Viaje 25

Decidió cambiar de música. Fue a donde guardaba los cedés y rebuscó hasta hallar el que estaba buscando. En la portada, un perro que más parecía una mopa, saltaba una barrera. Era bonito aquel perro. Sacó el disco de la caja (la belleza está en el interior) y lo metió en el equipo. Volvió a mirar el cuadro: le gustaba, allí estaba él. Se tomó una de sus pastillas (en el cuadro había pegado un prospecto), y pulsó el play. Una cascada de ruido empezó a sonar. Una voz nasal empezó a cantar sin ganas letras sin sentido. Le gustaba, allí también estaba él.

 

 

Un mes antes de la inauguración de los Juegos Olímpicos de Atlanta, el 18 de junio de 1996, un artista que ya había probado las mieles del éxito tres años atrás con una de las canciones bandera del movimiento alternativo de los años 90, empeñado en demostrar que lo suyo no era flor de un día, publicó un disco enorme, una joya indiscutible, una obra maestra. Su nombre, Beck; la de su creación, “Odelay”, o la demostración más perfecta de que en la mezcla está lo bueno, lo mejor.

Beck Hansen (nacido en 1970 en Los Ángeles, California) es cantante y compositor, y miembro de una familia de artistas. Desde pequeño, Beck estuvo influido por su padre, David Campbell, arreglista compositor y productor de hasta 450 discos de oro y platino con artistas como KISS, Linkin Park, Metallica, Bon Jovi, Evanescence, Carole King, Alice Cooper o Leonard Cohen. La madre de Beck es la artista visual y empleada administrativa, Bibbe Hansen, hija de la poeta y showgirl Audrey Hansen y del artista Al Hansen. Se crió en los suburbios de Los Angeles, donde absorbió el hip-hop cada vez más creciente como breakdancer. Beck también vivió en Kansas con sus abuelos (su abuelo paterno era un pastor presbiteriano) y con su abuelo materno, el artista Al Hansen, en Inglaterra.

Beck comenzó como músico de folk, en una especie de mezcla entre country blues, delta blues y folk más tradicional, siendo los autobuses y las cafeterías de Los Ángeles sus escenarios principales. En 1988 grabó una casette, “Banjo Story”, antes de conocer a Chris Ballew, guitarrista del grupo de música punk “The Presidents Of The United States Of America”. Esta alianza lo llevó a contactar con el productor de hip-hop Carl Stephenson, con quien grabó “Loser”. Estamos en 1993. El sencillo fue lanzado en marzo de 1993 en vinilo 12″ con sólo 500 copias impresas. Sin embargo, la canción fue emitida en el emblemático programa “Morning Becames Eclectic” de la emisora de radio KCRW de Santa Mónica, y se convirtió en una sensación. La canción se extendió luego a Seattle y llamó la atención de todas las discográficas alternativas que en ese momento estaban ávidas de descubrir a la próxima estrella. Finalmente, Geffen, la misma discográfica de Nirvana o Sonic Youth se llevaría el gato al agua. En marzo de 1994, Geffen publicó el álbum debut de Beck titulado “Mellow Gold”. El álbum convirtió a Beck en un fenómeno de masas al alcanzar las posiciones más altas en las listas especializadas. El álbum incluyó la canción “Loser”. Por aquel entonces, “Loser” ya estaba en el top 40 y su vídeo entre los más emitidos por la MTV. La canción ascendió rápidamente en las listas de los Estados Unidos, alcanzando el puesto número 10 en el Billboard Hot 100. La canción alcanzó la popularidad también en el Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda y en toda Europa. Los críticos denominaron a “Loser” como un himno de la Generación X, aunque a Beck le molestara furiosamente esta nominación. Había nacido una estrella alternativa que hacía suyos algunos gestos sonoros lo-fi próximos a la estética grunge, aunque con un componente casero y una diferencial pátina irónica.

