Indiego

Indiego

Dicen que la vida es un viaje: a veces corto, a veces largo. Un viaje que empieza cuando el viajero nace.

Indiego nace el 7 de julio del 77 en Manchester (Gran Bretaña). Claro que tiene un nombre y unos apellidos, pero no los mencionaremos porque tampoco viene a cuento en este cuento.

Lo dicho: nace el siete del siete del setenta y siete. Siete son las notas musicales: do, re, mi, fa, sol, la, si, do, re… Siete son los días de la semana: lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado, domingo, lunes, martes…

Pues fue un martes que su madre Petronila, hija de familia rica – su papá, un General de las huestes de Franco-, llegó a Londres. Fue enviada por su padre un martes de 1974, pero no precisamente a estudiar inglés, sino a lo que iban las jovencitas españolas, católicas y de familia bien en esos años a Gran Bretaña: a interrumpir el resultado en forma de feto en el que acabó un romance de verano en el pueblo.

Y así llega Petronila de la mano de su aya (encargada de acompañar y traer de vuelta a esta jovencita de 17 años) a Londres en Octubre de 1974.

Tras zanjar el asunto principal del viaje en una clínica al uso, Petronila se escapa de las garras de su institutriz para acudir por su cuenta y riesgo a un concierto de “Queen” en Manchester. Perdida en la urbe, conocería a John, melómano y futuro padre de nuestro Indiego, con quien acudiría al concierto, descubriría los opiáceos y otros placeres y torturas propias de la época y de Manchester.

“P” (pi – Petronila rebautizada a lo británico) y John fueron de las escasas personas que acudieron el 4 de junio de 1976 al primer concierto de Sex Pistols en Manchester y se quedaron fascinados con lo que escucharon y vieron. Furia, asco, rabia, insultos, ruido, caos, nada: ¡punk! Y no pudieron ni quisieron no pertenecer a esta nueva corriente irreverente, transgresora y enfadada. A los pocos meses de este concierto y para desgracia de P y de John (aunque por suerte para nosotros) en un descuido entre noches de desenfreno y drogas sintéticas, germinó Indiego. Teniendo en cuenta las anfetaminas, LSD y todo lo que se pudiera enrollar en un canuto durante su gestación, además de los gustos musicales de P y John, comprenderéis el carácter y las extrañas adicciones de nuestro personaje que pasaremos a explicar más adelante.

Lo dicho, Indiego nace el 7 del julio del 77 (el siete del siete del setenta y siete) en Manchester y allí pasa los primeros 10 años de su vida, estudiando en St. Bede’s College, un colegio católico independiente de Manchester (escuela elegida e impuesta por el abuelo materno de la criatura y quien también pagaría los costes de la misma) hasta lo que aquí sería 4º de EGB de la época.

En el 87, la pésima situación laboral durante el thatcherismo llevó a P y a John a recurrir a papá General, quien a lo mejor para expiar sus culpas de padre y general franquista, les ayudó para que se mudarán a España y abrieran una tienda de discos en pleno centro madrileño. Muchos discos de importación por supuesto, por lo que Indiego seguiría influenciado por los sonidos llegados del archipiélago británico.

Aún así el choque cultural para nuestro joven personaje que hasta ese momento no había visitado España más que unos pocos días en Navidad, resultó tremendo.

Desde los ojos de un chiquillo, Madrid era una ciudad brillante que nada tenía que ver con Manchester, de cielos plomizos y sus casas rojas. Madrid siempre contaminada, atascada y obstaculizada estaba salpicada de contrastes muy fuertes: yonkies y prostitutas convivían en perfecta armonía con hombres trajeados y monjas de azul y blanco que a su vez se cruzaban en las plazas con heavorros que bebían litronas Mahou sentados en las aceras.

Con 10 años no entiendes demasiado bien absolutamente nada, solo eres consciente de que tu vida ya no es la misma, te han arrebatado a tus amigos, trasladado a un país que a ti te parece otro planeta, ya que no entiendes, ni la lengua, ni las costumbres (¿qué es eso de dar dos besos a todo el mundo? ¿bocadillos de calamares? ¿misa en la tele?).

Indiego ingresó en el “British Council School” y su abuelo pagaba las facturas. El 87: qué gran año para bailar la bamba. El 87: Michael Jackson se hizo malo. El 87: ellos las prefieren gordas, gordas, súper gordas y apretás. Indiego en el 87 también descubrió que su mundo era otro, que lo que le gustaba a todos los demás, a él lo horrorizaba. Mientras todos bailaban “No te olvides la toalla cuando vayas a la playa”, él escuchaba la cinta de “The Queen Is Dead” de sus adorados Smiths. Mientras todos fueron al cine a ver “Dirty Dancing”, él disfrutó de “Jóvenes Ocultos”, y sus vampiros y su banda sonora. Tal iba siendo esta separación con el resto de la sociedad, que Indiego comenzó a aficionarse a escuchar en su habitación discos que cogía de la tienda de sus padres. Discos redondos y brillantes que olían a pegamento y a tinta. Discos que giraban y giraban. Melodías y letras que lo arrastraban a otras situaciones.

Y un día pasó lo que tenía que pasar: sin querer, buscando en la habitación de sus padres, descubrió en el tercer cajón de la cómoda un paquete de Prozac, y dentro, unas cápsulas verdes y blancas comenzaron a brillar. Por probar, tragó una, pero tampoco notó que pasara nada. Así que repitió su ritual diario de poner un disco y acostarse a mirar hacia el techo. ¿Qué disco fue? Uno absolutamente blanco y con un plátano con motas en la portada: los primeros acordes, como de caja de música sonaron, la voz de Lou Reed, comenzó a cantar: “Sunday morning, praise the dawning, It’s just a restless feeling by my side“, y fue ahí, en ese preciso instante que Indiego comenzó a notar que se iba, que se marchaba, que abandonaba su habitación y su cama para viajar.

“viaje 1” The Velvet Underground & Nico (1967)

Dicen que la vida es un viaje: a veces corto, a veces largo.

 

Indiego

“El rosa no combina con el amarillo, el rosa no combina con el amarillo, el rosa no…”. Aún tenía la chillona voz de la profesora clavada como un alfiler en algún pliegue de su memoria. ¡Qué sabía el vejestorio ese de arte! Indiego había trabajado en un póster para la clase de plástica. Estamos en octubre de 1990: con 13 años la rabia bullía en las venas de Indiego junto a las hormonas.

En las clases de plástica, asignatura que impartía Doña Juliana, una vieja amargada que amargaba a todos los alumnos de 7º de E.G.B., habían trabajado las técnicas del collage, y a Indiego se le ocurrió realizar un póster hecho con recortes de papel teñido en rosa y amarillo intentando dibujar un paisaje urbano. Ese día había ido muy contento al colegio: estaba tan orgulloso de su creación, que incluso la espinilla que tenía en la frente no tenía ninguna importancia. Y en esa nube estaba hasta que la vieja chilló burlona: “El rosa no combina con el amarillo, eso lo saben todos”. Rabia y asco, furia, y para más inri, en la frente le había salido una espinilla que dolía como un corazón. Menos mal que plástica era a última hora. Tras regresar de la escuela, Indiego abrió la puerta de la casa y descubrió aliviado que no había nadie.

Fue a la discoteca de su padre y rebuscó hasta que encontró lo que estaba buscando: un disco amarillo limón con una franja fucsia asomó. Indiegó lo abrazó a su pecho, subió a la habitación, se tomó un prozac, colocó el vinilo en el tocadiscos y empezó a viajar. “El rosa no combina con el amarillo…”. Gritó y gritó furioso: la rabia, la rabia, la rabia. A veces no hay mejor combustible para viajar.

“viaje 2” Sex Pistols – Never Mind The Bollocks (1977)

“Tú tienes un problema, el problema eres tú, Problemas, qué vas a hacer…, problemas…” Indiego regresó de su viaje: ahora lo tenía más claro todo. O no. Por lo menos ya no sentía tanta rabia y la espinilla comenzaba a mejorar. De todas formas, seguía sin saber qué hacer con sus problemas. Tampoco sabía cuáles eran. O si. Pero el rosa y el amarillo si que combinan.

 

Indiego

Fue el jueves, bajo la monstruosa maqueta del cohete Ariane 4, que los vio.

Junio, Sevilla, la Expo. Ya hacía calor.

Un fugaz viaje Madrid-Sevilla para ver algunos de aquellos pabellones que D. José, el de física, había elegido con sus criterios. A Indiego le caía bien: tenían una afición común. La Astrofísica. Ese año había sido declarado Año Internacional del Espacio por la Organización de las Naciones Unidas. El espacio, el universo.

Sí, los vio bajo la monstruosa maqueta del cohete Ariane 4. Él, Julián, el chulito y guapito de la clase. Ella, Paloma, estúpida y guapa a partes iguales. Habían aprovechado el mogollón de gente para salirse de aquella infinita cola, en un sitio más o menos oculto, comenzar a besarse y manosearse. En medio de ese meneo estaban cuando Indiego pasó por allí.

No supo porqué pero no puedo evitar quedárseles mirando embobado: su sangre iba y venía por los caminos de sus vasos sanguíneos, cada vez más rápida, pero no podía apartar su mirada de aquellas bocas entrelazándose, de los brazos de ella intentando abarcar la espalda de él; las manos de él, intentando tocar zonas prohibidas. Y los ojos de Indiego, mirando, y ellos besándose, tocándose, y los ojos de Indiego mirando, hasta que ella se dio cuenta y se despego de aquellos abrazos, y Julián extrañado cayó en la cuenta de lo que pasaba.

Parecía que no había gravedad, Indiego creyó flotar en un espacio sin atmósfera, hasta que la ronca voz de Julián le espetó: eh, tú, ¿qué miras?, ¿desde cuándo estás mirándonos? ¿te gusta? ¿a quién te gustaría besar de los dos?

No fue la vergüenza, que también, lo que más le remordía. Era precisamente esa última frase que la estúpida boca de Julián escupió: ¿a quién te gustaría besar de los dos?

Es sábado 6 de junio. Había llegado la noche del día anterior cansadísimo de tanto autobús: Sevilla – Madrid. Ya eran las 11:00 de la mañana. La luz se colaba por las persianas dejando entrever los planetas que colgaba del techo de su habitación. ¿A quién te gustaría besar de los dos?

Sus padres no estaban, así que se levantó y fue al baño. Después de aliviar su vejiga, se lavó la cara en el lavabo, y en el armarillo vio el lápiz labial que su madre había usado esa misma mañana. Sin saber porqué, le quitó la tapa, lo giró, y una vez hubo salido el carmín, lo aproximó a sus labios y lo extendió por ellos. Se miró en el espejo y sonrió. Después se avergonzó y corrió a su habitación. Necesitaba salir de allí pero adónde. Necesitaba salir de él pero adónde.

Abrió el cajón de la mesilla: allí las cápsulas de Prozac parecían joyas. Fue a la encimera y buscó entre sus discos. Al final encontró lo que buscaba: un famélico hombre rubio, con guitarra, un traje de lentejuelas azules y unas botas violetas, destaca en un callejón lluvioso. Tomó una pastilla y puso el disco, aunque llevó la aguja hacia el final de la primera canción y el comienzo de la segunda. Aún con la boca pintada, se recostó, miró hacia el techo de donde colgaban aquellas maquetas de planetas y repitió con su voz: ¿a quién te gustaría besar de los dos?

“viaje 3” David Bowie – The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars (1972).

Indiego regresó de su viaje: ahora lo tenía más claro todo. O no. ¿A quién te gustaría besar de los dos?

A esa misma hora, en Florencia, en la iglesia americana de San Jaime, el pastor Ledlay Laughlin, le decía a David Bowie: Puede besar a la novia. Imán sonreía. En Madrid, bajo un techo del que colgaban maquetas de planetas, Indiego también.

Indiego

A veces el verano se parece al infierno, y no siempre por el calor. Pasar un verano en una rancia casona, propiedad de un rancio militar retirado, con unos abuelos amarillentos, puede acercarse al concepto de infierno. Un pueblo de Castilla en verano puede parecerse al infierno.

Verano de 1992, las olimpiadas de Barcelona y todo ese rollo: España se cree moderna. Indiego sin embargo y sin saber porqué siente un asco tremendo por todo: donde los demás ven alegría y color, él sólo logra ver artificios y cosas vanas. Sólo sus viajes musicales le ponen un poco de sentido a eso de vivir.

