Viaje 21

Esa misma tarde, cuando Indiego regresó a su piso llevaba entre sus manos el regalo de Ober. En la carátula se veía un laboratorio donde tres esquimales sin rostro observaban una semiesfera sobre una camilla. Ya en su habitación, repitió el ritual de siempre: abrir la boca del discman, introducir el cedé en su interior. Tomarse una pastilla. Acostarse. Ponerse los auriculares. Pulsar play. Una música como de videojuego empezó a sonar mientras el viaje comenzaba.

 

Tal día como mañana de hace cinco años nos dejó unos de los mejores letristas de la música indie en España. El 9 de julio de 2008, Sergio Algora, un hombre de palabras y expresiones que electrocutaban la imaginación, murió a los 39 años. Nació, vivió y murió en Zaragoza, y recorrió España cantando desde 1993 con El Niño Gusano, desde principios de esta década con Muy Poca Gente y poco después y hasta su muerte con La Costa Brava, grupos de pop marcados por su fuerte y entusiasta personalidad. Como letrista, su gran influencia fue Syd Barett, y padeció el sambenito de “surrealista”, del que renegaba.

De toda su carrera, El Niño Gusano fue su gran grupo, con el que publicó su primer disco el mismo año, 1994, en que debutaba como poeta. El Niño Gusano nació en Zaragoza fruto de la casualidad. A Sergio Vinadé, le echaron del grupo que compartía con Mario Quesada (bajo), The Caracols, por no saber tocar la guitarra. Poco después deciden formar ellos dos su propio grupo junto a Andrés Perruca (batería), y se deciden a buscar cantante. La suerte les lleva a que sea Sergio Algora quien dé con ellos. Son estos cuatro componentes, de visión genial y alucinada, quienes conciben las primeras canciones del grupo, al que bautizan con el título del cómic “El Niño Gusano” de Hideshi Hino. Siempre dentro de un pop muy original y caracterizado por los chistes privados (una entrañable psicodelia costumbrista), evolucionaron desde un estilo provocador y festivo al tono agridulce e introspectivo de su último disco, objeto de nuestro viaje de hoy.

Los comienzos no fueron fáciles: haciendo honor a su nombre, se sentían bichos raros en el inicio de su carrera, cuando llamaban a las puertas de discográficas independientes con maqueta en mano sin obtener respuesta. Hasta que la entonces debutante Grabaciones en el Mar les recibió a principios de la década de los 90, era indudable que en el comienzo de la nueva escena española no las tenían todas consigo: cantaban en español cuando el inglés era el idioma oficial de los indies (a excepción de Penélope Trip o Los Planetas), y además contaban con una visión musical infinitamente más amplia que la de sus compañeros de generación: la infinidad de matices, la persona lírica de sus canciones, esa forma de usar el pop y la psicodelia al modo de una orquestilla de fiesta, todo ello les hacía ciertamente únicos.

El EP “Palencia” (1994) es su primer trabajo: cuatro canciones en las que apuntan hacia lo que se iban a convertir. Luego vino su disco de debut, ese primer contacto con el personal y extraño universo de El Niño Gusano llamado “Circo Luso” (1995). En mitad del batiburrillo del noise español, resulta que El Niño Gusano publica un single enorme llamado “La mujer portuguesa”, canción por la que siempre son identificados y que está lejos de los cánones de entonces, canción a la que acompañan brillantes composiciones. El grupo comienza a recibir críticas muy positivas de público y crítica especializada, y aunque su sonido aún les emparejaba con el resto de grupos independientes, denotaban querer encontrar su propio lugar.

Ese universo propio se hizo más patente en su siguiente disco: “El Efecto Lupa” (1996), un disco que cuenta con el apoyo promocional de una multinacional (RCA) y que, al tener mejores medios, muestra un sonido más refinado, con mayor variedad de arreglos. Otro efecto del contrato con RCA es que El Niño Gusano goza de una mayor presencia en los medios a través de videoclips y apariciones en programas de televisión, lo que propiciará que actúen en el Festival Internacional de Benicassim y en el BAM en 1997.

Poco después, tras haber fichado a Paco Lahiguera para reforzar la guitarra y los teclados de Sergio Vinadé, son contratados por la multinacional RCA en la cual publican su tercer y último disco, su gran obra, “El Escarabajo más Grande de Europa” (1998).

Una simple anécdota (varios encuentros fortuitos con escarabajos o “ciervos volantes”) lleva al grupo a titular así a un álbum capital en la década de los 90, en el que los zaragozanos alcanzan su madurez tanto lírica como compositiva. En él se recrean pequeñas piezas que se convierten en cuentos surrealistas, con una velada amargura en muchas de sus letras, cortesía de Sergio Algora. Pesa sobre él un cierto aire de disco conceptual, ya que comienza y acaba con el mismo tema, “Telehueso”, y enlaza tres canciones por su lógica argumental. El disco cuenta con una producción de lujo y con mayor riqueza en los arreglos que sus predecesores. Sin embargo, a pesar de ser considerado como su mejor disco, RCA lo descatalogó poco después siendo, afortunadamente reeditado en 2001 por Grabaciones en el Mar.

