Viaje 29

Cuando no pudo más, apagó la televisión y fue a su cuarto, no sin antes pasar por la cocina y tomarse una de sus pastillas. Rebuscó en la torre de cedés y escogió el que estaba buscando. Media cara borrosa miraba hacia la cámara, mientras a su espalda una batería aplastaba a un coche y una guitarra descansaba en el suelo como un animal absurdo. Lo puso en el equipo y un sonido de batería electrónica empezó a llenar la habitación. Luego aquella voz empezó a derramar verdades.

 

Minneapolis es una ciudad del medio este estadounidense que no destaca por nada especial. Es muy rica en agua, tanto que la conocen como “Ciudad de los Lagos”. Fue en el pasado capital mundial de molienda de harina y centro de actividad de la madera, mientras que hoy es el principal centro de negocios entre Chicago y Seattle. Algo que quizá sí es destacable es que es considerada la ciudad estadounidense más alfabetizada. Pero en principio, nada más tiene de destacable, salvo que de allí es un músico, extraño y excéntrico, que a la vez es príncipe, genio, símbolo o simplemente todo eso. Su nombre, Prince.

Con sus cuatro primeros discos había conseguido el reconocimiento de la crítica especializada y de prácticamente la totalidad de los músicos del planeta (David Bowie ya había anunciado: “los 80 serán de Prince”). En 1982, con su disco “1999” y sólo 24 años parecía que Prince reinventase la música negra (mejor dicho: la música en general) tras explotar hasta la saciedad sus sintetizadores y cajas de ritmos para crear el primer disco pop del Siglo XXI y dejar estupefactos a puretas, dinosaurios, maestros y público en general. Dos años después publicó una obra maestra llamada “Purple Rain” que ya elevó su nombre a la categoría de genio. Un Prince decidido no ya a ser estrella, sino supernova, creó una película, gira y disco calculados al milímetro para lograr sus sanos propósitos: el disco vendió más de 15 millones de copias solo en Estados Unidos, la película rompió marcas de taquilla y la posterior gira norteamericana, que empezó en Detroit en noviembre de 1984 y terminó en Miami en abril de 1985 fue vista por más de un millón de personas. Empiezan a lloverle los premios; ganó tres Grammys por el disco y un premio Óscar a la Mejor Banda Sonora.

Sin embargo sus siguientes dos discos, “Around The World In A Day” (1985) y “Parade” (1986), a pesar de contener canciones geniales, no consiguieron superar a sus antecesores, ni sobre todo satisfacer el ego creativo de Prince. Por una parte, sus siempre complicadas relaciones con la compañía discográfica estaban más tensas que nunca, debido en gran parte al exceso de productividad y creatividad con la que Prince desafiaba a cualquier lógica mercantil. Además, su relación con la banda que lo había acompañado desde el disco 1999, llamada The Revolution, se había deteriorado hasta llegar a un callejón sin salida.

¿Que la compañía de discos no te deja publicar tres discos ya hechos en un año por miedo a saturar el mercado y tienes problemas con tu banda? Sin problema. Se despide a casi toda la banda y escoges lo mejor de cada disco para crear un doble álbum. En 1987, Prince publicó su mejor disco y una de las grandes joyas de la música de todos los tiempos: “Sign O’ The Times” es su título.

Prince – Sign O The Times (04:56). Una genialidad hecha desde el minimalismo, tan sólo trabajando con el Fairlight (teclado capaz de reproducir en tres canales cintas pregrabadas accionadas con ambas manos), una genialidad construida con una sencillez apabullante: una batería hipnótica, una tenue línea de bajo, algunos efectos tenues, y la voz de Prince. Prince vivía su momento perfecto: esta canción la compuso en un sólo domingo. Trip-hop concienciado que habla de problemas sociales como el SIDA, la violencia de las bandas, los desastres naturales, la pobreza, las drogas, el entonces gran escándalo político del Irangate, o la catástrofe del transbordador Challenger. Una reflexión crítica de la era Reagan, el pesimismo del fin de una era.