P y John, ante la evidencia de que Indiego se arrastra a un sumidero gris de soledad y tristeza, deciden mandarlo a pasar el verano con sus abuelos. Si casi no sale de su habitación ni a la calle, a lo mejor en el pueblo le da por ir al riachuelo o queda con otros jóvenes que en vacaciones descubren las ventajas de pasar el verano en la tierra de sus ancestros.

Para Indiego esto es el infierno: calor, calor, calor, abuelo, abuela, olor a animales y a hierba seca, y encima sin Prozac y sin música.

Lo único bueno a lo que se agarra es que la casona del pueblo está llena de habitaciones oscuras y polvorientas, misteriosas y lúgubres, y explorando sus entrañas va pasando los primeros días como quien se queda a vivir en un museo de trastos arcaicos. En una de las habitaciones encuentra un tocadiscos de la época de Maricastaña: el cuerpo de madera, cubierto de polvo, se encontraba algo dañado, pero el aparato seguía funcionando y tenía la aguja intacta.

En otro de los cuartos encontró un baúl que debió pertenecer a sus padres cuando aun viviendo en Inglaterra, vinieron a pasar unas vacaciones a España. Él no recordaba el año, porque era muy pequeño, pero debió ser allá por 1980. Verano de 1980. Dentro del baúl encontró cosas como una maquinilla de afeitar de John, un neceser hortera de P, y un disco de portada amarillenta y una fotografía lúgubre y macabra: lo que se veía parecía un velatorio, o la fotografía de un sepulcro o de un altar tétrico. Por encima de la fotografía una sola palabra: CLOSER.

Además de ir adentrándose en las entrañas de la casona, Indiego encontró en la mujer que sus abuelos habían contratado para las comidas, a una aliada. Carmela, que así se llamaba, era fría, cortante, callada, seca: sólo hablaba lo justo, pero a Indiego le caía bien. Decía pequeñas frases a modo de sentencias, muchas de ellas incomprensibles a oídos de Indiego, pero quizá por eso, absolutamente atrayentes. Una vez, en medio de una conversación entre ambos, salió el tema de cómo la madre de Carmela había sido curandera, y hasta de otros pueblos de la comarca venía gente buscando su buen hacer.

–       Ella sabía cosas que nadie más sabía. Ni yo ni mis hermanas heredamos eso. Lo único que recuerdo es que usaba un agua de belladona y beleño, y luego de tomársela, se le ponían los ojos en blanco y dormitaba. Ella, la pobre, decía que viajaba y que en esos viajes encontraba la cura para sus pacientes. El agua es dos vasos de agua, una rama de beleño y dos de belladona. Y no hay que echarle azúcar ni nada.

–       ¿Y tú tienes esas hierbas, Carmela?

–       Sí, eso se da en el prado de detrás de casa. Yo si quieres te traigo. Yo me tomo el agua y no me hace nada; supongo que sólo le hacía a mi madre, que por algo era curandera.

Una vez la buena de Carmela le pasó las plantas, Indiego ya lo tenía todo para escapar del infierno. Hizo el agua con esmero, y la guardó en su habitación dentro de un frasco de cristal. El tocadiscos descansaba sobre la cómoda. El disco ya estaba puesto y listo para ser escuchado, pero esperó al domingo, cuando sus abuelos iban a misa y Carmela descansaba.

Domingo, 19 de julio de 1992. El abuelo, el día antes, había estado muy hablador y contento celebrando el aniversario del “glorioso golpe” como lo definió. Y hoy iba a misa junto con la abuela a rezar para que aquellos logros no se perdieran en esta “España de francachela y disparates“, como también la definió.

Domingo, 19 de julio de 1992. Todo estaba listo. El brebaje, la casona sólo para él, el viejo tocadiscos. Puso la aguja, apagó las luces, y bebió a pequeños sorbos de la infusión. Tambores empezaron a sonar, sonidos tristes llenaron la habitación, una voz grave empezó a declamar lamentosamente. Era la tristeza, pero el brebaje no funcionaba. Igual tenía razón Carmela… Pero a la tercera canción, Indiego ya no estaba.

“viaje 4” Joy Division – Closer (1980).

A veces el verano se parece al infierno, y no siempre por el calor. A veces la vida se parece al infierno, y no siempre es culpa de alguien o de algo. Aquel verano se estaba pareciendo a un infierno, pero a Indiego, tras su viaje, comenzó a gustarle. Siempre es bueno descubrir la diferencia entre estar triste y ser triste. Y cuanto antes, mejor.

 

Indiego

El infierno que estaba siendo aquel verano del 92 en la rancia casona que su rancio abuelo tenia en un pueblo de Castilla, amenazó con empeorar para Indiego aún más. Su prima Mandy iba a pasar los últimos 15 días de agosto con él y los abuelos, mientras que sus padres, P y  John los iban a pasar con Tío Tom y Tía Anne en una Barcelona que aún estaba recogiendo los confettis de la clausura de sus Juegos Olímpicos.

La habían ido a recoger a la modesta estación su abuelo y él aquel infernal viernes que era el 14 de agosto en un pueblo de Castilla. Cuando la vio con la maleta confirmó lo que le había dicho su madre: su prima era una de las personas más feas que existían. Flaca, bigotuda y tremendamente marimacho, tanto, que su adusto y rancio abuelo parecía afeminado ante la presencia de Mandy.

Se llamaba así porque los tíos, unos progres ingleses de tomo y lomo, la bautizaron Amanda en honor a la canción de Víctor Jara. Lo que pasa es que toda la seriedad del nombre original se difuminó cuando les dio por acortárselo con un diminutivo realmente espantoso: Mandy, un nombre más propio de una chocolatina o de una marca de mantequilla que de una marimacho, huesuda y bigotuda. Sólo tenía un año más que Indiego, y sin embargo, él la sentía lejana como si ella tuviera 100 años más.

Y es que lo peor de Mandy no era su físico, sino su carácter: seca, engreída, arisca y arrogante podrían ser adjetivos que no se aproximaban a lo que en verdad era su prima en aquel verano del 92.

Poco después de llegar a casa, y una vez la abuela había llevado a Mandy a la que iba a ser su habitación, ella bajó al salón principal con los regalos que los tíos le habían encargado traer al pueblo. Al abuelo le trajo un embutido inglés de aspecto sumamente asqueroso. A la abuela, una tetera de porcelana muy hortera, como corresponde. Y a él le dio un paquete prismático diciéndole un seco y británico: – Toma, ábrelo, esto te mandan mis padres.

Tras rasgar el papel de regalo y abrir la caja apareció un discman Sony: parecía una nave espacial brillante con sus botones y una pequeña pantalla. No bien se había recuperado del shock de tener entre sus manos esa máquina, que en el instituto sólo tenían los más pijos, Mandy le entregó otro paquete: – Y esto es para que puedas escuchar algo. Supongo que te gustará, te lo he elegido yo: está tan de moda que creo que disfrutarás un montón; además yo creo que va con tu estilo.

Antes de abrir el regalo, Indiego tuvo la sospecha de que el tono y el rictus de su prima indicaban burla, lo que confirmó en cuanto vio aparecer la portada de aquel CD: la cara de una Whitney Houston sonriente anunciaba que aquel disco era la banda sonora de El Guardaespaldas. El horror que sintió Indiego al ver la portada no fue nada en comparación con el que sintió en cuanto escuchó el disco encerrado en su cuarto. Decidió que no podía escuchar aquel disco ni una sola vez más, y que tendría que probar la verdadera dimensión del discman con otro tipo de música.

Mandy también tenía un Discman y lo usaba encerrada en su cuarto; había traído un estuche con más de veinte discos diferentes que había colocado encima de su cómoda. Indiego decidió averiguar qué discos había traído la lesbiana de su prima, porque estaba seguro que ese estuche, que a modo de cofre del tesoro descansaba en aquel mueble, contenía discos mucho más interesantes que aquel bodrio que su queridísima primita le había regalado.

Habían pasado ya dos días de la llegada de Mandy, cuando la abuela consiguió arrastrarla al pueblo para que la ayudara con las compras. Era gracioso ver la cara masculina de Mandy llena de gestos de extrañeza ante el idioma de gestos y gritos que la pobre de la abuela utilizaba con la esperanza de hacerse entender ante aquella británica fea y flaca.

Pues con ese idioma consiguió arrastrarla al pueblo y sacarla de la casona, momento que Indiego aprovechó para meterse en el cuarto de su prima. Allí estaba el estuche, entreabierto, dejando ver los lomos brillantes de los CDs. Allí estaban el Pod de The Breeders, el Spartacus de The Farm, y de pronto vio uno que llamó su atención. En el lomo cuadrado del Cd decía: PATTI SMITH – Horses.

No sabía porqué, si fue el título o el vulgar nombre de la cantante o la sencillez que emanaba de aquel Cd, pero en ese instante decidió que ése iba a ser el disco que le iba a tomar prestado a su prima.

Esa misma tarde, tras el almuerzo, Indiego les dijo a los abuelos que no se sentía muy bien y que se iba a encerrar en su cuarto a descansar. Pasó la llaves y sacó el Cd de la caja. En la portada una mujer que bien podría ser hombre mira desafiante a la cámara con una chaqueta sobre el hombro izquierdo. Colocó el Cd en su discman y se puso los auriculares. Bebió dos o tres tragos del brebaje de Carmela y pulsó el botón de Play. Volvió a sorber del brebaje. El silbido del disco girando lo distrajo ligeramente, pero enseguida los sencillos acordes de un piano lo atrajeron… Cuando una voz ambigua pronunció “Jesus died for somebody’s sins but not mine” ya Indiego viajaba rumbo a una suciedad hermosa.

“viaje 5”  Patti Smith – Horses (1975).

Todo el mundo quedó extrañado y nadie encontraba explicación, pero tras ese día Indiego congenió con su prima. Iban y venían por la casa, juntos, hablando de sus cosas, en inglés, por supuesto. A veces, hasta reían. Lo que nadie sabía es lo que hacían los dos encerrados en el desván todas las tardes de aquellos días que acababan con agosto. Eso sí, que nadie vaya a pensar mal, no hacían nada malo. Si alguien hubiera mirado por el ojo de la cerradura tal vez hubiera visto a Mandy con un uniforme apolillado que había pertenecido al abuelo. A Indiego, sin embargo, se le veía con un salto de cama rosa que había sido de su abuela. En una esquina del desván, abandonado, un santo miraba hacia el techo. Afuera, detrás de la casa, tres cerdos hozaban el suelo de su pocilga.

Indiego

Había pasado. Al final había pasado. Quizá fue el final de aquel verano del 92. Quizá lo bien que se lo estaba pasando gracias a su prima Mandy. Quizá que los planetas se alinearon en las fiestas del pueblo, pero el todo es que Indiego, en aquellos días finales de agosto, se enamoró de Carlotita, la nieta del molinero, según su abuela, de Carlota, así sin más, según él.

Ella era morena, más baja que él y la cosa más bonita que él había visto en la vida. Su familia, que también provenía del pueblo, en vez de a Madrid, se había ido a Zaragoza, pero al igual que los suyos, volvían religiosamente a pasar el verano al molino que se encontraba a las afueras del caserío.

Todavía no sabía cómo había sido, pero gracias al desparpajo insolente de Mandy, un día habló con ella; al siguiente, habían ido juntos al bar a jugar al futbolín, y así pasaron una semana de tonteo justo antes de las fiestas patronales de Santa Patricia. Y en esas fiestas, a lo tonto, pasó lo que tenía que pasar: Indiego, además de probar por primera vez el tabaco, probó otros labios, sintió el latido de otro pecho junto al suyo, adivinó mariposas en aquello que sentía dentro del pecho. Era todo tan bonito, que el final de las vacaciones y la vuelta a Madrid se le hicieron insoportables. ¡Quién le iba a decir a él que al final del verano no iba a querer marcharse del pueblo!

Luego llegó septiembre y tomó por costumbre cada viernes, irse a la cabina de la esquina de su calle y llamar al número que le dio Carlota, su Carlota, y hablar con ella de tonterías y vaguedades, y siempre terminaban diciéndose mutuamente “te quiero”. Era todo tan bonito, pero a la vez tan triste y desesperante por no poder estar juntos. En su cabeza, Indiego ideaba mil maneras de irse de casa en busca de Carlota: después se irían a Inglaterra, como su madre, y una vez allí conseguirían trabajo, y serían felices, y se amarían.