Sin embargo, tras este éxito tan rotundo, Beck comenzó a temer convertirse en un artista efímero. En los dos años siguientes publicó tres trabajos más sin conseguir estar contento con lo publicado ni lograr el reconocimiento de nuevo del público. En 1996 el grunge había muerto: en el mundo de la música triunfaba el brit-pop y el hip-hop, cuando no grupitos de chicas o chicos guapas. Y de pronto, y cuando nadie lo esperaba, Beck publica una obra de arte que se va a convertir desde su publicación en un hito para la música alternativa. Su título, “Odelay”.

 

Beck – Devil’s Haircut (03:14). La introducción de esta canción ya propone un sonido sucio, pero a la vez atractivo y desenfrenado. La potente guitarra, la batería sucia, la voz de Beck, los distintos samples (de MC5, de Them o de Pretty Purdie), las líricas poco poéticas: Devil’s Haircut resulta ser una especie de manifiesto de lo que se haría a lo largo del álbum, y como canción, resulta ser toda una descripción de lo que pasaba en entonces: el gobierno de Clinton (y en general, las grandes corporaciones) querían llevar una política de controlar a la gente y exprimir sus bolsillos.

 

“Odelay”, además de contener el sonido de los 90, muestra la psicología de una sociedad en construcción, que nació después del punk y del rap y que se infiltra ya en los medios masivos. Su responsable, Beck, es uno de los escasos pioneros de hoy en día, que ha dejado a los demás el reto de experimentar con el ritmo, la voz y, en particular, el género. En “Odelay”, Beck explora y rescata el pequeño submundo creado en la canción “Loser”, que lo lanzó al estrellato, en el cual juega con distintos samples, mezclándolos con guitarras distorsionadas, baterías cambiantes y bajos poderosos, conservando un poco del Lo-Fi de su trabajo “Mellow Gold”; pero en esta ocasión se inclina por una producción mucho más limpia, alegre y direccionada hacia un lado más disfrutable por las masas. Esto le permitió descubrir sonidos más allá de su gran éxito y expandirlos hacia un universo completo de posibilidades: mezclar lo alegre con lo triste, lo frenético con lo calmado, lo bueno con lo malo. Y estos 13 temas que componen el disco son el fruto del lado más creativo de Beck.

El disco parece surgido de un sueño o de una alucinación, y es que nunca un pastiche había sonado tan esplendorosamente coherente. Beck consigue hace saltar chispas de la colisión entre blues y hip-hop, sabe compaginar lounge, folk y hardcore sin pestañear, y logra incrustar una sabrosa colección de samplers (de James Brown a Bernard Purdie, pasando por Dylan y Jobim) en un disco poseído por la psicodelia más bizarra y la inspiración más fecunda y audaz.

Además hay que destacar que la grandeza de Beck consiste en no tener miedo ni a la música ni a la expresión de ésta según sus capacidades, demostrando que es un creador comprometido con sus recursos. Tal vez su trabajo no tenga nada de innovador, pero Beck ha sido capaz siempre de reconocer abiertamente sus fuentes desplegándolas en el circuito de difusión típicamente excluyente de las músicas no-blancas. Es decir, su música es sorpresiva, no tanto por el collage, sino sobre todo que por la irrupción en el mercado anglosajón de un montaje hecho a base de voces culturalmente rechazadas. Con Beck, los blancos pueden escuchar con comodidad y sin extrañeza a los negros, a los indios o a los latinos.

 

Beck – The New Pollution (03:39). Una intro como de canción infantil da paso a un ritmo lounge que empieza a ganar protagonismo en el álbum. Luego aparece un saxo que es una sampler de la canción “Venus” del artista Joe Thomas. En definitiva una genial línea la de esta canción: un comienzo rápido nos va abriendo paso poco a poco hacia un final con lounge.

