filtrarse en la conciencia de una subcultura ya bien formada en las formas musicales de Jamaica.

Precisamente quienes originaron el hip hop en Estados Unidos en los años 1970 habían sido músicos de Nueva York de origen jamaicano. Sin embargo, debido al surgimiento de nuevas formas de MC y DJ propias a las distintas escenas regionales de EEUU y del rápido ascenso del género al éxito mainstream se fueron diluyendo estos antecedentes caribeños directos. Sin embargo, el hip hop británico no dejó de samplear las influencias jamaiquinas originales, lo que se explica por la numerosa colonia jamaicana que formaba buena parte de la población negra de Reino Unido. Igualmente importante fue la popularidad del reggae, dancehall y dub en Inglaterra en los años 1980. De este modo, el hip hop británico, a diferencia del estadounidense, estaba muy relacionado con elementos de la música jamaicana. Los DJs de los colectivos musicales de Bristol, partiendo de la influencia de la música dub de Jamaica, solían utilizar tempos lentos y relajados (en inglés, “down tempo”) así como poderosos beats de batería: estaba naciendo un estilo musical nuevo, el Trip Hop. El colectivo más importante de los orígenes de esta escena es sin duda Wild Bunch; fue uno de los primeros en comenzar a desarrollar el típico sonido de Bristol que se asocia con el nacimiento del trip hop. De este colectivo surgen los grupos y artistas más importantes de la escena: Massive Attack, Tricky y Portishead.

Geoff Barrow, originario de un pueblo cercano a Bristol llamado Portishead, había trabajado con Massive Attack en la producción de su primer álbum, el también imprescindible “Blue Lines”; él era el chico del té y a veces se encargaba de los aparatos de grabar. Lo llamaban “el chico de Portishead”, así que, cuando se decidió a emprender su propio proyecto, qué mejor que ponerle su mismo apodo. En 1991 conoció a Beth Gibbons; ella, criada en una granja en Exeter, empezaba su carrera musical haciendo pequeñas actuaciones en bares de Bristol. En 1993, dos años más tarde de aquel primer encuentro, nació ya como banda Portishead, cuando a Barrow y Gibbons se une Adrian Utley en la guitarra y el sintetizador. En seguida comenzaron a plasmar sus ideas en grabaciones, y de ellas surgió un disco absolutamente imprescindible y publicado en agosto de 1994: Dummy.

Mysterons (05:07). Tema que abre el disco en lo que constituye una declaración de principios: piano Fender Rhodes, un ritmo cercano al estaticismo, y la aparición de un theremin, austero envoltorio instrumental a una evocadora canción que parece diseñada para acompañar imágenes oscuras y misteriosas. El uso de una percusión contundente, de tonalidad metálica, como si se estuviera tocando un bidón, es otro elemento distintivo en el sonido del grupo, un descubrimiento sonoro rápidamente incorporado en las producciones desde ese momento. La canción muestra la tendencia generalmente oscura de todo el álbum: haciendo honor a su nombre, un tema muy misterioso que viene a la perfección para introducir el disco.

Dummy fue aclamado por la crítica con todo merecimiento. Como es obvio, por el elevado nivel compositivo de todo el disco. Pero también porque en 1994, año de su edición, confirmaba que, en menos de una década desde la explosión de todos los géneros que habían encumbrado el uso de sintetizadores y samplers y los habían asimilado, era la demostración de que esa onda expansiva había alcanzado todos los ámbitos. La escena electrónica ya no sólo era patrimonio de clubes y pistas de baile. Ya contaba con sus propios artistas aptos para su escucha en el hogar, con discos con espíritu adulto y maduro. Más adelante, Portishead demostrarían la consolidación y evolución de su estilo, tanto en vivo (el magnífico Roseland NYC Live) como en un cierto acercamiento hacia el kraut-rock (en Third).

Donde Massive Attack, el otro gran referente del trip hop, mostraban un abanico de influencias más orientado a sonidos de color: reggae, soul, hip-hop, afro-jazz, Portishead se muestran menos dados a que sus influencias sean reconocidas. Las canciones de Dummy contienen samplers de Isaac Hayes o Weather Report, pero también de un compositor de bandas sonoras para el cine como Lalo Schifrin. Dummy es un disco sólido, con un nivel compositivo de primer orden, original y poderoso, otro de esos discos que, desde su publicación, pasó a ser un referente.

Wandering Star (04:56). La presencia de un órgano Hammond aporta un toque ligeramente vintage. Una línea de bajo profunda atraviesa la canción desde el comienzo hasta el final. ‘Scratches hiphoperos’ de vez en cuando.  Un fragmento de “Magic Mountain”, un tema de Eric Burdon & War, al que consiguen dotar de una identidad propia. Y sobre esto, la voz de Gibbons, capaz de transmitir la más profunda tristeza, siempre acompañada de ese ritmo lento, casi letárgico, mientras susurra letras sublimes: “Estrellas errantes, condenadas a lo sombrío, a la oscuridad, por siempre.

La música de Portishead tiene una gran dosis de melancolía, en gran parte a la voz de Beth Gibbons que aporta su peculiar voz (expresiva, algo nasal, de una fragilidad característica que fue masivamente imitada), y que combinada con los ritmos y atmósferas graves y envolventes dan un alto grado de seducción, ensueño y tristeza en cada una de sus canciones.