Y se amarían. ¡Una mierda!

Hace tres semanas ya la notó distinta y distante por teléfono. Pensó que sería una gripe otoñal. Pero no, a la semana siguiente, la notó aún más fría, como si le molestara que la llamara. Y ya hoy se lo dijo: – Tengo algo que decirte. He conocido a alguien en el instituto. Sabes que lo nuestro no fue nada. Sí, te quise, pero ahora lo quiero a él. El pip, pip, pip de la línea cortada parecía la alarma de una bomba antes de estallar.

Casi no consigue llegar de la cabina de la calle a su casa. El cielo de Madrid en esa tarde de viernes fue el más gris del último siglo. Era 30 de octubre. El día siguiente sería Halloween. ¿Truco o trato? ¡Una mierda!

La casa estaba sola, como casi siempre por las tardes. Indiego, con los ojos cargados de lágrimas, consiguió llegar a su cuarto. Abrió con ansias el cajón del Prozac y sacó dos de aquellas cápsulas. El discman que le habían regalado sus tíos brillaba sobre la mesilla. Revolvió entre sus escasos CDs y escogió el que estaba buscando. Sobre la cama sus maquetas de planetas estaban quietísimas, de tan quietas, daban miedo porque parecían metáforas de la muerte.

Luego, abrió el cofre que tenía sobre el escritorio. Allí estaban las fotos de Carlota sonriendo, sonriéndole a él, guiñándole un ojo mientras sonreía. Las fotos comenzaron a desdibujarse con el temblor de las lágrimas. No se lo pensó más: se tragó las dos pastillas y pulsó el play del discman. Enseguida saltó a la segunda canción. Se enjugó las lágrimas. Y volvió a mirar las fotos de Carlota, de su Carlota.

“viaje 6”  The Cure – Disintegration (1989).

No sabía cuanto tiempo llevaba dormido: el reloj con sus agujas fluorescentes marcaba mucho más allá de la hora que aproximadamente duraba el disco. Encendió la luz de la lámpara de la mesilla. Tras unos breves instantes entendió quién era, dónde estaba, y también recordó cómo estaba antes de su viaje. Sin embargo, en ese momento se sentía bien, extrañamente bien como si estuviera curado. Se quitó los auriculares y depositó el discman de nuevo sobre la mesilla. Se levantó para ir al baño. Sobre la colcha, al lado de donde aún se adivinaba el peso de su cuerpo, un montón de trozos de papel parecía un pequeño volcán. En esos pedazos de fotografías, las risas de Carlota sólo eran dientes sueltos, su mirada, sólo ojos separados; donde antes había cuerpos, ahora sólo eran trozos. Mientras, en el baño, a Indiego se le escuchaba cantar despreocupado. 

Indiego

A veces, cuando las cosas van mal, resulta que van a peor. Otras veces tomamos la decisión de que empeoren, a pesar de que la mayor parte de las veces ya se tuercen ellas solas. Aquel noviembre estaba siendo especialmente gris. Pero no era un gris suave y melancólico propio del otoño. No, aquel noviembre del 92 estaba teniendo de color un gris violento, un gris triste, un gris terrible y asfixiante. España entera llevaba desde mediados de mes pendiente del paradero de tres chicas del pueblo de Alcasser que habían desaparecido sin dejar rastro.

Indiego por su parte había superado lo de Carlota a base de mostrarse huraño y cruel con todo su círculo. No soportaba la candidez estúpida de su madre. El buen humor casi eterno de su padre. Los absurdos chascarrillos de su abuelo le ponían de mal humor. Los lamentos de su abuela en torno a su supuesta mala salud le sacaban de quicio. Sólo lo aliviaban las conversaciones telefónicas que mantenía con su prima Mandy, que estaban tan llenas de silencios y monosílabos que, si algún espía las hubiera investigado, pensaría que estaban tramando algo por lo absurdas y enigmáticas que resultaban.

Indiego, además, intentaba superar lo de Carlota fumando como un descosido y asomando la cabeza a la trasera del instituto, donde los cafres, los aspirantes a malos y los camellos y trapicheros pululaban. Y fue allí que por primera vez probó los canutos y entabló cierta afinidad con Josito, un muchacho alto y desgarbado que siempre vestía de negro y que llevaba repitiendo 2º de B.U.P. desde hacía demasiados años. Todo el mundo en el instituto intentaba alejarse todo lo posible de Josito, sin embargo a Indiego empezó a caerle bien: no hablaba mucho, sólo abría la boca para decir sentencias absurdas o para pedir papelillo y fumar. Así, poco a poco, pero en el transcurso de apenas tres semanas Indiego y Josito eran inseparables. Aparte de opinar ambos que la vida era una mierda, los cómics y los gustos musicales, además de los porros, eran los hilos con los que fueron cosiendo aquello que empezaba a ser algo parecido a una amistad.

Y fue así cómo Indiego hizo que aquel gris noviembre fuese aún más gris: a base de mal humor, de humo de porros y de la ropa negra de Josito con el que se pasaba las mañanas.

Aquel miércoles 25 de noviembre Josito y él habían decidido fugarse de las clases e ir al Centro a dar vueltas por las tiendas. Y fue así que tonteando, con la bruma que le iban dando los porros, llegaron a La Oscuridad. Era una tienda de discos que estaba en una calle cercana a Gran Vía, que como su nombre indicaba no gastaba mucho dinero precisamente en iluminación. Estaba especializada en metal, música que a Indiego, no es que le horrorizara, pero que tampoco le decía nada en especial. Fue Josito quien se empeñó en entrar para ver si conseguía a buen precio el “Fear Of The Dark” de los Iron Maiden. Indiego fue adentrándose sin mucho interés por la tienda hasta que llegó a un baúl de metal donde derramados descansaban los Cds en oferta. Y allí fue donde vio a tan sólo 895 pesetas una carátula que le llamó la atención. Miró la cartera y calculó que tenía suficiente. Pagó y esperó paciente a que Josito siguiera intentando sin éxito el regateo con el vendedor. Finalmente, llegada ya la hora de finalizar las clases tomaron el metro cada uno a su casa, no sin antes volverse a tragar el humo de un porro.

Indiego llegó a casa con un hambre leonina. La casa como casi siempre estaba vacía. Se preparó unos sándwiches que devoró con fruición. Luego cogió la bolsa negra de la tienda de discos y subió a su habitación.

Iba tan anestesiado con la cantidad de porros que había fumado con Josito que ni siquiera pensó en tomarse un Prozac. Con dificultades le quitó el plástico al CD y lo abrió: el olor a pegamento y a papel nuevo se le posó en la nariz. Luego rescató de la mesilla el discman. Colocó en su interior el CD, se puso los auriculares y pulsó el play mientras se recostaba. Un tambor marcial empezó a sonar. Una guitarra ruidosa intentaba dibujar una melodía. Empezó a viajar con la sensación de meterse en un mundo dulce y áspero a la vez.

“viaje 7”  The Jesus and Mary Chain – Psychocandy (1985).

Todos tenemos nuestras volubles partículas de rabia adormecidas en el interior, una agresividad latente que, reunidas las circunstancias oportunas, sale a relucir con toda su intensidad. En aquella tarde fría de aquel noviembre gris, Indiego regresó de su viaje. Cuando abrió los ojos, se encontraba frente al espejo de la cómoda, que sin saber porqué estaba roto. Notó un calor húmedo en su mano derecha y descubrió que estaba sangrando. Cuando se dio vuelta hacia la cama, vio con espanto cómo toda la habitación se encontraba revuelta, como si hubiera pasado un auténtico tornado. Supo lo que había pasado: la rabia lo había poseído en su viaje. Lo malo es que ahora tenía que recoger el cuarto. Pero le gustó enormemente saber que él, tan bueno, tranquilo y apacible, podía romperlo todo con su rabia.

Indiego

Si aquel noviembre del 92 había sido gris, diciembre estaba tomando un color aún más oscuro y triste. Acabadas las Olimpiadas y la Expo, parecía que a España le explotaba la realidad en la cara: el paro subía de los tres millones de desempleados, el más alto de la historia. Además el petróleo había alcanzado los máximos precios debido a la resaca de la Guerra del Golfo. En casa de Indiego, las cosas tampoco pintaban de otro color que no fuera el negro.

John, que pasaba por ser (o parecer) la persona más tranquila y apacible del mundo, estaba siendo por dentro un volcán en ebullición. Él siempre había sido una persona alegre y vitalista, pero desde el verano de ese extraño año del 92, a punto de cumplir los 38 años, empezaba a ver las cosas con otros ojos, quizá más tristes, quizá más cansados. La cosa en el trabajo no es que fuera mal, pero empezaba a estar harto de tener que vender mierda en su tienda de discos, un lugar que él abrió para ser un templo del buen gusto: no soportaba tener a gente preguntando por sucedáneos de Nirvana, o por el último de Guns N’ Roses, mientras nadie preguntaba por Marvin Gaye o por Bob Dylan o por Nick Drake. Y encima estaba su hijo; aquel niño delicioso, algo despistado y muy tímido que le tenía robado el corazón desde que nació, se había convertido en un adolescente malcriado y huraño, al que ya casi no soportaba. Precisamente, había notado este cambio desde el verano, pero tampoco sabía muy bien cómo encarar la abrupta distancia que se había abierto de pronto entre su hijo y él. El colmo había  sido ya la semana pasada: no contento con destrozar su habitación el miércoles, el mismo viernes fue expulsado dos semanas del instituto por una pelea en clase y un sinfín de faltas de asistencia a lo largo del trimestre.

Desde entonces la casa era un infierno: una calma rara y pesada flotaba por todos los rincones. P estaba hecha un manojo de nervios y no paraba de culparse a ella y John por el abandono al que decía ambos habían dejado al muchacho. Quizá tenía razón, pero tampoco podían hacer mucho más: la tienda malamente daba para mantener a la familia, y el padre de P, mucho dinero y mucho boato, pero también mucha racanería.

Ese jueves 3 de diciembre la cosa no había ido tan mal en la tienda y John se encontraba de un relativo buen humor. Sin embargo, al llegar a casa al mediodía todo se había derrumbado: encontró a P llorando en el sofá; ese día revisando su cómoda, había echado en falta algunas de sus pastillas y estaba convencida de que en Indiego y su raro comportamiento estaba la explicación. Todavía no le había preguntado ni se iba a atrever a preguntárselo, pero ella ya lo sabía: su hijo estaba hecho un auténtico drogadicto.

Tras calmarse mutuamente con arrumacos y palabras, estaban lo suficientemente serenos como para plantearse almorzar. Calentaron la comida, pusieron la mesa y llamaron a Indiego para que bajara a comer.

En la televisión el telediario daba detalles del naufragio del petrolero “Mar Egeo” que había ocurrido esa misma mañana en La Coruña. La sopa humeaba. Los tres habitantes de aquella casa, en tenso silencio, daban buena cuenta de los alimentos que sobre la mesa esperaban por ser comidos.

De pronto, John, no pudo más y preguntó abiertamente: – Hijo, ¿eres tú quien ha cogido las pastillas de tu madre? ¿Por eso estás así? No debes tomar drogas, lo sabes. No sabes lo malo….

Y tan de repente como él, pero con mucha rabia encerrada, como si lo odiara, Indiego le espetó: – ¿Quién eres tú para decirme nada sobre drogas, papá? ¿Quizá me vais a exigir a mi lo que vosotros no hicisteis?

La ira, tan caliente como la lava, subió desde el estómago hacia la cabeza de John. Sin raciocinio, un instinto de furia quería estampar su mano derecha en la mejilla izquierda de su hijo.

A veces, cuando las cosas van mal, resulta que van a peor. Otras veces, no: de repente, la suerte, la casualidad, o no sé sabe muy bien qué, da una tregua, pone una señal en el camino, impidiendo que las cosas se tuerzan del todo. A punto de darle la bofetada del siglo XX a su hijo, el timbre del teléfono rompió el drama; enseguida P fue a cogerlo y acto seguido gritó:  ¡Mandy, mi amor! ¿Cómo estás? ¿Cómo están todos por allá? Sí, sí, aquí todos estamos bien. Sí, espera que te lo paso. ¡Hijo!

