Viaje 6

Luego, abrió el cofre que tenía sobre el escritorio. Allí estaban las fotos de Carlota sonriendo, sonriéndole a él, guiñándole un ojo mientras sonreía. Las fotos comenzaron a desdibujarse con el temblor de las lágrimas. No se lo pensó más: se tragó las dos pastillas y pulsó el play del discman. Enseguida saltó a la segunda canción. Se enjugó las lágrimas. Y volvió a mirar las fotos de Carlota, de su Carlota.

 

Empezaron llamándose Easy Cure allá por 1976 en plena explosión post-punk, pero pronto, dirigidos por Robert Smith, pasaron a llamarse The Cure y empezaron a escribir una de las páginas más importantes de la música alternativa: es por su impacto, su importancia y su longevidad, la más conocida de las bandas precursoras de la música siniestra; la quintaesencia del estilo, el grupo que mejor ha sabido equilibrar la importancia de la imagen y la calidad de sus composiciones, demostrando siempre una capacidad brillante para evolucionar y para liberarse de todo corsé estético para construir una obra de altos vuelos en torno a una idea sombría y tenebrosa de la belleza.

The Cure debutó en 1978 con el expeditivo sencillo “Killing An Arab” al que siguió el álbum “Three Imaginary Boys (1979)”, que reflejó su lado más pop y que encerraba el primer clásico del grupo (Boys Don’t Cry). Tras este disco, e influidos por la estética nihilista post-punk, The Cure contribuyó a diseñar las líneas maestras del rock gótico, también conocido en España como siniestro, del que se convertiría en su exponente más popular. Los álbumes “Seventeen Seconds (1980)”, “Faith (1981)” y “Pornography (1982)” definieron la época clásica de la banda, en la que su propuesta oscurantista, de un romanticismo torturado, caminó pareja al uso de una estética espectral. El grupo acuñó un sonido propio con texturas densas de guitarra distorsionada y climas opresivos en diálogo con melodías majestuosas.

Posteriores discos como “The Head On The Door (1985)” o “Kiss Me Kiss Me Kiss Me (1987)” trajeron consigo siluetas melódicas pop que hicieron que The Cure se popularizara más allá de la escena alternativa y de clubes, y dejaron claro que el grupo no estaba dispuesto a anclarse en las oscuridades y angustias y que el pop era tan fundamental en su biblia como la creación de ambientes opresivos que les encuadró (junto a los pelos cardados) en la onda siniestra.

Y sin embargo, cuando lo fácil hubiera sido seguir por la senda de lo comercial y de la melodía pop, Robert Smith dijo “volvamos a los orígenes”. Y así mirando y escarbando en sus raíces, The Cure construyó un disco que es considerado el clímax de su carrera, y no sólo por la crítica, sino por la mayor parte de sus seguidores. Con singles suicidas y una imagen oscurísima, consiguió llegar a más gente que nunca. Que un disco tan triste y malherido como éste llegase al 12 en la lista de discos más vendidos del año 89 es uno de esos pequeños milagros que ocurren en la música de vez en cuando.

The Cure – Pictures Of You (7:26). La melancolía golpea con esta canción: un cuadro de nieve y lluvia viendo fotos. Las fotos, retratos del engaño o del desegaño, sustitutos imposibles del sentimiento truncado aparecen una y otra vez. Canción del desamor, del corazón roto y de su lamento, pero con nostalgia y sin rencor: todavía hay amor y admiración por la persona que se fue, todavía esas fotos son un instrumento del recuerdo.

Diez años después de su debut, The Cure miraron hacia atrás sin un ápice de ira, más bien lo contrario. Para celebrar una década en activo, nada mejor que retomar las líneas maestras de su sonido aunque con ligeras y leves variaciones. Disintegration no fue un regreso acomodado a la música de antaño ni repitió formulariamente los trazos del pasado, pero demostró que la característica estética “Cure” seguía vigente. Así Robert Smith planteó un trabajo conceptual sobre la desintegración de una relación -de ahí su título- que pasará a la historia no sólo por sus singles memorables, sino y sobre todo por todo el conjunto. Las ambiciones de Smith se traducen en canciones larguísimas, donde la épica está diluida en una cadencia suave, en paisajes sonoros ricos pero nunca exhibicionistas. Robert Smith no quiere hacer himnos (aunque le salgan varias canciones que sí lo son), y la banda se emplea a fondo: los patrones rítmicos son exageradamente detallistas y complejos, los teclados brillan en todo su esplendor, las guitarras se superponen unas a otras sin que haya posibilidad de diferenciarlas y las líneas del bajo no se arrastran, sino que agarran al oyente para guiarlo por todo el disco.

The Cure – Love Song (3:27). La traducción de su título “canción de amor”, y eso es precisamente. Robert Smith parece estar al borde de las lágrimas, tratando de contenerse con voz torturada, para evitar que sus sentimientos no exploten ante el oyente mientras canta una sencilla pero impresionante canción de amor. Pop encantador de letra simple y eterna, estribillo acogedor y una instrumentación radiante de esta serenata, de la  canción que le escribió Robert Smith a su compañera Mary como regalo de boda.

“Lovesong” debe ser la canción de amor más simple y bonita que alguien haya escrito, ¿como algo tan sencillo, puede significar tanto?