 

Duerme (05:19). Quizá una de las canciones más secretamente tristes que se han escrito en mucho tiempo. Añoranza por un tiempo mejor, quizá un tiempo que nunca existió, lo cual es peor, en una melodía falsamente luminosa. Cansancio, resignación, renuncia para una tonada muy pop, pero como si no quisieran ser tomados en serio.

 

En su tercer disco, el grupo se arriesga a darlo todo en una multinacional, y como éstas en algunos casos no son las malas, “El Escarabajo más Grande de Europa” (RCA, 1998) goza de la mejor producción y del repertorio más maduro, e incluso “trascendente” si se quiere, de su discografía. Existe un halo mágico que invade al disco, desde su enigmático título. No contentos con demostrar que es su colección de canciones más emocionalmente cargada, enlazándolas a veces a través de una lógica cronológica con el fin de llegar a la no existencia, con sugerencias, letras que se pueden interpretar a partir de mil puntos de vista distintos, contradictorias sensaciones y juegos de palabras, imágenes surrealistas y psicodélicas de curiosas interpretaciones. La visión multicolor del disco es algo único: se pasa de la dulzura a la locura kitsch, de la energía a confusas y absurdas historias. Detrás de todo ello, El Niño Gusano fabricando cada pedazo de canción y trazando las imposibles poesías de un Sergio Algora pletórico y visionario.

“El Escarabajo más Grande de Europa” es un disco en el que impera una tristeza flotante, algo perceptible, pero a la vez, etéreo. Y no contentos con haber sorprendido, mostrarse rabiosamente originales, y mejorarse a ellos mismos, encima proclaman que desean ser otros por un tiempo, como si mostraran que todo lo que han dicho ya había sido dicho por alguien antes. Quizás eran conscientes de que había otro “gran arte” en otro lugar, lejos de aquí. Quién sabe. Lo que sí que hicieron fue el mejor disco de su carrera.

Este disco fue el momento de la verdad en el grupo, un disco total, bueno de verdad, extenso y pocos altibajos, con grandes momentos no inmediatos y lleno de matices que aseguran más escuchas durante años hasta hoy, es decir, todo un clásico llegando a imitarse a si mismos. Fue un giro esencial a su línea argumental con canciones intimistas, medios tiempos, una producción detallista en un estudio profesional.

Resultó sobresaliente como disco y como reinvención, el tiempo le dio un papel de epitafio que le va como un guante por su imagen fría y el tono melancólico de perdedor, letras desoladoras, pop intimista y con grandes canciones pletóricas y visionarias.

Un rayo cae (04:54). Esta canción pone en evidencia que una amable melodía puede llevar encerrada las mayores insidias y los peores insultos nacidos del desamor. De vez en cuando acordes cercanos a las canciones infantiles intentan quitar hierro al asunto, pero en cada palabra vuelve a resurgir el resentimiento de alguien que ha sentido demasiado.

Producido como si fueran un grupo grande, con lustre pero sin excesos ni barroquismos (aparte de los propios), “El Escarabajo Más Grande De Europa” es un disco más grande, más bonito, mejor que los anteriores. Cansados de ser ninguneados mientras gente con menos méritos se llevan la tarta entera y la chica, este pequeño grupo echa un órdago a la grande, poniendo en baza sus mejores armas: letras surrealistas, puntos y comas, música de juguete, toques circenses e infantiles, y unos arreglos que sólo pueden definirse como pop. Y lo hacen en estado de gracia, dando sus mejores versos, sus mejores canciones que hablan sobre podios a gusto del consumidor, señores que no son rusos, gente que no es mejor que yo, hombres que huelen mal debajo del río, alas a medida, días que duran un año, besos con sabor a delantal, cumpleaños en la cocina y olores antes que desayunos. Este es un álbum que, aparte de ser su indiscutible cima, marca con el fuego del desengaño la mayoría de edad del indie estatal de los 90, junto al también enorme “Una semana en el motor de un autobús” (1998), de Los Planetas.

Con “El Escarabajo más Grande de Europa” El Niño Gusano se acerca musicalmente un poquito más a la psicodelia clásica. Las letras son más amargas y tristes que en anteriores discos. Y es con este disco que muchos piensan que es cuando se convierten, aunque solo sea fugazmente, en el mejor grupo español, capaz de combinar con unas composiciones tan frescas y personales que, día a día, les ha granjeado una legión tanto de seguidores como de detractores.

A pesar de ello, el disco sería con mucho el menos popular de sus tres álbumes, a pesar de que se apoyaba en pequeñas joyas, esos vocales insidiosos y desmadejados de Algora y de ese encantador tono ambiental guarnecido por frágiles y perfumadas melodías.