Indiego, frustrado porque su padre no hubiera hecho lo que iba a hacer y que lo hubiera colocado en una situación ventajosa de victimismo y posterior chantaje, se levantó solicito al teléfono. Con voz baja empezó a hablar con Mandy. Al cabo de media hora, colgó.

– Mandy quiere que me vaya con ella y los tíos a Londres desde pasado mañana y durante una semana. ¿Puedo? Ellos me pagan el pasaje. Sólo tenéis que decirme que sí.

P dijo que por ella no había problema, que sería bueno para todos despejar un poco el ambiente durante una semana. John, malhumorado, dijo que se iba a trabajar y que ya le daba su respuesta a su regreso por la noche.

No dejó de pensarlo en el trabajo, pero finalmente decidió que como casi siempre P tenía razón. Lo mejor era dejar ir al muchacho a Londres con sus tíos. Quizá allí se encontrara a sí mismo de nuevo, quizá así regresaría aquel niño delicioso, algo despistado y muy tímido que había sido su hijo hasta hacía nada. De pronto le surgió una idea: le iba a regalar a su hijo para el viaje un disco que le podía ayudar a ello.

Cuando John llegó a su casa de noche, traía una bolsa pequeña con el logo de su tienda. P veía la televisión. Indiego estaba como casi siempre encerrado en su habitación. Hacía allí subió John con determinación, pero con cierto temor a cómo podría ir la conversación. Llamó a la puerta y sin esperar respuesta abrió. Indiego estaba recostado en su cama sin hacer nada en especial salvo mirar al techo de donde aún colgaban las maquetas de los planetas. Donde estaba el espejo de la cómoda ahora había un hueco. En la mano derecha de Indiego, una venda ocultaba la cicatriz de un corte.

Huecos. Cortes. Distancias.

– Al final he pensado que será bueno que vayas a Inglaterra con tu prima y tus tíos. Por favor, pórtate bien allí. Siento mucho lo que pasó al mediodía, pero no me puedo creer que estés yendo por un camino por el que no debes ir. Cuidado, hijo, con abrir ciertas puertas. Toma, te he traído un regalo para el viaje.

Dejó la bolsa al lado de Indiego y salió de la habitación. En cuanto vio que su padre se había ido, abrió la bolsa y sacó de ella un disco. Una foto en blanco y negro mostraba a un hombre intentando romper un bajo contra el suelo. En rosa y verde dos palabras: London Calling.

Indiego no pudo reprimir una sonrisa: su padre no podía evitar mostrar su humor inglés. Huecos. Cortes. Distancias.

Cuidado con abrir ciertas puertas.

De pronto un ansia le hizo incorporarse y salir disparado hacia el tercer cajón de la maltrecha cómoda. Todavía le quedaban un par de pastillas de las de su madre: a partir de ahora no podría cogerlas con tanta facilidad, pero bueno, en ese momento caerían dos, las necesitaba. Se las tragó con fruición. Después abrió el disco, sacó el CD de su interior y lo metió en su discman, que ya empezaba a mostrar ciertos arañazos por el uso y por el abuso. Pulsó el play y se puso los auriculares. Bajo, batería y guitarra empezaron a sonar con fuerza. A veces hay que abrir ciertas puertas, se dijo, y empezó a viajar.

“viaje 8”  The Clash – London calling (1979).

Pasaron más de cinco minutos desde que había acabado el disco para que Indiego regresara de su viaje. Tenía muchas ganas de ir con Mandy a Londres. Había sentido la llamada, y presentía que este viaje no iba a ser en vano. Sólo era un presentimiento, pero era muy poderoso. Lo que sí que tenía muy claro es que nadie, ni siquiera las personas que más quería, le iban a decir qué puertas debía o no abrir. Y en ese momento tenía ganas de abrirlas todas a la vez.

Indiego

Mientras aquellos labios lo besaban en Londres, Indiego no hacía otra cosa que pensar en la culpa. La culpa puede ser dulce como una boca. La culpa puede ser suave como el terciopelo. Pero la culpa siempre es fría como si estuviera hecha de metal.

La vez que más culpa sintió nunca fue en aquel verano de 1991. Tenía 14 años recién cumplidos. Aquel día sus padres habían salido por la tarde a enseñar Madrid a unos amigos ingleses que eligieron aquellas calurosas fechas para visitar España. Y él, como casi siempre, se quedó solo en casa. La televisión daba asco. Por la calle apenas pasaban coches. La casa estaba en penumbras porque las cortinas tenían que estar corridas para que no entrara el calor vespertino. Con esa luz mortecina, los sofás parecía enormes animales adormilados; las estanterías, nichos con libros en vez de lápidas. Todo parecía tan quieto.

De pronto, Indiego necesitó abrir una de las cortinas del salón ligeramente: no sabía muy bien porqué pero precisaba que algo de luz exterior entrara a la casa. Esa luz era la muestra de que el mundo seguía afuera y él dentro de su casa, de su particular mundo. En el aire brillaban motas de polvo: parecía que la Vía Láctea se había congregado en el salón de su casa. A Indiego le gustó la comparación, y a partir de esta, empezó a divagar: ¿Y si el sol no era más que una mota de polvo flotando en el Universo? ¿Qué era La Tierra, menos que una mota? ¿Y él o cualquier humano entonces que era?

Nada, casi nada. Fue un instante durante esas divagaciones que entendió la necesidad que muchas veces se tiene de creer en algo más: llámalo Dios o Alá o Energía. Era lógico. Era necesario: si no, los hombres se volverían locos. No es fácil aceptar que no eras apenas nada viviendo sobre otra nada que a su vez gira sobre otra nada que junto a un montón infinito de nadas lo conforman todo. Que lío. Necesitaba respirar. Abrió la ventana y se asomó como queriendo respirar todo el aire de aquella tarde de agosto en Madrid.

Y entonces los vio. Los vecinos del tercer piso del edificio de enfrente, dos jóvenes veinteañeros recién casados, se besaban como posesos en el sofá, que a diferencia de los suyos, sólo parecía un sofá. Debió apartar la mirada, pero le era imposible: una atracción infinita le hacía tener la mirada fija hacia aquella imagen de dos personas besándose con una pasión irrefrenable. Entre su edificio y el de ellos, cipreses apuntaban al cielo.

No pudo evitar sentir por su sangre los caballos de la excitación. No pudo evitar que aquella sangre se congregara en su aún inmadura entrepierna. No pudo evitar desear estar en aquella habitación, con ellos, besándolos. No pudo evitar llevarse su mano derecha hacia la cremallera del pantalón para apretarse. Vértigos sintió en ese instante. Lo volvió a hacer. Y luego otra vez. Y siempre mirando hacia el ventanal del tercer piso del edificio de enfrente, donde el marido ya tenía posadas sus manos en los muslos de la mujer. Y él seguía apretándose el centro del universo que en ese momento estaba en su entrepierna. Cuando de pronto sintió un latigazo indescriptible por el centro de la espalda; su corazón parecía que iba a romperle la caja del pecho para caer en la calle. Los cipreses de la calle apuntaron en ese momento más que nunca al cielo.

Y de pronto fue la mujer quien miró hacia la cuarta planta del edificio de enfrente y vio a un adolescente salidísimo tocándose la entrepierna mientras ella y su marido se besaban y acariciaban en el salón de su casa. ¡Habrase visto! ¿Dónde íbamos a parar? Ni siquiera en su casa podían mostrarse cariño ella y su marido. Con determinación e ira se levantó y cerró las cortinas, no sin antes inocularle con su mirada furibunda la culpa en el interior de Indiego.

La culpa mojaba su pantalón. La culpa era el vértigo que le daba ahora pensar en si los vecinos le venían con las quejas a sus padres. Se estremeció al pensar lo que diría su abuela: ¡qué comportamiento era ése de estar espiando a vecinos y tocándose como un cerdo!

Cerró las cortinas. Ahora deseaba dejar de respirar: si fuera posible. No quería que entrara luz. Ojalá el mundo no siguiera afuera y su casa fuera una nave espacial perdida en el espacio. Pero sabía que no. Afuera los cipreses apuntaban a un cielo que comenzaba a ponerse rosado.

Se duchó con agua caliente con la esperanza de que la culpa y su frío se fueran por el desagüe de la bañera. Después, antes de vestirse, se echó desodorante por ver si la culpa era un insecto y aquel spray era capaz de matarla. Después se vistió con ropa limpia. Metió directamente los pantalones y los calzoncillos en la lavadora para que su madre no viera aquellas manchas húmedas. Pero la culpa seguía allí.

Para evitar volverse loco, sólo vio una salida: irse. Fue a su habitación y cerró la puerta por dentro. No creía haber hecho nada malo, pero allí seguía la culpa royendo y royendo con sus dientes fríos. Parecía que hubiese violado a alguien. Abrió el cajón de la cómoda y sacó dos cápsulas verdes y blancas de Prozac. Tragó una. En seguida la otra. Pero la culpa seguía allí. Por eso cogió aquel disco con la carátula negra: solo una rosa roja rompía aquella negrura. Lo puso en el tocadiscos y se acostó a mirar hacia el techo, donde maquetas de planetas flotaban. Se fijó especialmente en la maqueta que representaba La Tierra. Cuando comenzó a viajar, la culpa ya casi ni se oía.

“viaje 9”  Depeche Mode – Violator (1990).

Mientras Indiego viajaba, en la habitación principal del 3ºC del edificio de enfrente, dos jóvenes veinteañeros se amaban. Y en medio del éxtasis, ella no dejaba de pensar en los ojos y en los labios y en los brazos y en los ojos de aquel adolescente que los había mirado con tanto deseo desde los ventanales del cuarto piso de enfrente. En ese momento clavó sus uñas en la espalda de su amado. Y se sintió terriblemente culpable.

Indiego

Aquella mañana, Indiego creyó despertar. Creyó estar despierto. Creyó levantarse de la cama. Creyó ducharse. Creyó vestirse. Y desayunar luego. Se vio abrir la puerta, coger el ascensor y llegar a la calle. Todo hasta ese momento había sido como todos los días, pero fue justo al salir a la calle que se dio cuenta de que todo había cambiado, de que todo era diferente.

Para empezar, las aceras de la calle no eran grises, ni estaban manchadas de chicles, ni se veían restos de escupitajos ni de meadas de perros. Esa mañana las aceras y toda la calle tenían un color enamorado, sin más. Los cipreses seguían allí, apuntando al cielo. Sin embargo, no eran verdes, sino de un color azul melancólico que contrastaba con el amarillo limón del cielo. Extrañado, Indiego, se miró hacia las manos, y descubrió horrorizado que llevaba guantes de asesino. Colgando a su espalda, en vez de la mochila, llevaba un acordeón, y también descubrió que a pesar de que la mañana estaba fría, él llevaba puestos unos pantaloncitos cortos blancos sumamente ridículos, porque parecían tener tres tallas menos que los que él debía llevar.

La calle parecía desierta. Al final de la misma vio venir a un ciclista vestido de monja. La escena sería graciosa sino fuera por el frío que hacía. Los cipreses azules tampoco ayudaban mucho a dar más calor. Debía seguir caminando para coger el autobús porque si no llegaría tarde a la primera hora, y tocaba matemáticas.

Arrancó a caminar. A poco, miró hacia la tienda de ultramarinos y vio que en vez de Doña Carmen, tras el mostrador había un ser con tres cabezas humanas: una no tenía ojos; otra no tenía orejas; otra no tenía boca; sin embargo, entre todas dibujaban el rostro de Carmencita, la hija de la dueña, que hacía poco había tenido un hijo siendo soltera, lo cual había sido motivo de escándalo entre el vecindario. Pues “eso”, desde lejos y cariñosamente, lo saludó. A Indiego también le pareció ver que, en las estanterías, en vez de latas de salchichas y botellas de lejía, estaban colocadas ordenadamente en filas cabezas de animales: desde donde estaba fue capaz de distinguir la cabeza de un tapir, de un panda rojo y de un okapi. Siguió caminando cada vez más extrañado.

Se fijó mejor en las aves que correteaban por la calle: ¡no eran palomas, eran albatros! Grandes, majestuosos, de pasos torpes, blanquísimos. En ese momento, a su lado pasó un señor que se parecía tanto a Leonard Cohen que era Leonard Cohen; lo saludó elegantemente y siguió su paso. Colgando a su espalda llevaba un crucifijo con un Cristo sonriente.