Prince nació en 1958 en el hospital Monte Sinaí en Minneapolis, Minnesota. Su padre, llamado John L. Nelson, músico aficionado, formaba parte de un grupo de Jazz llamado Prince Rogers Trio, del cual tomó el nombre para su hijo. En él conoció a Mattie Shaw, cantante del grupo con la que se casó y que se convirtió en la madre de Prince. Cuando tenía seis años sus padres se divorciaron. El padre se fue de la casa familiar pero no se llevó el piano que tenía, lo cual fue aprovechado por Prince para aprender a tocarlo él solo, aprendiendo de oído sintonías de series de televisión como Batman. A los siete años, Prince compuso una pieza con título premonitorio, Funk Machine. Más tarde aprendió a tocar otros instrumentos: a los 13 años su padre le regaló una guitarra eléctrica, que Prince aprendió a tocar rápidamente. En el instituto lo pasó mal: era objeto de burlas por su baja estatura (mide 1 metro y 53 centímetros) y la ropa llamativa que vestía. Aún así en estos años de instituto formó con un amigo varios grupos, entre ellos dos llamados Champagne y Grand Central. Tocaban en fiestas de instituto y similares pero Prince no cantaba, pues consideraba que su voz no era apta para ser presentada en público. Tiempo más adelante, demostraría que su talento como cantante es tan amplio como el de instrumentista o compositor. Cuando tenía 17 años conoció a un músico, marido de una prima suya, que le introdujo en el mundo profesional y con el que hizo sus primeras grabaciones en estudio. Poco después un ingeniero llamado Chris Moon le convenció para que presentara sus maquetas a alguna compañía. La que se llevó el gato al agua fue Warner Bros, que en principio le dio completa libertad artística y creativa.

El debut de Prince fue For You, editado en abril de 1978. En las notas interiores, el artista alardeaba que él mismo tocaba los 27 instrumentos que suenan en la grabación: no mentía.

Descontento con el sonido del primer disco, busca un grupo estable, consigue una grabadora de cuatro pistas y empieza a experimentar. El guitarrista Dez Dickerson, el teclista Dr. Fink y el batería Bobby Z se convierten en sus aliados de confianza; ninguno tiene más de 23 años. Tras un disco de transición (Prince, 1979), lanzan Dirty Mind (1980), uno de los discos más importantes de su época: la música disco toma aliento de la ruptura propuesta por el punk y la new wave, el funk se cruza con el rock and roll. Temáticamente, una sola emoción: lascivia. Una de la canciones, Head, remite a una felación; otra, Sister, a un incesto; otra, Do It All Night, a placer descontrolado…

La década de los años ochenta es de fertilidad y grandes discos: Controversy (1981), con una oda a la masturbación; el doble álbum 1999 (1982), con piezas contra las armas nucleares y el sadomasoquismo; la obra maestra Purple Rain (1984); los sicodélicos Around the World in a Day (1985) y Parade (1986).

Y con su novena obra, a malas con su compañía discográfica y con la banda que había crecido, Prince es capaz de sacar un disco doble que va a ser considerado desde entonces una obra cumbre de la música.

Prince – Play In The Sunshine (05:05). Como si quisiera exorcizar la tristeza con la que se abre el álbum, incluye esta alegre canción, un himno optimista de querencia soul. Letras juguetonas y deseosas de libertad y de amor, que muestran la tendencia del artista por empezarlo todo de nuevo.

Fue un 31 de marzo de 1987 cuando salió el esperado Sign O’ The Times de un Prince que vivía por aquel entonces momentos algo convulsos. Tras el éxito casi inesperado generado por Purple Rain, Prince tenía en cada nuevo álbum una reválida para igualar o mejorar el éxito cosechado en 1984.

Los álbumes de 1985 (Around The World In a Day) y 1986 (Parade) no estuvieron a la altura en lo que se refiere a ventas, aunque si tuvieron un moderado éxito de crítica. Y además, la banda que había estado acompañando a Prince desde 6 años atrás se desmantelaba. The Revolution, nombre de la antigua banda, daba paso a una nueva formación en la que destacaba Sheila E., que anteriormente había tenido éxito en solitario, siempre bajo el amparo de Prince, quien compuso muchos de sus éxitos.

