Viaje 30

A media tarde decidió hacerle su particular homenaje. Comió un poco, y junto al té de después de su frugal almuerzo se tomó una pastilla de las suyas. Fue hacia la habitación y buscó un disco para aquel momento. Rebuscó entre los discos y encontró el que estaba buscando. Por un momento observó la carátula. En un sillón estaban sentadas cinco personas. Una bebía y fumaba. Otra miraba con interés hacia un reloj de pulsera. Otra hacia un espejo de mano. Las otras dos miraban a la cámara: una desafiante; otra muy digna. parecían mujeres, pero él sabía que no lo eran. A la izquierda un lápiz de carmín rosa había escrito el título…

 

1973 parecía, al principio, que iba a ser un buen año para la humanidad. En enero, en Estados Unidos, el presidente Richard Nixon anuncia que un acuerdo de paz se había alcanzado en Vietnam. Ese mismo año, la Organización Mundial para la Salud excluye la homosexualidad de la Clasificación Estadística Internacional de Enfermedades y otros Problemas de Salud. En Manhattan se inaugura el complejo de edificios World Trade Center demostrando que Nueva York era la capital del mundo.

Y como capital mundial era capaz de acoger en sus calles lo más excelso y lo más repugnante a la vez. Lo bello y lo feo. Lo dulce y lo amargo. Un disco iba a encerrar esas dicotomías en 11 canciones y 42 minutos. Sus autores, cinco muchachos que disfrazados de mujeres le recordaron al mundo que el rock debía ser excesivo: New York Dolls fue el nombre que escogieron para pasar a la historia de la música alternativa, y sus armas iban a ser música e imagen.

Frente al peligroso crecimiento del AOR (Adult Oriented Rock) y de las perniciosas erupciones sinfónicas, Johnny Thunders (guitarra), Billy Murcia (batería), David Johansen (vocalista), Arthur Kane (bajista) y Rick Rivets (guitarra) optaron por ofrecer su propia visión de cómo debería sonar el rock tras una noche de lujuria con todos los excesos posibles. Como ocurre con toda banda que se adelanta a su tiempo, el mundo no estaba preparado para recibir a New York Dolls cuando éstos decidieron cambiar las alcantarillas neoyorquinas por los escenarios a finales de 1971.

Al año siguiente, ya con Syl Sylvain en lugar de Rivets, mientras se apagaban los ecos del folk, el neo-country y el hippismo sesentero en favor de un nuevo movimiento básicamente urbano, rockero y underground, los Dolls recorrían los tugurios de Manhattan dando conciertos y acumulando seguidores. Pronto tuvieron ocasión de actuar en el Max’s Kansas City, local underground de Nueva York famoso por las exhibiciones de los últimos Velvet Underground. Su rock’n’roll esencial, inmediato, desprovisto de oropeles, tocado con potencia de hard rock y entregado a la glorificación del sexo y la diversión, les permitió convertirse, en el transcurso de pocos meses en el grupo más buscado en los circuitos de los pequeños clubs. Las discográficas también recibieron la señal, pero en inicio se interesaban más por su aspecto y actitud que por su música. Ese mismo año se embarcaron en su primera gira inglesa, donde Murcia moriría por un cóctel de alcohol y drogas, siendo sustituido por Jerry Nolan. Poco después firmaban por Mercury Records y en abril del 73 grababan a toda velocidad su primer LP.

Un 27 de julio de 1973 la probeta de los New York Dolls se puso en marcha. Un hito ineludible para entender buena parte de la música rock de las sucesivas décadas. La aparición de aquel quinteto neoyorquino puede observarse como una especie de encrucijada, un cruce de caminos en el que se dan cita estilos musicales y de imagen, y de cuya interacción surgieron otras diferentes líneas que fueron el cordón umbilical directo a nuevos movimientos por emerger o en gestación.

New York Dolls convirtieron su debut en el megáfono de una generación que no tendría voz hasta años más tarde. Crisis de personalidad, crónicas suburbanas, coqueteo con las drogas, alto voltaje sexual, zapatos de plataforma de saldo, pantalones de cuero de desecho… Las muñecas neoyorquinas quisieron ser una versión arrabalera del glam y eliminaron cualquier resquicio de glamour para embadurnar el rhythm’n’blues más primitivo de mugre callejera y convertirse en una de las bandas más influyentes de los últimos cuarenta años.