Indiego no sabía qué hacer ni qué decir. Tampoco había nadie que le prestara a él mucha atención, y todo era tan extraño que parecía normal, todo era tan anormal que todo parecía absolutamente convencional.

Siguió con su caminar hasta llegar al final de la calle; en cuanto se abrió el panorama de la avenida, confirmó definitivamente que allí estaba pasando algo: donde debían estar los edificios del otro lado, había un bosque extrañísimo que parecía sacado de un cuento de los hermanos Grimm. Por la avenida no pasaban coches, ni autobuses. Animales parecidos a elefantes tiraban de carros hechos de metal. Por las aceras de la avenida paseaban personas lo cual dotaba a todo el paisaje de algo de cotidianeidad que lo tranquilizó un poco; fue solo un instante porque a medida que esos peatones pasaban a su lado se dio cuenta de tres detalles: todos tenían su rostro, a todos les faltaba alguna parte del cuerpo, y todos parecían tristísimos.

Espantado corrió de nuevo hacia su casa: esta mañana no debió salir, no debió despertarse. Su madre ya le había avisado la noche anterior que con aquella fiebre no debía ir al instituto; sólo debía guardar reposo. Pero él, no, erre que erre, tenía que ir al instituto. Había hecho los ejercicios de matemáticas y los resultados estaban bien: hombre = 5; diablo = 6; dios = 7.  Se los había copiado de Paloma, la más lista de la clase.

De regreso a su casa volvió a ver cosas extrañísimas. Una mujer paseaba a su jirafa enana que debía tener el tamaño de un chiguagua. En la frutería vendían cosas secas: estrellas de mar, máquinas de escribir, papeles viejos para escribir cartas de amor, flores de hacía tres años… En la pescadería vio como dentro de la caja de sardinas dormía serenamente un bebe rubio y blanco; en la caja de los cangrejos, una niña también intentaba descansar, pero de vez en cuando se quejaba por los pellizcos de los crustáceos. Normal, a quién se le ocurre poner a dormir a un bebe en una caja de cangrejos…  Pero bueno, aquello tampoco era asunto suyo: tenía que llegar a casa.

El camino de vuelta hacia su casa se le hizo eterno: ya estaba muy cansado, tenía la lengua seca, y un frío terrible le subía por la piernas. No iba a llegar. No iba a llegar. Sintió que las fuerzas le fallaban. Estaba desfallecido. Ahora lo entendía todo: estaba muerto y esto no era más que el comienzo de su nueva vida (sonrió al darse cuenta de lo estúpida que sonaba esta ocurrencia). Pero sintió que se desmayaba: cayó al suelo, que estaba tan limpio como una sábana, y en su caída, despertó.

Cuando abrió los ojos notó como su cama estaba empapada por su sudor; su frente estaba perlada. Todo el cuerpo le dolía, pero era un dolor extraño: parecía que sentía el dolor de otra persona. Sobre su cabeza colgaban ingrávidas las maquetas de los planetas. Respiró profundo: se dio cuenta que todo había sido un sueño delirante provocado por la fiebre. Había dormido toda la noche, pero se sentía terriblemente cansado. Sólo le apetecía estar acostado. Y escuchar música: todo aquello que había soñado se le parecía mucho a las canciones.

Como pudo se levantó hacia el estante de los cedés. Rebuscó un poco y allí estaba el que buscaba: un mono disecado con aureola de santo aparecía en la portada. Como pudo volvió a la cama. En la mesilla estaba el discman. Todavía tenía fiebre. Colocó el disco en el interior del aparato, se colocó los auriculares, cerró los ojos, y a tientas pulsó el play. Una ola grave y gris de bajo se levantó repentina en sus oídos, en su cabeza. Y empezó a ver cosas, como en una película.

“viaje 10”  Pixies – Doolittle (1989).

Aquel mediodía, Indiego creyó regresar de un viaje de los suyos. Creyó estar bien, ya recuperado del estado febril por el que había pasado esa misma mañana. Creyó estar en su habitación. Seguía cansado, muy cansado. No había nadie en casa, así que aún podía dormir un rato más. En la calle, los cipreses azules apuntaban al cielo amarillo limón. Dentro de la tienda de ultramarinos, un ser extrañísimo sacaba las cuentas de lo ganado durante la mañana vendiendo cabezas disecadas. Hacía calor, mucho calor. Por eso los albatros se había refugiado en la sombra de los soportales. Todo parecía muy normal mientras Indiego dormía.

Indiego

Mientras se pintaba los labios se sintió mejor que nunca: el sabor a carmín tenía ese efecto sobre él. Le hacía sentirse vivo, más salvaje. En el espejo se iba transmutando en otra persona más libre; conforme apretaba los labios para que se fijara bien el lápiz labial, una estúpida e irracional felicidad iba extendiéndose por sus adentros. También ayudaba el humo del porro que lento se levantaba desde el cenicero donde lo ponía a descansar entre calada y calada.

La habitación del piso de estudiantes era pequeña. Apenas cabía una cama estrecha, una mesilla, un armario de una sola puerta con espejo y un escritorio. Si no fuera por los pósters de David Bowie, Nirvana y The Doors, y la caja de preservativos que descansaba sobre la mesilla, el cuarto parecería más la celda de un monasterio. Los pósters servían para ocultar los desconchones de las paredes; los preservativos para lo que sirven los preservativos cuando dos cuerpos (o más) buscan olvido.

Viernes por la noche. La ciudad también se pinta los labios y se viste de mujer. Los neones comienzan a palpitar como corazones de luces imposibles. Las pitadas, los ruidos de motor, los gritos y risas de grupos de jóvenes mientras pasan por las calles rumbo a los bares del centro van dibujando el paisaje de la ciudad los fines de semana.

21 años es la edad perfecta para pintarse los labios, para salir de bares, para beber, para reír, para buscar olvido con otros cuerpos. También es la edad idónea para estar haciendo una carrera al ralentí, y más si es Bellas Artes: el arte está más en la calle y en las vivencias, que en las aulas. 21 años es la edad perfecta para cometer algún que otro exceso en exceso. 21 años es la edad perfecta para ser infeliz y poder filosofar al respecto mientras fumas porros con otros infelices, y acto seguido besar frívolamente unos labios pintados de carmín.

21 años es la edad perfecta para vivir en junio de 1998 en un piso de estudiantes: todavía quedan prácticamente dos años para que se acabe el milenio, y a lo mejor, el mundo. España va bien. Se juega el Mundial de Fútbol de Francia. Esa tarde, mientras Indiego repasaba en su cuarto las fotografías que había sacado para el trabajo de fin de curso (le había dado por explorar las cosas tristes que dejan las fiestas: ceniceros con colillas, vasos con yertos fondos de cubatas olvidados, botellas de cervezas vacías, cabezas de estudiantes dormitando borrachos en sofás…), su dos compañeros de piso y unos amigos gritaban viendo un partido en el salón. Los había saludado a todos y no había podido evitar fijarse en aquellas piernas desnudas de hombre. Le hubiera gustado hacer una sesión fotográfica con aquellas piernas, pero seguro que aquellos salvajes lo habrían malinterpretado. Mariquita. Y encima se pintaba los labios.

Por eso volvió al cuarto y se pasó la tarde escogiendo las fotos. Y así hasta que se hizo de noche, y la ciudad transmutó. Y se pintó los labios.

Iba a salir esta noche. Saludar a la gente en el bar. Hablar, beber, meterse algo. Intentar besarse con alguien, y si después surgía algo más, pues perfecto. 21 años es la edad perfecta para transformase cada día, a cada instante.

En su pequeña habitación también cabía un pequeño radiocasete que tenía un compartimento para cedés. Mientras se pintaba los labios y se sentía mejor que nunca le apeteció escuchar aquel disco; antes le echó otra calada profunda a aquel porro. Abrió la caja del cedé y lo colocó en la boca mecánica del aparato. Mejor que nunca, mejor que nunca. 21 años, los labios pintados, la música.

“viaje 11”  Lou Reed – Transformer (1972).

Cuando aterrizó de su viaje y abrió los ojos, estaba recostado boca abajo en la cama. Se levantó. En el espejo vio como la pintura de sus labios se había extendido hacia sus carrillos, hacia el bigote, hacia la barbilla. Donde antes había una perfecta mariposa labial, ahora había una mancha que transformaba su cara en una careta patética. 21 años. Mejor que nunca. Tal vez no todo estaba tan bien. Dudó por un instante. Luego, fue al baño y se lavó la cara quitándose la pintura rosácea del carmín. Cuando regresó a su habitación, abrió su neceser y sacó otra barra de labios. Pulso de nuevo el play y se pintó. Esa noche iba a salir. En el espejo, una mariposa negra se posó sobre sus labios.

Indiego

Son las cinco de la mañana de un sábado de junio. Un muchacho travestido camina desganado por las callejas estrechas del centro de la ciudad. Vestido de negro, con los labios pintados de negro, con su pelo teñido de negro, las uñas cubiertas por esmalte negro. Parece ir sin rumbo, pero es más por su andar aturdido, porque va camino a su piso de estudiantes. Parece ir sin rumbo, pero ha emprendido el camino hacia el único lugar donde puede olvidar: su pequeño cuarto, el refugio donde es él y nadie más, donde se puede quitar todas las máscaras, los maquillajes, las prendas, los disfraces bajo los que se oculta. Quedar desnudo.

Hacía una hora estaba durmiendo desnudo sobre una cama enorme, pero lo despertó el frío (la culpa siempre es fría como si estuviera hecha de metal). A pesar de que era verano, lo despertó el frío. A pesar de que la suavidad de las sábanas aún guardaba el calor del deseo, lo despertó el frío. A pesar de estar durmiendo entre dos cuerpos, lo despertó el frío. Indiego se despertó en medio de la peor de las resacas de su vida. Su cuerpo no obedecía a sus órdenes. Intentó abrir los ojos, pero dos punzadas terribles quisieron atravesarle los sesos. Su boca apestaba a alcohol y a culpa.

Dos horas antes bebía sin arrepentimiento en la barra de aquel bar. En las columnas se escuchaba la voz elegante de una mujer que lamentaba amar como había amado; los instrumentos de viento que la acompañaban le daban la razón. Indiego bebía ginebra y dejaba rastros negros de carmín en la boca del vaso. Entonces se le acercó aquel hombre, le sonrió mientras se pedía una copa. Le preguntó si lo invitaba a algo. Otra ginebra. Le preguntó el nombre, le dijo el suyo. ¿Vienes mucho por aquí?, es la primera vez que te veo, ¿y qué estudias?, seguro que haces buenas fotos con esos ojos tan grandes. Hacía calor a pesar del hielo de la ginebra. Entonces llegó ella. Te presento a Mónica. Ojos grandes, cuerpo esbelto, pelo castaño. Dos besos. Y al cabo de una hora, en la habitación de un apartamento lujoso muchos más. Besos de él, besos de ella, bocas, manos, deseo, aliento a alcohol y a deseo. Entre dos cuerpos para no poder escapar.  Sus diez uñas pintadas de negro sobre la blanca piel de ella se veían a pesar de la penumbra de aquella habitación. Las manos fuertes de aquel hombre en su espalda ponían límites al sinsentido.

A las cinco y media llegó a su casa. Le dolía el cuerpo, pero también otra cosa.

Se duchó procurando no despertar a ninguno de sus compañeros de piso. Creyó llorar debajo de las gotas que salían del teléfono de la ducha. Luego se secó con parsimonia. La resaca había desaparecido, sin embargo la amargura seguía en su boca. Se lavó los dientes; luego embuchó aquel colutorio de color verde y se enjuagó durante cinco minutos. Tras escupirlo se miró al espejo. Todavía en sus labios se adivinaba la pintura negra; en los bordes de sus ojos todavía se adivinaba el rímel negro.

Fue a su habitación y cerró la puerta. Rescató del cajón su discman, y de la pila de cedés rescató aquel de carátula azul donde la fotografía de una mujer agónica aparecía. Se fijó mejor: aquella mujer tenía la mirada perdida y una mancha de sangre le caía por la mejilla; había sido maltratada. Quizás en el momento de sacarle la fotografía ya era un cadáver. Seguro que haces buenas fotos con esos ojos tan grandes.