Para el nuevo proyecto de Prince se había barajado sacar un álbum que incluyese solo canciones de su alter-ego, Camille (la voz de Prince acelerada en algunas canciones). La idea no cuajó en su discográfica, que veía bastante atrevido sacar “un disco de Prince sin Prince”. Sign O’ The Times se presentó como una amalgama de distintos temas que fue componiendo entre 1986 y comienzos de 1987. El resultado, lejos de ser caótico, fue excepcional. Se barajó inicialmente que el doble LP fuese triple, pero desde la discográfica le pidieron que lo aligerara. Prince cedió una vez más en los deseos de Warner, aunque a buen seguro peticiones como estas influyeron en su dolorosa ruptura años más tarde.

Sign O’ The Times sonaba más funk que los anteriores trabajos, e incluía varios temas que a la postre se convirtieron en clásicos de Prince, pero lo que hacía especial a Sign O’ The Times es que era un álbum redondo. Son 16 canciones que se escuchan sin parar, únicamente para darles la vuelta a los vinilos o en el caso de los cedés, al pasar del primero al segundo. Al disco le siguió una gira en la que tocó en directo la mayoría de los temas del álbum, muchos de ellos convirtiéndose en clásicos en las sucesivas giras de Prince.

Prince – Starfish And Coffee (02:50). Un timbre abre la canción más corta del álbum, una auténtica delicia de las que Prince ha ido jalonando sus discos. Con una voz más soulera que nunca, con coros de gospel, en una psicodelia de color de rosa, la historia de Cynthia Rose, una muchacha que siempre tenía una gran sonrisa dibujada a pesar de ser considerada diferente. Prince quería incluir esta canción en una compilación especial para niños que no llegó a publicar y trata de una niña con autismo o según palabras de Prince con una mentalidad alternativa o un don especial, que desayunaba estrellas de mar con café.

Prince nunca ha dejado de ser un compositor en permanente estado de ansiedad. Tanto en su época de mayor popularidad como en sus años más bajos, nunca ha dejado de hacer discos a mansalva. Algunos olvidables, otros aceptables y varios impecables. Siempre hace lo que quiere, con el riesgo asumido que ello conlleva. Y Sign o’ the Times es un buen ejemplo de ello, ya que como se ha señalado, Prince ideó el disco en formato triple, aunque al final se redujo a un disco doble de 16 temas. Jazz, soul, pop, funk, baladas, rock, etc., todo está aquí. Una colección de temas con ritmos novedosos, con letras atrevidas, melodías sugerentes, y todo en un envoltorio de obra completa y perfectamente engrasada. Además, supuso un punto y aparte en su carrera, ya que para este álbum rehizo su banda The Revolution y dejó atrás la excelsa comercialidad de álbumes tan redondos como 1999 o Purple Rain, para abrazar, con matices, la independencia como artista mainstream. Eso sí, nunca ha vuelto a igualar la proeza de Sign o’ the Times.

Este disco no sólo es la obra cumbre de Prince, sino que es el mejor ejemplo de lo que se ha denominado el Minneapolis sound o sonido Minneapolis, que viene a ser un híbrido entre funk, rock, pop, R&B y new wave cuyo pionero y creador fue precisamente Prince (se considera que el tercer disco “Dirty Mind” fue el primer disco del sonido).

Este sonido influyó, no sólo en multitud de artistas que lo asumieron como propio (Sheena Easton, Janet Jackson o Lipps Inc.), sino en prácticamente todo el R&B y pop de mediados de los ochenta, sin descontar la influencia sobre el electro, house y techno de las siguientes dos décadas. Aunque el “Minneapolis sound” era un tipo de funk, tenía algunas características definitorias: los sintetizadores solían sustituir a los vientos, y se solían utilizar más como una forma de acentuar que como relleno o background; el ritmo solía ser más rápido y menos sincopado que el funk tradicional, y le debía mucho a la nueva corriente de new wave.

Prince – If I Was Your Girlfriend (05:01). Con la voz alterada de Prince en el “papel” de su alter ego femenino Camille, un funk enorme, que se mueve entre la alegría y la tristeza, como toda obra que habla de la peor añoranza que existe: la de echar de menos lo que no pasó. “A veces estoy de viaje en lo feliz que podría ser” dice uno de sus versos.