Lourdes (03:53). Una obra maestra del realismo mágico que con su tono de balada festiva nos habla de la muerte, una de las constantes en los temas de El Niño Gusano. Las letras hablan de la corrupción y decadencia física, pero lo terrible es confirmar que tras la muerte, nuestro recuerdo se limitará a fotografías antiguas y que, para la eternidad, seremos “solo labios ya”. Eso sí, todo con un tono alegre y absurdo.

Tras la gira para “El Escarabajo más Grande de Europa”, el grupo se separa en el verano de 1999. Sergio emprende el proyecto Muy Poca Gente, que sería el germen de La Costa Brava, grupo en el cual coincidiría con Fran Fernández (Francisco Nixon), por entonces compaginando con Australian Blonde. Posteriormente a su disolución se publican sus Caras B y rarezas en un doble álbum, “Fantástico Entre los Pinos” (2000). Por su parte, Sergio Vinadé y Andrés Perruca fundaron el grupo Tachenko. Andrés Perruca fue posteriormente batería de The Secret Society.

La Costa Brava se convirtió en uno de los grupos fundamentales del indie nacional a lo largo de la primera década del siglo XXI, llegando a publicar siete discos, y es quizá el grupo que por sus letras más se asemeja a El Niño Gusano. Tachenko por su parte heredó los fundamentos pop del grupo original y a lo largo de sus seis discos (el último publicado en este año 2013) van dando lecciones de cómo conseguir que cada palabra, cada sílaba y cada letra encaje perfectamente en cada compás, cada acorde y cada nota, consiguiendo ser uno de los grupos que mejor musicalidad pop le han encontrado al castellano.

Musicalmente El Niño Gusano exhibía una variada gama de influencias, desde la psicodelia hasta el noise-pop. Desde los sonidos psicodélicos de Syd Barrett y el noise psicodélico de The Flaming Lips, al pop artesanal de Teenage Fanclub aderezado por los apuntes circenses de Tom Waits. Todo eso empapado de la influencia de los grupos de pop español de los años sesenta y setenta. Tampoco desdeñaron a lo largo de su carrera hacer homenajes a grupos tan variopintos con Beatles, Joy Division, Frank Zappa o Mecano. Una mezcolanza de gustos fuera de lo común, una de las razones de la personalidad tan especial del grupo.

Su impronta se detecta, además de en los grupos derivados Tachenko y La Costa Brava, en grupos tan diversos del indie pop español como Maga, Manos de Topo o Gabriel Y Vencerás.

El fabricante de alas de mariposa (06:31). Una pesadilla hecha canción que mezcla el universo de Lynch con un cuento de corte victoriano. Sergio Algora y compañía demostrando que eran insuperables creando mundos fantásticos y personajes inolvidables, imposibles pero dotados de una personalidad y una existencia irrebatible. Y todo con un perfecto tempo controlado.

El Niño Gusano fueron los bichos raros del indie español de los 90, no sólo porque cantaran en castellano cuando la influencia anglosajona aconsejaba hacerlo en inglés, sino porque, desafiando tópicos, los aragoneses supieron utilizar todos los recursos del lenguaje para construir su particular juego literario aprovechándose de la música. Gracias a la combinación de metáforas y contrasentidos, un amargo sentido del humor e infinidad de imágenes psicodélicas, a la que añaden una galería de estrambóticos personajes de ficción, dieron el acabado perfecto a su propuesta, construyendo una corriente musical nada convencional.

“Se hizo el silencio / y a cada boca yo concedí un deseo / Todos se cumplieron / todos menos el mío”. Son versos de una de las canciones de El Niño Gusano. Los cantaba Sergio Algora, un poeta que quería haber nacido francés pero que era un aragonés tocado por esa melancolía invisible que el tuerto imagina surrealismo y el ciego no comprende. Sergio Algora, un poeta que se cortó la lengua y la puso a nuestros pies, que concedió todos los deseos menos el suyo. Se marchó el 9 de julio de 2008 en su casa de Zaragoza. El rey había muerto, y no era un cuento. Para siempre, queda su obra.

 

Los días siguientes desde que Ober le dio el disco, Indiego lo escuchaba casi a diario. Trascurrido un mes, a su casa de pronto un día llegó, a través de una compañía de transporte urgente, un paquete envuelto en papel  de regalo que imitaba una piel de pantera. Un rectángulo poco mayor que un libro: cuando lo abrió lo entendió todo. Un cuadro de fondos grises donde a la mitad surgía una roza azul. Al día siguiente cuando fue a casa de Ober y tocó a la puerta nadie contestó. Una vecina le dijo: -¿Pregunta por el raro? Ayer se fue con su loro y con su cuervo. Dejó un maniquí en el portal. El muy desgraciado la dejó desnuda a posta para cuando llegaran mis hijos del colegio. Menos mal que se ha ido.- Indiego no dijo nada, sonrió, aunque en los ojos le temblaron algunas lágrimas.

febrero 2019
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