Abrió el cedé y lo colocó dentro de la boca del discman. Comprobó que éste tenía baterías. Luego cerró la puerta por dentro. Rebuscó en su cajita de madera y allí estaban las pastillas de nuevo: se las tragó sin agua. Luego se acostó desnudo sobre la cama, se puso los auriculares y pulsó el play. Tras el silbido que produjo el cedé en sus vueltas, un bajo a modo de latido comenzó a sonar. Ya no le dolía el cuerpo, pero sí sentía dolor. Quedó desnudo sobre la cama a pesar del frío. Desnudo.

“viaje 12”  Portishead – Dummy (1994).

Falta un cuarto de hora para que se hagan las ocho de la mañana. Después de escuchar el disco en dos ocasiones, Indiego se incorpora. Sigue desnudo. No ha conseguido dormir. Pero ha viajado a sitios de su alma que desconocía que existían. Ya no le duele el cuerpo, pero tampoco siente ningún dolor. Se mira en el espejo. Sonríe. Vuelve a resaltar con rímel el contorno de sus ojos (Seguro que haces buenas fotos con esos ojos tan grandes). Se pinta los labios de negro. Sonríe. Ahora carga la mochila de su cámara, abre la puerta de su habitación. Está desnudo. Y abre la puerta del piso de estudiante, donde todos duermen. Y desnudo sube a la azotea del edificio. Dos minutos después sonríe mientras dispara su cámara haciéndose autorretratos. Desnudo.

Indiego

Cuando abrió la desvencijada puerta de la casilla de su buzón reconoció su perfume, y una desazón se le agarró del pecho. Allí estaba aquel sobre azul celeste, en el que la letra de Cristina se reconocía inconfundible. Cristina…

Se conocieron el segundo año que Indiego pasaba por la Universidad. Enero, gris y frío, había que pasarlo estudiando en las salas y bibliotecas disponibles. Indiego desde el principio prefirió salir de la biblioteca de su facultad y conocer otros ambientes, y en aquel enero había optado por ir a la Facultad de Física. Y fue allí que la vio: rubia, pequeña, frágil, muy blanca de piel, pero con unos ojos verdes que hacían crecer selvas y bosques a donde miraran. En seguida llamó su atención: no es que fuera muy guapa, o que destacara entre las demás personas que habitaban aquella sala, pero sus ojos y su forma de mirar atrajeron a Indiego desde el primer momento. Por eso, desde el segundo día se sentó frente a ella, para mirarla mientras hacía que estudiaba. Y así, entre miradas, sonrisas y rubores, a los cuatro días se presentaron fuera de la sala adonde habían salido a fumar. Después fue todo muy rápido y muy raro.

Ni qué decir tiene que la convocatoria de ese febrero fue un absoluto desastre para ambos, pero Indiego vivió la época más feliz de su vida. Se querían, y por eso reían por nada, reñían por todo, juntos a cada rato, uno con el otro como si el mundo se fuera a acabar al día siguiente. Y al día siguiente, más y mejor. Ir a conciertos, a exposiciones, al teatro, al cine, de copas por ahí. Amarse, simplemente.

A Cristina le gustaba mucho la poesía (por eso, decía ella, estudiaba física), y le iba poniendo títulos extrañísimos a las obras que Indiego hacía: “Mariposa con querencia de ser tiniebla” tituló a un cuadro con una mancha negra; “El café amargo que no pudo tomarse nunca Lenin“, tituló a una fotografía con la que Indiego ganó un concurso en una cafetería que promovía las obras de los estudiantes de Bellas Artes. Cristina…

En cuanto llegó al cuarto abrió la carta con prisa. Antes de leerla, aspiró fuerte el tenue perfume que se percibía aún en el papel. Cristina…

Y todo fue bien hasta finales de mayo. De pronto a Cristina se le puso un velo de tristeza y cansancio en sus ojos, y ya no crecían selvas con cada mirada suya. Se cansaba por nada, se malhumoraba a menudo, lloraba por cualquier cosa, reñía a todo ser u objeto por existir, refunfuñaba hasta en sueños. Indiego creyó que sería algo pasajero, pero fue a más, a tanto que a los exámenes de junio, ya Cristina no pudo presentarse a ninguno.

Fueron a los médicos. Creyeron que era un depresión, pero no. Los sucesivos tratamientos no funcionaron. Ni el amor de Indiego bastaba. Siguieron haciéndole mil pruebas, hasta que le detectaron una malformación congénita en el corazón. Sí, aquel precioso corazón que era capaz de amarlo hasta la extenuación estaba malformado, y eso iba a provocar que Cristina no pudiera desarrollar su vida como estaba haciéndolo. Para empezar se volvía a su casa, con su familia, a aquella pequeña ciudad del centro norte de España.

A Indiego esto lo superaba. Por una vez en la vida había encontrado a alguien capaz de hacerlo sentir vivo sin llevarlo a situaciones escabrosas ni de riesgo, no. Cristina era capaz de hacerle sentir vivo con una mirada, con un gesto, con una caricia, y que nada más importara, sólo ellos. Y ahora, la vida, tan perra, los hacía separarse. Malformación congénita… ¡la suya!: la mala suerte de nuevo.

Por eso se separaron sin casi decirse adiós, no podían, era demasiado dolor. Él le regaló una fotografía en blanco y negro en la que se veía una cama abierta como invitando a quien la viera a acostarse; la tituló “Para que vuelvas“. Ella le dejó una carta y un cedé. La carta la releyó mil veces (… nunca he sido más feliz… y si no me recupero, miraré a estos meses para recordar y volver… esto no es un adiós ni un hastaluego, es un gracias por habernos encontrado…), y bien es cierto que en esas mil veces lloró como un niño sin consuelo. El cedé sólo lo escuchó una vez. Esa vez que lo escuchó no le gusto mucho: era melancólico; además estaba cantado en español, y no le llamó demasiado la atención (o no quiso que se la llamara).

“… Ya creo que es hora que me respondas a las cartas que te envío. Sé que duele, pero ni tú ni yo tuvimos la culpa. Por mi parte has de saber que aún creo estar viviendo en aquellos meses, contigo, siempre contigo. Te quiere mucho, Cristina.” Indiego tenía los ojos bañados en lágrimas cuando terminó de leer. Suspiró tres veces. Luego se levantó y fue hacia el baño.

Se lavó los ojos y volvió hacia su habitación. Rebuscó entre los cedés y allí estaba el que ella le regaló, azul, olvidado. Lo abrió y lo introdujo en la boca del discman. Luego fue hacia el botiquín de mano y sacó una pastilla: se la tragó con un poco de agua. Volvió a suspirar. Se puso los auriculares y pulsó al play. Sutiles programaciones comenzaron a sonar; luego unas guitarras jubilosamente melancólicas. Cristina…

“viaje 13”  Family – Un soplo en el corazón  (1993).

Cuando Indiego regresó del viaje, su habitación olía a añoranza, y la luz melancólica y azul de la tarde le daba a todos los objetos un halo mágico, como si no fueran de verdad. Indiego se sentía feliz e infeliz a partes iguales. Se levantó de la cama y fue hacia el escritorio. Abrió el tercer cajón, y de allí extrajo una lata. La abrió, y allí estaban más de mil fotografías: una por cada día que no había podido estar con Cristina. En el envés de cada foto, la misma frase con la misma tachadura: “Yo (tambiénsolo te quiero”. Mañana iría a Correos y se las enviaría a ella, a Cristina. “Yo solo te quiero”. No servía para otra cosa.

Indiego

Resultaba cansado estar cansado de estar cansado. Resultaba triste estar triste por ser triste. Resultaba frustrante crear sin creer en lo creado. Indiego llevaba cerca de un mes preparando su primera exposición más o menos seria, pero no conseguía poner sentido ni orden a todas sus fotografías.

¿Qué era lo que subyacía en todas ellas? ¿Cuánto de él había en aquellos papeles donde figuras concretas aparecían? ¿Eso lo había creado él o él sólo era una especie de médium que apretaba el botón cuando el encuadre era el idóneo? ¿Y quién determinaba que ese era el encuadre y no otro? ¿Era él? ¿Eran las musas? ¿Había un espíritu de la creatividad que lo poseía? ¿Creaba sin razón ni razonamiento?

Hasta ese momento, él no se había preocupado de dotar de sentido a sus fotografías. Él sólo observaba, y disparaba cuando creía que una escena, un objeto, un ente, merecían una eternidad rectangular. ¿Pero sólo era eso? No sabía cómo explicarlo ni cómo expresarlo, pero en cada fotografía que había sacado estaba su mirada. Por mucho que la fotografía de una mano abierta, o de una cama abierta, o de una mujer leyendo un libro en un banco en una rambla a la sombra de los plátanos, o de una flor marchita, sólo fuera una fotografía (y por lo tanto, cualquier persona con el mismo equipamiento podría haberlas hecho), era su fotografía. En cada una de las fotografías que había disparado y revelado estaba su mirada, su dedo, su saliva, sus traumas, sus heridas, sus alegrías… pero ¿qué fotos eran las que encerraban su “su”? ¿cómo titularlas? ¿cómo escogerlas? ¿cómo ordenarlas?

¿Realmente era un artista? Saber la verdad lo paralizaba. Tal vez su forma de ver las cosas no fuera arte, sino una enfermedad mental. Quizá sólo era un mediocre con ínfulas de artista, un rarito que por no saber hacer nada se había inclinado a eso del arte -si es que la fotografía podía ser un arte (cosa que aquel profesor que impartía “Teoría e historia del arte” negaba en rotundo)-.

Ni siquiera tenía a Cristina cerca: ¡estaba tan lejos! Ella sí sabría cómo poner sentido a todo. Seguro que sabría poner títulos ocurrentes y acertados a todo aquel barullo de fotografías, todas tan diversas pero a la vez tan iguales, que desparramadas buscaban orden en su pequeña habitación. Seguro que ella dotaría de arte a aquella colección de fotografías.

¿Cuáles escoger? ¿Por qué unas y no otras?

Debería haber espacios kilométricos a disposición de los cobardes que no se atreven a elegir entre las cosas que hacen. O no, mejor debería haber alguien que a esos cobardes les dijera: Tú no vales para crear. ¡Qué felicidad tendría el operario que revisa la calidad de los tornillos! ¡O quien cultiva algas en los mares del Japón! ¡O quien le pone las tapas a los botes de encurtidos! Un trabajo mecánico, donde no importa ni crear ni creer, sólo ser.

Le había consultado a sus compañeros de piso. Martín, que estaba ya en tercero de química, lo miró desde sus ojos verdes con una extrañeza infinita, con una incomprensión explicable porque Indiego lo había interrogado sobre “su arte” en el tiempo en que estaban dando un partido de fútbol por la televisión.

Ricardo, que estaba en segundo de una Ingeniería, tampoco le dedicó mucho tiempo a su asunto. Al menos, sí se atrevió a escoger dos fotografías de las muchas que Indiego le había mostrado. Una era la vista de un polígono industrial sacada desde un coche: en ella había una hangar con la puerta abierta y dentro de la edificación se adivinaban personas o sombras de personas; en la parte superior de la fotografía aparecía el espejo retrovisor del coche, y en el reflejo de ese espejo sólo aparecían más y más hangares. La otra era una vista de una barriada de las muchas que rodeaban la ciudad: balcones insulsos, algunos con cristaleras y otros con ropa tendida, coches de baja gama aparcados, antenas, farolas… “Me gustan éstas. Mucho. Son tristes. No hay personas, porque no se ven, pero sí hay personas: están ahí. Parece que sólo son fotos, pero en ésta me imagino el aburrimiento de los obreros para que se haga la hora de salir; y en ésta, la cantidad de voces, gritos y de sonidos de televisores que deben oírse desde donde sacaste la fotografía, y cuántas alegrías y cuántas penas debe haber detrás de cada balcón, dentro de cada casa. De todas maneras no me hagas mucho caso, que yo estudio para ser un ingeniero frío e insensible.” Luego sonrió. Indiego también sonrió (y también sintió el aleteo de un insecto dañino en la cruz del pecho).

Las palabras de Ricardo se le quedaron dentro rebotando en los huesos del cráneo el resto de la tarde. “Tristes. Sólo son fotos. No hay personas. Sí hay personas. Alegrías. Penas. Frío e insensible.” Cuando se acostó, todavía aquellas palabras seguían revoltosas como aves malignas en su cabeza. Iban y venían, graznaban, picaban. No podía dormir: necesitaba una pastilla. “No hay personas. Sí hay personas. ” No sabía porqué pero aquellas palabras le recordaban a un disco. Sonrió.