New York Dolls – Personality Crisis (03:45). El disco se abre con su tema emblema: esta canción se ha situado con el tiempo como uno de los puntos de parada obligatoria para todo amante del rock. Un riff de guitarra sencillo y un grito introducen una letra que como el título no deja lugar a dudas. El desencanto post-68 había encontrado su himno: “Pero ahora la frustración y el dolor es lo que tienes“. Definitivamente el mundo de flores y amor de los hippies era sepultado por la rabia y el asfalto.

En las once canciones que componen este disco se funden las influencias de David Bowie, los Stooges, T. Rex, MC5 o los Rolling Stones, tan absolutamente evidentes en las formas de cantar de Johansen y Mick Jagger, y entrelazadas por la esencia del rock’n’roll, clásico y básico, pero adaptado a los nuevos tiempos. La energía de Johansen compensaba para lo que entonces era una voz débil; el sonido difuso de la guitarra de Thunders se convirtió casi instantáneamente en el sello personal de la banda, así como la guitarra rítmica minimalística de Sylvain y el pesado estilo de batería de Nolan.

Pero como se ha señalado, la imagen era algo terriblemente poderoso en New York Dolls, y allí se dieron cita los dictados de la androginia de Bowie y Marc Bolan para parir a cinco tipos que hasta en el estudio se presentaban embutidos en su exageración glam, sus cardados, sus pinturas, sus trajes coloridos, sus joyas, sus ropas de mujer y sus zapatos de vertiginosa plataforma. Estéticamente, los Dolls se veían como una pandilla de fiesta de Halloween que había asaltado el armario de los Rolling Stones y Marc Bolan y la había hecho aún más exageradamente andrógino.

Ciertamente, esta provocación visual entre lo zafio, lo rompedor y lo vulgar, llamó a veces la atención mucho más que su música, evidentemente aún básica, primigenia y embrionaria, situándolos en un escalafón en el que para muchos eran pintorescos bichos raros. Pero en aquel “amateurismo” como músicos residía la que muchos han dicho era la primera piedra del punk, por encima incluso del salvajismo de los Stooges.

“New York Dolls” no consiguió triunfar en listas de ventas pero contenía toda la actitud proto-punk definitoria de muchos movimientos musicales posteriores. Es difícil calibrar ahora el impacto que pudo suponer en 1973 la publicación de este debut de New York Dolls. La imagen de cinco travestidos en portada (en realidad todos eran heterosexuales) no debía sorprender en pleno apogeo del glam rock (pese a los intencionadamente grotescos maquillajes y plataformas) pese a tratarse de su vertiente americana, mas ecléctica que la británica. Pese a ello, causó cierto escándalo e incluso en algunos países como España dicha cubierta fue censurada (realmente ni siquiera se sacó portada: solo un fondo gris manteniendo, eso si, el característico logo del pintalabios).

David Johansen, líder y vocalista del grupo, parecía una versión más escandalosa y glamurosa de Mick Jagger, el guitarrista Johnny Thunders parecía un Keith Richards aún más drogadicto, y el guitarra rítmica Syl Sylvian, el bajista Arthur Kane y el batería Jerry Nolan eran la prueba viviente de que el virtuosismo instrumental era una virtud sobrevalorada. Con un abanico de influencias que iba desde el anárquico ruido de lo MC5 hasta los primeros Stones, pasando por los grupos femeninos de los sesenta, los Dolls tocaban con el tipo de despreocupado abandono que se espera de un grupo que funciona a base de pura inspiración.

New York Dolls – Looking For A Kiss (03:21). Esta canción empieza con un fraseo que parece sacada de una canción de rap. Luego rock, sencillo rock y puro rock de belicosa factura, enérgica apostura y actitud chulesca que años más tarde rescatarían los Sex Pistols y otros grupos punk. Para acabar, el ruido de un beso que seguro estaba cargado de carmín.