 

Beck pasará a la historia de la música por esa capacidad de mezclar de forma precisa tonos que jamás ningún otro se atrevió a juntar. Por eso, la pregunta que nace para los escépticos y puristas del rock de guitarras más tradicional es qué hace metido este personaje en el rock and roll. ¿Bastaría con decir que ha sido considerado el nuevo Bob Dylan? Quizás no. Pero tiene un ingrediente esencial: la irreverencia. Y con eso le basta y le sobra. “Odelay”, un álbum co-producido por The Dust Brothers (productores de Beastie Boys), es simplemente un collage de sonidos en el que Beck se niega a aceptar las convenciones para solamente “limitarse” a lo que a él se le ocurra. Es así como esta entrega no tiene ningún tema similar a otro en este disco ni en ninguno, emulando a la reinvención en cada momento.

Su amplio bagaje cultural le permite crear tanto discos acústicos de fenomenales melodías desnudas, con bellas y emocionales piezas preferentemente folk, como trabajos de heterogénea disposición sonora, lírica en base al flujo de conciencia, riqueza en texturas al desarrollar collages que mixturan el rock, el pop, el folk, el blues, el country, la psicodelia, el funk, el easy listening, el noise, el rap o el jazz, por nombrar solo unos cuantos de los tantos estilos que baraja de manera sorprendente. El estudio como instrumento, samplers, gritos, arpas, bandejas, polución, sed, cactus, campanas. “Odelay” es un espacio donde se encuentran sin vergüenza y de una sola vez el blues, el country, el hip hop, el soul y el folk, y todo sin ni siquiera pestañear, para convertirla en una música indefinida: una mezcla enorme de ritmos, sonidos étnicos, algún ruido molesto que otro, y la voz desganada de Beck en lo alto. Asusta, pero funciona.

 

Beck – Where It’s At (05:30). Oímos a Beck rapeando a lo vieja escuela sobre samplers de hasta cinco canciones diferentes: obra maestra del pastiche y de la mezcla, sobre la que una letra alucinada y alienada es rapeada, recordando a la canción de más éxito de Beck, “Loser”. Dos anécdotas: una famosa marca de cerveza le ofreció a Beck una atractiva suma de dinero para utilizar ‘Where It’s At’ en una publicidad de la empresa, oferta que fue rechazada por el músico; su título se debe al hecho de que la canción utiliza samples de voz sacados de un álbum de educación sexual llamado “Sex for teens: (Where It’s At)”.

 

Por su exuberancia desafectada, su ferviente eclecticismo, su precoz ingenuidad y su obstinado rechazo a tomarse en serio, Beck fue el artista de los 90. Y Odelay su disco definitivo, se destapó en este álbum como algo más que un solista de un sólo éxito, “Loser”, exhibiendo el suficiente respeto por la tradición como para hacerla sonar moderna. Por si fuera poco, demostró conocer la historia de la música, tener un imparable sentido universalista y disponer de un montón de excelentes canciones para acreditar a su nombre.

“Odelay”, que en principio se iba a titular Robot Jazz, suena como 60 años de radio de una sola vez. En todas sus canciones se parece intuir una base (blues distorsionado, los Beatles de última hora, country, folk apaciguado, rap o soul), pero su logro es que van saltando de un género a otro, dinamitando los estrechos márgenes que encorsetaban al rock. Cada una de las canciones contiene suficientes elementos como para garantizarle un comentario exclusivo: fragmentos de ruido dan paso a canciones country con ritmos hip-hop, melodías lounge se transforman en una extraña mezcla de pop, jazz y arreglos de película, samplers de Bob Dylan interpretados por Them se funden con cameos jazz de Charlie Haden o retazos de desconocidas bandas de los 70 como Rasputin’s Stash.