Rebuscó en el montón desordenado en el que se había convertido su colección de discos. Allí estaba: en la portada primaba el blanco con algo de azul, frío, triste. Lo sacó de la carcasa y lo metió en su discman. Se puso los auriculares y se tragó la pastilla con un poco de agua. “ No hay personas. Sí hay personas. Alegrías. Penas. Frío e insensible.” Las palabras seguían revoloteando cuando sonaron los primeros acordes de una guitarra angustiada. Todo empezaba a tener un sentido.

“viaje 14”  Radiohead – OK Computer  (1997).

A la semana siguiente, en una revista especializada en arte aparecía una pequeña reseña sobre una exposición en la Galería SinMoldes. En la reseña se destacaba “la mirada fría, impersonal y casi inhumana que se muestra sobre estampas angustiosamente cotidianas, en las que el ser humano no está, pero se le adivina, escondido, frágil, temeroso de sí mismo. El título de la exposición es «Con otros ojos, el tiempo suficiente existir»”. Indiego cogió unas tijeras y recortó cuidadosamente la revista justo por donde estaba la reseña. Al irla a colocar en el tablón de su habitación, se pinchó el dedo con una chincheta. A pesar del punzante dolor, sonrió. Una pequeña gota de sangre se colocó para siempre en el trozo de papel cortado.

Indiego

Cuando cumplió 18 años (lo celebró a las 12:00 de la noche del seis al siete de julio de 1995), lo primero que hizo Indiego fue esnifar coca en el cuarto de baño de aquel garito inmundo al que últimamente iba con Josito los viernes, los sábados y otros días de guardar. Aquel servicio apestaba a orina y a borracheras de siglos; un halo amarilllento cubría los azulejos que alguna vez fueron blancos. De aquí y allá brotaban frases absurdas escritas con rotuladores.

Ya iba siendo hora de meterse una buena raya. El amargor en la garganta fue lo primero que sintió, después fue todo puro vértigo.

La música muy alta, rompiendo. Primero los besos con Margarita, una muchacha con la que llevaba un mes tonteando, y a la que terminaría dejando tirada en un campamento en Segovia dos meses después. Luego los besos a escondidas en el baño con Josito; ya hacía tres meses que venían haciéndose cosillas mutuamente: algún beso, algún restregón, tocamientos sobre las ropas. No iban mucho más allá, pero tampoco les hacía falta: cada uno conseguía por su parte alguna muchacha con la que desfogarse de vez en cuando. Sin embargo lo de ellos era amistad; casi hermandad. Desde 2º de BUP iban juntos a todas partes: a clases, cuando se fugaban de las clases para ir de tiendas al centro, al cine para ver películas raras, a los bancos del parque a fumar porros y filosofar… así que al final fue normal que un día vieran una porno juntos, y que otro día se vieran desnudos, y que otro en el que iban hasta el culo de alcohol y marihuana se acostaran juntos y amanecieran abrazados, y otro en el que…

Esa noche en la que estaba cumpliendo 18 años se estaban besando de nuevo; eran besos sin amor ni pasión, pero eran besos, besos de amigos, de hermanos… luego se esnifaron otra raya.

Aquel mediodía de septiembre de 1998, supo que pasaba algo cuando al abrir el enorme portón del portal del edificio, Don José, el portero, le dijo que había llamado su madre, que por favor la llamara a Madrid cuando pudiera. Salió enseguida a la cabina de la esquina. En aquel momento estaba ocupada por una señora gorda que hablaba con alguien de lo que había hecho hoy de comer. La doña ocupó la cabina durante más de veinte minutos. Cuando Indiego cogió el teléfono pudo sentir el calor húmedo que aquella ballena había dejado impregnado en el auricular. Marcó el teléfono de la casa. Contestó su madre. Dos minutos después un terrible grito, mitigado por el ruido incesante del tráfico de aquella calle, salió de su garganta. Josito, Josito, Josito… un accidente. Iba en moto. Iba bebido.

Llegó llorando al piso de estudiantes y con ganas de vomitar o de morir. El piso, a aquella hora, estaba vacío, como él ahora. Josito. Iba muy rápido. Iba bebido. En moto. A Indiego la cabeza le iba a estallar. ¿Cómo podía ser?

Lo había visto de nuevo en verano cuando volvió a Madrid. Estaba algo cambiado, pero seguía luciendo aquella sonrisa tan franca y transparente, sin dobleces. Tenía una novia feúcha pero se le veía feliz. Por supuesto seguía bebiendo y drogándose: – Si no, ¿qué nos queda, maricón? ¿Morirnos?, jajajajaja. Esa misma noche habían salido por ahí. Aquel garito ya había cerrado (al dueño lo habían pillado con algo gordo), pero Josito había descubierto otro adonde se acercaban todos los cutres y raros de la ciudad. Volvieron a ir juntos al baño a zumbarse unas rayas. Esa noche no se besaron: ya no eran tan hermanos.

Sentado en la cama de su pequeño cuarto de estudiante estaba llorando. Josito. Iba rápido. Iba bebido. En moto. Sin casco. Esa noche no se besaron, a pesar de que eran hermanos para siempre.

De pronto un ansia quemante le hizo incorporarse y salir disparado hacia el tercer cajón de la maltrecha mesilla. Ayer mismo había comprado una caja de pastillas. Se tomó dos, las necesitaba. Se las tomó sin agua. Después fue a la pila de discos y encontró aquel que Josito le descubrió detrás del instituto compartiendo auriculares y fumando porros: en la carátula dos niñas se abrazaban felices, como hermanas. Sacó el CD de su interior y lo metió en la boca para cedés del cassete. Pulsó el play y subió la rueda del volumen al máximo. El redoble de una batería lo llenó todo, luego una guitarras desgarradoras empezaron a sonar con fuerza. Iba muy rápido, se dijo, y empezó a viajar.

“viaje 15”  Smashing Pumpkins – Siamese Dream  (1993).

Iba muy rápido, Josito siempre tuvo prisa por llegar a algún sitio. Indiego abrió la lata donde guardaba las fotos y buscó una donde, en primer plano, Josito sonreía con su cara de porrero eterno; los ojos achinados, una sonrisa entre bobalicona y perversa. Iba muy rápido. Indiego volvió a llorar y sintió cómo de pronto y de golpe empezaba a entender eso que la gente llama madurez. Madurez iba a ser sentir miedo por todo y disimularlo. Ahora que estaba solo y todavía un poco aturdido por el viaje no quiso disimular. Y se puso a llorar como un niño mientras besaba la foto de Josito.

Indiego

El lunes 10 de julio de 1995, Indiego cogió el vuelo Madrid-Ibiza, con la ilusión de pasar dos meses y medio fuera de casa, lejos de sus padres y sus cada vez más frecuentes discusiones, y por fin, más cerca de él. Lo único malo era que no iba de viaje de placer: iba a trabajar. Trabajar seis días a la semana, de lunes a sábado y libraría los domingos. Un mes de prueba, dos y medio de contrato.

La cosa en la tienda de discos no iba todo lo bien que era deseable, y para poder cursar fuera de casa el primer año de Bellas Artes necesitaba ganar y ahorrar algo de dinero. Su padre le había conseguido un trabajo de barman, a través de unos amigos ingleses, en un pub en Sant Antoni de Portmany. Allí miles de ingleses y de inglesas pasaban sus vacaciones de verano bebiendo y bebiendo sin importar nada más. Y hasta allí se plantó Indiego.

Ibiza en verano es un pecho de mujer, unos labios de hombre, unas rayas blancas como las casas bajo la luz del sol, discotecas, muslos, playas, hedonismo, pinos, gente guapa, muy guapa, aguas turquesas, gente frívola, yates, mala gente, lujo, buena gente, besos, éxtasis, puestas de sol y amaneceres. También hay más cosas, pero no importa.

Durante los cerca de tres meses que pasó allí, Indiego probó todo y más. Comida basura, drogas, alcohol y hasta un suero la noche que le dio un cólico intestinal. Se acostó con mujeres de más de treinta años que entre borracheras y tristezas apuraban sus últimos veranos como reinas de las noches; y con hombres maduros que lo mismo les daba pasar la noche con muchachas que con muchachos; y con chicas borrachas que buscaban en otros cuerpos los límites de los suyos; y con chicos rubios que, disimuladamente y fuera de la vista de sus amigos, encontraban lo que eran en el cuarto de Indiego.

Durante todo ese tiempo, se acostaba a las siete de la mañana, entraba a trabajar a las cinco de la tarde, y a la salida del trabajo, música, placer, caricias y pastillas, hasta que de nuevo el sol encontraba sus ojos camino de su cama, casi siempre acompañado.

Y sin embargo, durante esos dos meses y medio, Indiego se sintió más solo que nunca. Extrañaba a su madre, a su padre, a Josito, a Mandy, a los abuelos, a su calle, a la vieja fisgona del segundo derecha, a la pareja de casados del edificio de enfrente que le descubrieron, hacía ya cuatro años, la madurez de su sexo, al perro caniche de los vecinos del ático. Rara era la tarde, tras las dos primeras semanas en Ibiza, que Indiego no se pasara las horas antes de ir al trabajo escuchando música y mirando al techo; echaba de menos su habitación, sus discos, los planetas que flotaban sobre su cama, sus viajes…

Fue por eso, que en aquel domingo, era el 20 de agosto, en vez de salir a la avenida a ver la puesta de sol entre cervezas y labios, decidió quedarse en aquella habitación del apartamento que compartía con una chica que venía de Valencia -se llamaba Eva- y con un muchacho gaditano que venía todos los veranos y que se llamaba Ramón. Se había traído sus discos favoritos, los que le hacían encontrarse consigo mismo, pero desde su llegada no había podido (o no había querido) viajar con alguno de ellos: el ambiente hasta ese momento lo había superado. Y a pesar de todo lo que había probado y vivido en esas semanas no había podido quitarse ese velo gris de su forma de ver las cosas.

Aquella tarde le apetecía evadirse, viajar. Afuera un calor agobiante seguro que estaba ocasionando alguna quemadura en las pieles blanquísimas de extranjeras borrachas. Él se quedaría en su habitación.

Rebuscó en los discos y encontró el que buscaba. Esa portada fucsia y violeta, esa figura de colores imposibles en el medio. Se tomó una pastilla. Abrió la carátula y sacó el cedé. Lo colocó en su discman y pulsó el play. Una música electrónica llenó sus oídos. Música de discoteca para su cabeza. Pero detrás de aquellos acordes tan frívolos, también podía percibirse algo oscuro, muy oscuro. Sólo hacía falta fijarse bien, y en eso a Indiego no le ganaba nadie.

“viaje 16”  New Order – Technique  (1989).

Cuando regresó de su viaje pasó un rato acostado en la cama. Al rato, recordó aquella frase de San Agustín que había leído en uno de los rancios libros de sus abuelos: “Dios lo que más odia después del pecado es la tristeza, porque nos predispone al pecado.” Sonrió mientras se dirigía hacia la ducha. Esa noche iba a salir. Y todas las demás mientras estuviera en Ibiza. Él era triste. Quizá ahí radicaba la explicación del gusto que parecía tener por lo prohibido, por el pecado. En las semanas que le quedaban en Ibiza iba a hacer rabiar a Dios.

Indiego

Mientras aquellos labios lo besaban, Indiego no hacía otra cosa que pensar en sí mismo. Londres en diciembre es triste y frío como un día en que muriera todo lo que uno ama, pero Indiego besaba aquellos labios como si el día después no fuera a existir. El deseo y la desesperación se parecen bastante al principio.

Paul se parecía mucho a Indiego. Era de su misma edad. Tenía prácticamente la misma altura. Los ojos de ambos eran grandes y oscuros, como una noche de diciembre en Londres. Los labios carnosos. Lo poco que los diferenciaba era el pelo; el de Indiego, lacio y oscuro; el de Paul, de color castaño claro y rizado como un lío.

Líos. La vida de Indiego era un lío, una cuerda que se había enredado en sí misma, un hilo frágil que se había hecho una maraña llena de nudos. Y aquellos labios lo besaban como si fuera a acabarse el mundo. Y él, desesperado, respondía con deseo a aquellos embates con nuevos ataques de piel y saliva. Al lado de estos besos, los que se daba en verano con Carlota eran de papel o de hierba seca.