No resulta nada descabellado decir que los ochenta pertenecieron a Madonna, Michael Jackson y Prince. En aquella década en la que todo valía, estos tres artistas coparon las listas de ventas, y algunos de sus discos son de lo mejor de esos diez años. Sin duda alguna, el que más talento tenía era el genio de Minneapolis, que en apenas unos años sacó varios discos que rozaban la perfección. Eso sí, sin duda alguna, el mejor es este “Sign ‘o’ The Times”.

Cuando salió allá por la primavera de 1987, la crítica fue unánime y a las primeras de cambio ya lo calificó como una de las obras más importantes de la historia: en los ochenta  minutos que dura esta joya, hay una cuantas obras maestras del funk, el rock o el r&b. No tuvo un éxito masivo cuando salió. De hecho se podría decir que fue un relativo fracaso de ventas para el Prince de la época. Pero creativamente es su gran triunfo.

Además, con el aliciente añadido de que a excepción de los instrumentos de cuerda, fue Prince quien tocó todos los instrumentos. Lo que más sorprendía por aquella época, era su sonido. El disco tiene una producción – hecha por él mismo – novedosa, arriesgada y llena de matices. Gracias esto, hoy, 26 años después, sigue sonando de maravilla, donde hay temas que suenan de lo más actuales.

Después de este disco, su carrera no ha alcanzado tamaña perfección. Canciones geniales ha hecho, pero nunca ha vuelto a conseguir realizar un disco tan perfecto como “Sign ‘o’ The Times”. Cierto es que su carrera se ha visto llena de incidentes originados en su peculiar forma de entender el negocio musical y su vida artística y personal. Ha publicado discos con los seudónimos de Jamie Starr, Joey Coco, Alexander Nevermind, Tora Tora y Christopher. Por problemas contractuales (que frustraron la publicación de su disco The Black Album en 1987), en 1992 adoptó un símbolo mezcla de «femenino» y «masculino»: (Love Symbol). Más tarde el público empezaría a definirle como The Artist o TAFKAP (The Artist Formerly Known As Prince, El Artista Anteriormente Conocido Como Prince) ante la ausencia de un nombre pronunciable verbalmente. Sólo al finalizar contrato con la Warner Bros. en el año 2000 volvió a usar su seudónimo de Prince.

Prince – I Could Never Take The Place Of Your Man (06:29). Pop perfecto dentro de un disco perfecto. Más de seis minutos para demostrar quién es el artista total. Teclados, saxo, sintetizadores guitarra y la voz de Prince.

“Sign ‘o’ The Times” es la obra cumbre de Prince: un disco que vale por toda una carrera. Atemporal, extraño, diferente, completo, arrebatador. Este disco es uno de los mejores discos de su tiempo y la obra que hizo de Prince un artista único. Como todos los dobles, corre el riesgo de contener temas de relleno, pero afortunadamente éste no es el caso. Sin duda, el disco que todo el mundo debería escuchar.

Prince: músico, cantante, compositor, productor, arreglista, intérprete de casi todos los instrumentos que utiliza en sus discos, visionario en lo musical en los años 80 y en lo que se refiere al uso de Internet para promocionar su obra y a los derechos de los artistas frente a las multinacionales en los años 90, polémico, director de cine nefasto, cazatalentos más o menos afortunado de nuevos artistas con especial predilección por las féminas de buen ver, reciclador de las fuentes musicales de sus maestros (Sly Stone, James Brown, George Clinton o Miles Davis) para pasarlas por su filtro y leyenda en vida de las que creen todavía en el poder de los instrumentos reales y el directo sin trucos. Todo eso y mucho más es Prince, quien si bien en la actualidad y desde hace unos cuantos años no anda muy bien de creatividad, tampoco sería justo pedirle que vuelva a producir las obras maestras de los años 80.  Bien se merece este modesto homenaje repasando su obra cumbre, la de un artista que raras veces miró hacia atrás a sus grandes éxitos, intentando aportar algo nuevo, algo diferente.

 
Cuando regresó de su viaje, su inquietud había desaparecido. Sin embargo, Indiego notaba en su interior que el deseo había empezado a despertar de nuevo. Primero llamó por teléfono. Después fue hacia su armario. Media hora después, debajo del portal de su edificio un coche oscuro lo esperaba. En sus manos Indiego llevaba un antifaz e iba vestido con ropa oscura.

enero 2019
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