El sonido de Portishead se caracteriza por su estilo áspero, melancólico e hipnótico. Un sonido sofisticado que siempre se ha distinguido por su estructura y elaboración orgánica, su seducción, su resultado imponiéndose sobre la pose, y la sencillez que transmite la personalidad de la genial Beth Gibbons, una mujer de armas tomar, poseedora de una voz incomparable y un carácter excepcional alejado del divismo y el alarde de otras heroínas del rock con fama menos merecida. Ella sola llena los espacios instrumentales que hacen que vuele la imaginación, pero su labor no sería tan grande sin los otros dos miembros de la banda, quienes a través de bases electrónicas accesibles, ritmos herederos del hip-hop undeground, el downtempo y el pop experimental han labrado una reputación que convierte su propuesta en obra de culto.

Roads (05:09). Su sección de cuerda constituye un ejemplo absoluto de como la música concebida e interpretada por máquinas no está desvinculada del más sentido componente emocional. una letra extremadamente triste, acompañada de violines y un ritmo de balada que hacen que este tema sea una de las canciones más directas del álbum. De nuevo, la voz de Beth Gibbons hipnótica y melancólica, mezclándose con instrumentaciones y atmósferas densas.

Hay un tesoro por hallar en cada escucha de “Dummy”: letras cargadas de poesía, ritmos que hacen aparecer atmósferas propias de películas, líneas de bajo, trompetas, samplers y scratches, órganos Hammond. La voz de Beth Gibbons ahogando susurros y quejidos, instantes de felicidad posible diluidos en soluciones de desvalía y desamparo; interpretando, en un pletórico primerísimo primer plano, las escrituras de un decálogo sonoro infinito en emoción. Y todo para crear partituras que mezclan mil estilos y que están escritas con agua de llanto, producidas con una técnica impecable y austera. Portishead debutaron con una obra capital cuyo impacto permanecerá indeleble mientras haya desesperanza y se necesite un asidero al que agarrarse. Dummy es un álbum oscuro y extraño, es sofocante, escucharlo es transportarse a la penumbra, entrar a una pesadilla y esta allí sin esperanzas, es puro sufrimiento y a la vez increíblemente hermoso, sublime.

Este álbum fue el primero del género trip‐hop que llegó al mainstream y cuya fama cruzó el Atlántico. Precisamente al grupo no le gusta definir su música con este término (trip-hop), ya que opinan que sólo es una invención de los medios para catalogar su inclasificable música. Sin embargo, ellos son uno de los culpables por los cuales el género trip-hop comenzó a triunfar a mediados de los 90: llegó un momento en que numerosas campañas de publicidad utilizaron temas de Portishead o Massive Attack como fondo en sus anuncios; también han sido recurso fácil para temas de bandas sonoras de series modernas.  Lo peor vino después cuando surgió una nueva generación de artistas y grupos de trip hop con un sonido más estandarizado, amable y comercial, como Morcheeba, Lamb o Sneaker Pimps. Como demuestran las declaraciones de Barrow, a los miembros del grupo no les gustó la percepción que ha ido quedando del álbum con el que saltaron a la fama: “Con todo el mundo he evitado cualquier conversación sobre Dummy porque en EEUU y Europa tuvo la connotación de ser una especie de mierda inglesa de moda para cenas de la industria de la música. Lo que terminó siendo Dummy no era lo que tenía que ser. Fue asimilado por un público de cenas sociales y puesto de fondo o gente que volvía de meterse pastillas.

Glory Box (05:08). Para cerrar el disco, una joya que se mueve entre la tristeza y otra vez esa extraña sensualidad sobre un sampler de un tema de Isaac Hayes. La frase “Give me a reason to love you?”, el solo de guitarra eléctrica en la mitad de la canción y un peculiar auge de distorsión antes de acabar en fade out hacen que se comprenda porque numerosas revistas especializadas la coloquen entre las mejores canciones de todos los tiempos.

A pesar de que tras su publicación, el éxito obtenido hizo que el disco perdiera credibilidad entre el público más alternativo, es indudable de “Dummy” es de esos discos que todo el mundo debería conocer. Hay quien dice que escuchar a Portishead es el equivalente a leer a Franz Kafka. Con Dummy, Portishead logró una verdadera joya, un clásico automático, mezclando con irresistible atractivo canciones muy emocionales, gracias a la aterciopelada voz de Beth Gibbons, en un ambiente oscuro y desasosegante, fruto de la magia electrónica del teclista Geoff Barrow. Una obra capaz de resumir la vida misma en unos cuantos acordes, en un conjunto de hipnóticos ritmos, scratches malsanos, riffs hirientes, samplers ralentizados y percusiones repetitivas. Un disco inigualable, elegante y sensual, pero al mismo tiempo desgarrador, capaz de ponernos la piel de gallina con solo oír unos segundos de cada tema.

Dummy está poseído por un clima de melancólica maldad que nos transporta al cine negro, repleto de criminales y sangre. Dummy es blues lánguido que construye paisajes ambientales feroces, fríos, vanguardistas e industriales. Dummy es perfecto para una madrugada sin luna, para la hora de las brujas, un disco para seres impuros. En definitiva un disco impecable, una escucha obligada.

 

Falta un cuarto de hora para que se hagan las ocho de la mañana. Después de escuchar el disco en dos ocasiones, Indiego se incorpora. Sigue desnudo. No ha conseguido dormir. Pero ha viajado a sitios de su alma que desconocía que existían. Ya no le duele el cuerpo, pero tampoco siente ningún dolor. Se mira en el espejo. Sonríe. Vuelve a resaltar con rímel el contorno de sus ojos (Seguro que haces buenas fotos con esos ojos tan grandes). Se pinta los labios de negro. Sonríe. Ahora carga la mochila de su cámara, abre la puerta de su habitación. Está desnudo. Y abre la puerta del piso de estudiante, donde todos duermen. Y desnudo sube a la azotea del edificio. Dos minutos después sonríe mientras dispara su cámara haciéndose autorretratos. Desnudo.

diciembre 2018
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