Para Disintegration, Robert Smith bebe de los planteamientos estéticos de su trilogía siniestra, confiriendo a las canciones la misma atmósfera triste o estremecedora, pero añadiéndole unos arreglos más pop que entroncan con el primer disco de la banda.  Así construye un sonido bastante denso, acuoso, totalmente melancólico, triste, depresivo. Las guitarras suenan como oídas a través de la lluvia, mientras los teclados y las bases rítmicas nos arrastran hacia la desesperación. La voz de Smith suena deprimente, cansada, susurrante mientras va desgranando unos versos que hablan de desamor, hastío y pérdida de toda esperanza. Como hemos dicho, el disco es una radiografía de la desintegración de una pareja, pero bien podría ser sobre la desintegración de un grupo amigos o una banda de música, da igual, todo se ha ido al carajo y ya sólo queda lamentarse y recordar lo bonito que fue mientras duró. Un halo de profunda tristeza se apodera del oyente desde el primer sonido. Un disco que la compañía de discos se echó las manos a la cabeza al oírlo, no había singles potenciales!! todas las canciones eran demasiado largas y lentas.

The Cure – Lullaby (4:07). Tema pop desolador que detalla una pesadilla de Robert Smith a punto ser engullido por un Spiderman (hombre araña), mucho más terrorífico que ninguno que Marvel haya conseguido idear. Canción tenebrosa, familiar, con ecos extremadamente psicodélicos y sonidos muy atmosféricos y psicotrópicos. Y canción para la que crearon un espectacular vídeo: muchos seguimos recordando con angustia la araña. Si en el futuro hubiese que explicar por qué en los años 80 el póster de Robert Smith estuvo en las habitaciones de medio mundo, lo más lógico sería recomendar a quien hiciese la pregunta que se viese el clip de Lullaby.

Robert Smith se adentra con serena actitud en la más profunda introspección. Lleno de intimismo, complaciéndose en la depresión, supo crear un sonido personal pleno de ensoñaciones. Disintegration es uno de los álbumes más oscuros que se han hecho jamás. Y aunque plagado de depresión y oscuridad tiene un alma preciosa. Sí que es verdad que para un oído poco acostumbrado hay tristeza y melancolía en abundancia y el abismo siempre parece cercano. Fatalismo y oscuridad, romanticismo desolado, a veces violento, a veces surrealista y absurdo, y todo mediante canciones vibrantemente infelices que completaron un trabajo claustrofóbico y tremendamente angustioso, un disco que es en sí mismo todo un monumento a la derrota amorosa, al adiós, a la ruptura.

Disintegration es la esencia de The Cure, perfecto, elegante y delicado. No habían hecho un trabajo tan bueno, que importase tanto y no lo volverían a hacer. Disintegration es un disco que puedes seguir escuchar 10 o 20 años después sin sentirte ridículo por ello y disfrutar de esa enorme sensación de placer agridulce. Una revista especializada dijo de esta obra: “escucharlo es como sentirse envuelto por un abrigo empapado y extremadamente holgado”. Muchos críticos musicales dicen que los discos perfectos no existen, pero muchos pensamos que eso no es cierto. Según los niños de South Park, “Disintegration” es el mejor disco de la historia. Según chavales depresivos colgados en los 80, es el único disco de la historia.

The Cure – Disintegration (8:22). La canción que da titulo al álbum también trata sobre finales y rupturas, es un tema rápido con ritmo implacable y lleno de rencor y con tono sarcástico, que deja que la amargura que expresa su letra pase sin opción a comentarios. El culmen de la desesperanza a través de un desarrollo pop, tremendamente accesible, pero que se alarga a lo largo del tiempo sin llegar a cansar, gracias al estupendo dibujo del bajo de Simon Gallup y a la batería marcial y matemática de Boris Williams. Con Robert Smith capturando imágenes afortunadas en la letra y cantando con más intensidad a cada segundo que pasa, todo el tema es un largo crescendo que no quiere ir de tal, pero que acaba estallando en un final grandioso.

The Cure constituye una gran puerta de entrada de muchos aficionados a los sonidos independientes al saber ver entre esa maraña que es el peinado de Robert Smith a un grupo innovador, poético y seguro de sí mismo. The Cure es ejemplo de supervivencia en el difícil equilibrio entre lo mainstream y lo indie: desde que empezaron a sonar en las radios, tanto en sus etapas más pop como las más oscuras, han sabido mantener al mismo tiempo a un publico mayoritario y al buscador de grupos de culto.

Es difícil imaginar un mundo sin The Cure, la música de los 80 probablemente no habría evolucionado sin ellos y su influencia desde sus comienzos y durante los últimos 30 años es incalculable. ¿Cuántos grupos se habrán inspirado en ellos que a su vez han influenciado a otros? Difícil respuesta, sobre todo por esta obra. Cuando uno vuelve la vista atrás a Disintegration, no puede dejar de asombrarse si alguien –la discográfica, los fans, o los propios miembros de The Cure– entenderán y si se habrán dado cuenta de la increíble contribución que han hecho a la historia de la música.

 

No sabía cuanto tiempo llevaba dormido: el reloj con sus agujas fluorescentes marcaba mucho más allá de la hora que aproximadamente duraba el disco. Encendió la luz de la lámpara de la mesilla. Tras unos breves instantes entendió quién era, dónde estaba, y también recordó cómo estaba antes de su viaje. Sin embargo, en ese momento se sentía bien, extrañamente bien como si estuviera curado. Se quitó los auriculares y depositó el discman de nuevo sobre la mesilla. Se levantó para ir al baño. Sobre la colcha, al lado de donde aún se adivinaba el peso de su cuerpo, un montón de trozos de papel parecía un pequeño volcán. En esos pedazos de fotografías, las risas de Carlota sólo eran dientes sueltos, su mirada, sólo ojos separados; donde antes había cuerpos, ahora sólo había trozos. Mientras, en el baño, a Indiego se le escuchaba cantar despreocupado.

diciembre 2018
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