“Odelay” también se destaca por el guiño continúo que Beck hace a la cultura mejicana inmigrante en Estados Unidos. El álbum originalmente se tenía que llamar “Órale”, como la típica exclamación mejicana, pero por error se imprimió “Odelay”, que viene a ser como fonéticamente un norteamericano pronunciaría “órale“. Pero no sólo en el título se muestra este homenaje. Odelay rescata y mezcla lo mejor del lado anglosajón y de la cultura mexicana a través de la visión de Beck. Por un lado, su pasado en las villas mexicanas en Los Ángeles le permitieron aceptar influencias que iban desde un hip-hop deslenguado como lo hecho por Cypress Hill, hasta rancheras y ritmos caribeños, y estas influencias se pueden encontrar a lo largo del disco. Por otro lado, una hermosa tonalidad folk (o anti-folk como lo ha manifestado él mismo) que perfecciona cada acorde con suaves armonías vocales.

En general, “Odelay” presenta una actitud bastante crítica frente a una realidad estadounidense de los 90, y en sus letras se manifiesta casi literalmente (o a lo más con algunas malas metáforas) un descontento fundado en lo que la gente (y en especial los inmigrantes mexicanos) sienten. Además plasma la semilla de lo que hoy es la sociedad post moderna a través de líricas descriptivas ausentes de poesía.

 

Beck – High 5 (Rock The Catskills) (04:10). La mezcla de estilos alcanza en esta canción lo sublime: samples de música clásica, de funk, de bossa o samba, guitarras agresivas, lounge, sonidos robóticos de canciones que ya han sonado en el disco, gritos y rapeo que derraman palabras y frases que no significan nada o que significan mucho.

 

Todo lo dicho hasta ahora puede describir lo que escuchamos en el disco, influencias aleatorias mezcladas en una sola receta y que por extraño que parezca funciona a la perfección. “Odelay” es prueba del dominio de Beck para ensamblar figuras musicales a base de conjugaciones sonoras muy diversas.  Desde luego, ni es él el primero en ello y dudosamente es el más virtuoso; pero sí, por el contrario, ha sido desde el principio el más oportuno. “Odelay” y Beck. Beck y “Odelay”: el orden de los factores no altera el producto. El quinto disco del californiano fue su confirmación cuando todavía era un joven con un éxito irónicamente llamado “Loser”. Atrás dejaba su influencia y experimentos por la vía del folk para pasarse de lleno a los sintetizadores y todos los aparatos que en manos de Beck cobraban vida propia.

Fue un disco fresco, revolucionario para una época en la que la electrónica, si bien construía sus pilares de forma muy dispersa en diferentes frentes, no tenía mucha vocación de superar un gran público que se interesase por sonidos más extraños de lo normal. Beck consiguió el éxito de crítica y público, en parte por una acertada campaña comercial, pero sin duda y sobre todo por la tremenda calidad que muestra “Odelay”, y que situó a su autor entre los más grandes creadores de la música alternativa

Beck Hansen es uno de los artistas más originales e interesantes que han surgido en las últimas décadas. Es capaz de hacer un disco totalmente de un estilo y cambiar a otro tiene una particular facilidad para cambiar de estilos y sorprender de un disco a otro. Esto demuestra que se trata de un tipo que sabe lo que hace y que tiene un cierto nivel cultural que se lo permite. Con “Odelay” pasó a ser el enésimo icono de la modernidad de finales del siglo XX. Fueron sucediéndose los años y la figura de Beck fue bajando en popularidad, que no de calidad. Lo que no ha variado ha sido la importancia artística de “Odelay”, un trabajo atemporal que no es que mejore con el tiempo, sino que está igual que siempre.

 

 

Pasadas dos semanas, Indiego respiró aliviado al ver las notas de la asignatura de Rosa, la profesora habladora del pelo rojo. Un suficiente, pero estaba aprobado. Regresó en metro al piso. Estaba cansado: los exámenes y las pruebas habían pasado su factura. El piso estaba vacío. Fue directo a su habitación. Allí estaba el cuadro. No lo había entregado: era demasiado para una evaluación. ¿Quién era nadie para ponerle valor? La belleza está en los ojos de quien mira con el interior.

febrero 2019
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