Tenían el aspecto de drag queens de pesadilla ataviadas con unas grotescas indumentarias que ni Bowie ni Bolan se hubieran atrevido a vestir ni en sus momentos más teatrales. Con un indecente vestuario de pelucas encrespadas, zapatos de plataforma y mallas ceñidas, y gracias a los dos dedos de maquillaje, los New York Dolls eran más espectaculares que cualquiera. Aun así, éste no era un caso de estilo sin sustancia. Los Dolls sólo hicieron dos álbumes antes de extinguirse debido a los excesos personales y a la indiferencia del público.

Criminalmente obviado en su momento, el álbum de debut de los Dolls, producido por Todd Rundgren, destilaba una potente energía punk tres años antes de que el género tuviera un nombre. De la mezcla de imagen, actitud y música el punk fue el movimiento más beneficiado por la aparición de los Dolls, pero no se pueden eludir rastros de otros estilos a lo largo del disco: garage, shoegaze, lo-fi, rock’n’roll clásico, folky-pop, after-punk siniestro, hard-rock y metal, e incluso protuberancias de rock-progresivo. Todo el conjunto, sumado a unas letras que, en líneas generales, ofrecían un cierto mensaje de alienación juvenil en la hostilidad de la gran ciudad industrial y el desencanto generacional post-68, armaron el disco hasta situarlo, con el tiempo, como uno de los grandes discos de la historia del rock.

Ni siquiera la discutible calidad de la producción consiguió restar impacto a una obra capital que rehace el voltaje sexual de The Rolling Stones y lo reviste de una urgencia prácticamente inédita, al tiempo que le roba hasta el último segundo de aire a los airados guitarrazos de The Stooges. Por si fuera poco, las manos de Thunders tienen tiempo para inventar los primeros acordes punk e imaginar como será el hard rock con una colección de riffs cargados de energía primigenia y rabia descontrolada.

Los New York Dolls nunca tuvieron una repercusión notable en las listas de éxitos. Pero un buen número de ojos inquietos e influyentes estaban mirando y atendiendo, para que con el paso del tiempo esta banda se convirtiera en uno de esos curiosos casos en que se admira a un grupo fuera de su tiempo natural, incluso hasta llegar a ser considerada banda de culto entre artistas de generaciones futuras y, quizá por influencia de estos, también entre los consumidores de música.

New York Dolls – Trash (03:12). Inmediatez, ruido y una letra que mezcla la basura con el amor en una canción garage que se adelantó a Los Ramones en varios años. Otra canción que derrocha tanto ardor e ímpetu que no dejará indiferente al amante del rock de elevada intensidad.

La ética del “hágalo usted mismo” que los Dolls personificaron en su debut sirvió de gran influencia para el movimiento punk en general. El guitarrista de Sex Pistols, Steve Jones, admitió que copió los movimientos sobre el escenario de Thunders hasta un extremo que ahora le avergüenza recordar. Chrissie Hynde, de los Pretenders, afirmó en una ocasión que conocía a todas las bandas punk y que todas ellas tenían los discos de los Dolls. Mick Jones, de The Clash, ha reconocido que fueron los Dolls lo que le impulsó a formar su propia banda. En Nueva York, la popularidad de los Dolls era tal que sirvió para que cuajara una movida punk, en las que floreció una audiencia de culto para Blondie, Talking Heads o The Ramones. Tommy Ramone, batería de Ramones, prometió después de haber visto a los Dolls formar su propia banda subversiva y carismática. Al mismo tiempo, Richard Hell y Tom Verlaine quedaron tan impresionados por el directo de la banda que crearon su formación new wave Television.

Si la influencia de New York Dolls en el punk americano y británico de los setenta fue más musical que visual, lo contrario sucedió en los ochenta, en los que incontables bandas mediocres y melenudas (como Cinderella, Poison o Motley Crue) pertenecientes al tristemente famoso movimiento glam metal americano adoptaron la estética pero no el sonido de los Dolls, un claro ejemplo de la imagen por encima del contenido. Y no olvidemos a los estrafalarios Kiss, quienes optaron por un enfoque menos peligroso y más caricaturesco que los Dolls.

Punk, pop, rock, hard-rock, heavy metal, garage, after-punk, deathrock, psychobilly, horror punk…, la lista de gente que ha señalado a los New York Dolls como influencia clave en su existencia es variopinta. De los luego héroes del synth-pop Ultravox a Guns’n Roses pasando por los Sex Pistols, los Ramones, Kiss, Motley Crue o los Dammed, teniendo además a Morrissey como principal embajador. De hecho, el ex líder de los Smiths se puso a trabajar con Johnny Marr simplemente porque ambos se declararon fans de estos reyes del glam, y en tiempos más recientes ha sido el responsable de la reunión de los miembros vivos en 2004 e incluso de que volviesen a editar discos por primera vez desde 1974. Morrisey, gurú del indie, afirmó en una ocasión: “Para todo el mundo existe un artista que te enamora en el momento adecuado. En mi caso fueron los New York Dolls“.

New York Dolls – Jet Boy (04:43). La canción que cierra el disco fue publicada como single, y fue su mayor éxito, llegando al Top ten británico y japonés. Guitarras, palmas, actitud punk, para describir a JetBoy, una especie de superhéroe, sobrevolando Nueva York llevándose a la chica del protagonista. Los Dolls no eran capaces de darse una alegría completa: siempre cínicos, incluso en el final del disco mostraron la cara de los perdedores.

Desafortunadamente el mundo no estaba preparado para recibir a los Dolls en 1973. Su debut no pasó del número 116 de las listas estadounidenses. Su siguiente disco, adecuadamente titulado “Too Much Too Soon”, publicado en 1974, funcionó incluso peor, y su mejor posición fue la 167; fue producido por Shadow Morton, el hombre que en los años 60 había estado a cargo de The Shangri-Las, vieja pasión de Johansen. Pero el intento por parte de Morton de convertir a los Dolls en una banda de gran éxito terminó por decretar el fin de la misma: el sonido, ilógicamente limpio respecto al precedente, les hizo perder toda la credibilidad punk que habían conquistado.

Mercury Records se deshizo del grupo poco después, lo cual tuvo como consecuencia una desastrosa alianza con Malcom McLaren, el futuro tirano de los Sex Pistols, quien, con espíritu provocador y anarquista, vistió a los Dolls de cuero rojo e hizo que tocaran con la bandera soviética como telón de fondo, algo que sólo sirvió para que las compañías discográficas que de otro modo hubieran podido interesarse por la banda se desentendieran.

En 1975 los New York Dolls dejaron de existir, formando Johnny Thunders y Jerry Nolan el grupo The Heartbreakers e iniciando David Johansen (Buster Poindexter) y Syl Sylvain sendas carreras en solitario tras intentar proseguir infructuosamente con el proyecto de los Dolls durante un par de años. En 1991 Thunders falleció debido a una sobredosis de heroína, y a comienzos de 1992 Nolan perdió la vida a causa de un ataque cardiaco. En el año 2004 falleció el bajista Arthur Kane.

Si hay un disco que pueda resumir en cuarenta minutos el ánimo vicioso, barriobajero, sudoroso y patibulario de la música negra, ése es “New York Dolls”. Todo un clásico, una obra capital donde confluyen todos los excesos imaginables del rock, un disco que se adelanta a su tiempo. Y como ocurre con esta serie de grupos, en su día la gente no estaba preparada para recibirles, pero el tiempo les pone en su sitio y, hoy, se encuentra a las New York Dolls, como una de las formaciones más influyentes de las últimas décadas comparable a The Clash o Ramones, y en la lista de tantísimos conjuntos que en sus inicios fueron ninguneados.

Suele decirse que New York Dolls parecían una banda callejera que había cambiado las armas por los instrumentos, pero, más que eso, fueron los primeros que prostituyeron la música hasta dejarla sin aliento. Y su primer trabajo, este que ha protagonizado el “de Viaje” de hoy, una obra capital donde confluyen todos los excesos imaginables del rock.

 

 

Cuando fue consciente de haber regresado de su viaje, Indiego descubrió que estaba llorando. Fue al baño y se lavó los ojos. Más calmado volvió a su habitación y puso el disco de nuevo. Después, del armario, sacó un traje negro de mujer y de la zapatera sacó unos zapatos de tacón. Mientras se pintaba, intentaba recordar la dirección del camello de Sandy. Le costó poco tiempo hacerlo. Una hora después, en un portón de las callejas estrechas del barrio más viejo y canalla de la ciudad, una mujer que no era, intercambiaba con un moro, un paquete a cambio de unos billetes.

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