Paul era el primo de su prima Mandy (dicho así, Mandy era un nudo). Lo conoció tres días antes en el aeropuerto, adonde fueron a buscarlo su prima y sus tíos. Y desde entonces notó que frente a él había aparecido su reflejo distinto. Era como él y no se le parecía. Eran casi idénticos pero eran diferentes. Quizá por eso se gustaron. Tal vez por eso, en la presentación, en vez de estrecharse la mano se abrazaron, y ambos sintieron cómo caballos resentidos empezaban a trotar en sus cajas torácicas. –Os vais a quedar juntos en la habitación de invitados, así que debéis llevaros bien. De todas formas, sólo os vais a ver en las resacas, porque en estos días sólo va a haber ¡fiesta!-. Oh, Mandy. Cuánta razón tenía y qué equivocada estaba. Desde entonces el tiempo era más corto que unas uñas, iba más veloz que unas manos. Y de ahí al primer beso, sólo pasó un día y medio, y tras el primer beso, fue el segundo, y después el tercero. Hubo culpa, pero fue vencido por el deseo. Hubo cariño, pero fue vencido por la desesperación. Detrás de la puerta del cuarto de invitados, y con cuidado de no despertar a todos con ruidos, ambos sintieron al juntarse que parecían dos espejos distintos acariciándose, dos reflejos diferentes en el acto impúdico de buscarse en el otro, dos Narcisos ahogándose en los ríos que eran y no eran.

Volver a Madrid un lunes de diciembre puede ser un acto cualquiera, pero Indiego sabía que en su caso no iba a ser así. Todo tiene sus consecuencias. Ya había abierto puertas que no iba a volver a cerrar, que no quería cerrar.

De todas formas, no hizo falta. Mientras John cargaba las maletas en el carromato del aeropuertos, su madre le notó la mirada más gris. – ¿Pasa algo, hijo? ¿Estás bien? ¿Te enfadaste con tu prima? – le preguntó al llegar a casa y mientras Indiego deshacía las maletas. Él sólo le dijo vaguedades, medias verdades que no decían nada a quien las escuchara, excepto para su madre. P parecía no enterarse de nada; en su aparente parsimonia eterna parecía ser una nube o una pluma. Pero a P no le hacía falta escuchar verdades absolutas; sólo mirar y sentir a su hijo (su único hijo, si no fuera por…). Ella salió del cuarto de Indiego y regresó poco después con un disco en las manos. Era absolutamente blanco excepto en la portada, donde unas caras de mil colores abigarrados y superpuestas unas a otras parecían sonreír.

Hijo, hagas lo que hagas y pase lo que pase, tienes que tener clara una cosa. Estamos hechos para amar. Lo malo, es que el amor siempre cambia. Por eso duele. Pero a pesar de todo, no podemos hacer otra cosa.- Toma esto, escúchalo a solas. A lo mejor no te gusta; si es así, no me hagas caso.

Aquella tarde-noche se quedó a solas. Los padres habían ido a comprar los últimos regalos de la próxima Navidad, y luego irían a comer a casa de unos amigos. Fue a la habitación de sus padres y sorprendentemente su madre había dejado de nuevo las pastillas donde solía. Cogió una. Subió a su habitación, se tomó el prozac, sacó el vinilo de su carátula y lo colocó en el tocadiscos. Love. Las caras de colores lo miraban. Recordó a Paul. Y fue ahí, en ese preciso instante que Indiego comenzó a notar que se iba, que se marchaba, que abandonaba su habitación y su cama para viajar.

“viaje 17”  Love – Forever Changes  (1967).

Pasarían más de quince minutos desde que acabara el disco para que Indiego regresara de su viaje. Se levantó y se miró al espejo. Aproximó su cara a la luna y besó su reflejo. Primero con delicadeza, luego con lascivia y finalmente, con furia. Oyó el ruido de la puerta principal al abrirse. Corrió hacia la cama y se hizo el dormido. En seguida oyó que alguien entró a su habitación; era su madre, su dulce olor la delataba. Ella lo arropó, apagó las luces y salió de la habitación. Si se hubiera quedado habría podido oír cómo bajo las sábanas Indiego lloraba. Pero no era de tristeza. Lloraba por amor, por amor hacia sí mismo. – El amor siempre cambia, por eso duele.-

Indiego

Ya llevaba cerca de tres semanas sin dormir bien. Los grillos del insomnio parecían querer congregarse dentro de la cabeza de Indiego de un tiempo hasta esta parte.

Dar vueltas en la cama sin remedio. Dar vueltas en la cama sin tener porqué. Así se había pasado noche tras noche. Luego, al amanecer, la fría alarma del despertador lo encontraba con los ojos abiertos. Y de día, en la facultad, arrastraba su cuerpo de aula en aula, por pasillos grises, hasta que antes de rendirse, iba a la cafetería en busca de algo de energía. Eso fue la primera semana; luego dejó de asistir a clases. Ya le pediría los apuntes a algún compañero.

Debajo de sus grandes ojos aparecieron sendas ojeras, verdosas, siniestras. El cansancio iba espeso por su sangre como petróleo.

A la segunda semana se le instaló una especie de dolor de cabeza continuo que martilleaba sus sienes. Se encerró en su habitación a oscuras y casi no probó bocado. Nauseas, mareos, escalofríos violetas. Bajó cuatro kilos. Lloraba de vez en cuando o casi siempre, y sin razón. Tenía la sensación de ir a quebrarse de un momento a otro.

Había intentado dormir a través de todo lo que se le ocurrió: agua de mariguana, pastillas de distintos tipos y tamaños, alivios sexuales, terapias orientales. Nada funcionaba.

Sus ojos parecían empeñados en permanecer para siempre abiertos. Su cerebro parecía haberse impuesto rescatar todas las vivencias que había en su memoria e inventar otras que nunca habían ocurrido. Mandy, Josito, su padre, su madre, un perro que nunca tuvo, un chico al que nunca besó, una chica a la que nunca dejaría de amar, todos iban y venían, del pecho hacia detrás de los ojos, luego se quedaban posados sobre la lengua, bajaban al estómago, y volvían otra vez, juntos, por separado, hablándole, riéndose de él, llorando por él.

Llegó a dudar si aquello que le pasaba no sería un sueño, que quizá estaba dormido soñando que no podía dormir, pero no, estaba más despierto que nunca. Sus pensamientos se enmarañaban sobre sí mismos como enredaderas absurdas, y lo ahogaban. Cuando notaba que los párpados le pesaban, cerraba los ojos, pero por dentro la hoguera del cerebro no paraba de arder. No podía más.

Por eso se levantó. Eran las cuatro de la mañana. Hacía frío. Se duchó y mientras se duchaba empezó a llorar: no aguantaba más. Por eso se vistió (de negro). Cogió una mochila y en ella metió un par de jerseys, calzoncillos, medias abrigadas, su discman y un disco, aquel disco.  También cogió una manta de viaje. Y las pastillas. Luego dejó una nota en la mesa de la cocina. Y se marchó.

La estación de autobuses a aquellas horas estaba desierta o casi desierta. Algunos seres tristes encontraban en ella un refugio: putas viejas, mirones salidos, travestis descuidados, taxistas adormilados, yonquis desdentados y él. Oscuro, flaco, ojeroso.

Su autobús salía a las siete. Y hasta las siete esperó leyendo un libro de poesía en un banco en el que un viejo lascivo se sentó para manosearse debajo de la gabardina que llevaba encima.

A las siete salió puntual el autobús. Dos horas después llegó a aquel pequeño pueblo rodeado de montañas boscosas. Conocía aquel lugar de una excursión que había hecho con la Facultad en una práctica de pintura. El profesor lo había escogido por la luz. Indiego lo había escogido en esta ocasión por la sombra: dentro de la penumbra de aquellos bosques había sentido una paz infinita en aquella ocasión. Y eso venía a buscar.

Se desvió del sendero que se adentraba en el bosque; tendría que tener cuidado con los guardas que podían aparecerse sin previo aviso y que podían estropearle sus planes. Pasados veinte minutos encontró lo que estaba buscando: al lado del riachuelo atravesaba el bosque se abría un claro perfecto. La hojarasca se quebraba a cada paso suyo. Algún que otro pájaro interrumpía su canto y enmudecía arriba en las ramas. Bajo un árbol tendió la manta. Abrió la mochila y rescató la botella de agua que había comprado en la estación. Se comió una chocolatina. Luego sacó las pastillas y se bebió dos.

En el bolsillo de delante, junto a la cartera estaba el discman y el disco. En la carátula había una enredadera que lo cubría todo en bosque lúgubre. Sacó el CD de su interior y lo metió en la boca del discman. Pulsó el play y subió la rueda del volumen al máximo. El redoble de una batería lo llenó todo, un bajo, una guitarra rítmica y una voz nasal empezaron a sonar. Cerró los ojos. Quizá ahora podría dormir, descansar. Sólo quería eso.

“viaje 18”  R.E.M. – Murmur  (1983).

Indiego no apareció por el piso hasta tres días después, justo antes de que Ricardo llamara a sus padres y todo se liara hasta el infinito. -¿Dónde has estado? ¿Habíamos pensado lo peor? Un día sin dar señales es comprensible, ¿pero tres?- Indiego estaba sonriendo. Sus ojeras habían desaparecido. Hasta estaba más moreno. -Estaba descansando; y ahora, si no te importa, voy a ducharme y me voy a volver a acostar.- Después se pasó dos días seguidos durmiendo. Y todo volvió a ser como antes.

Indiego

Su profesor favorito habló de la lomografía en un tono desdeñoso en una de las clases: –El error no es arte, por mucho que lo digan los modernos. El arte es razonamiento. El arte no surge de situaciones impulsivas y espontáneas, sino de la reflexión y el conocimiento.- Nadie se atrevió a contradecir tamaña afirmación. Tal vez no fuera por cobardía sino más bien era que a esas horas del mediodía nadie le prestó atención. Nadie excepto Indiego.

Aquella palabra absurda y graciosa -lomografía- se le quedó enredada dentro del cerebro, pero sin llegar a la obsesión. Era como una larva en estado latente que despertó en cuanto vio dos meses después una de esas cámaras en el rastro, en el puesto de un muchacho checo.

10.000 pesetas era el precio. Demasiado caro para él. Últimamente estaba llegando bastante apurado a pagar el piso. La tienda de sus padres no daba para muchas alegrías. Él no era tan buen estudiante como para cobrar ninguna beca. Y lo que ganaba en los trabajos de camarero las noches de los viernes y los sábados no era suficiente.

El fin de semana siguiente volvió al rastro y allí seguía aquella máquina fea y grotesca, salida del diseño primitivo de un primitivo diseñador de la Unión Soviética. Seguía recostada en el puesto, como un insecto imposible y absurdo, esperando a que unas manos la cogieran, la tocaran, la pulsaran. –El arte no surge de situaciones impulsivas y espontáneas, sino de la reflexión y el conocimiento.-

Entonces lo decidió. Hacía como tres semanas, en el bar en el que trabajaba y a eso de las tres de la mañana, uno de los últimos clientes le chistó desde el otro lado de la desierta barra. –Ya no se sirve; estamos a punto de cerrar.- El hombre, de unos treinta y cinco años, no parecía borracho. Alto y de cuerpo fornido, tenía unos ojos oscuros y tristísimos que no le restaban, antes bien al contrario, atractivo alguno. – ¿Trabajas fuera de aquí?– Indiego en seguida supo a lo que se refería, pero puso cara de extrañeza. –¿Cuánto por una hora?-. –Perdón, señor, le agradecería que si no quiere tomar nada más se marchara. Ya vamos a limpiar.- – Vale, perdona. Te apunto mi nombre y mi número por si te lo piensas; estoy aquí todas las tardes. Me gustas.- Y se marchó.

Se hubiera ido con él gratis, pero que lo considerara un vulgar chapero le había molestado. No le comentó nada a nadie. Primero arrugó el papel y justo cuando lo iba a arrojar a la basura, y sin saber por qué y sin leerlo, lo guardó en el bolsillo del pantalón y aprovechó para rozarse la excitación que sin entender sentía. –Qué se habrá creído este tío– murmuró después.

Indiego miró el reloj de la cocina. Las seis y media. Sacó el pequeño papel arrugado del tercer cajón de la mesilla y lo depositó sobre el escritorio sin alisarlo. Tenía puesta la radio y sonaba una canción triste de Massive Attack; había visto el videoclip días atrás y le había gustado: un feto flotando en líquido amniótico llegaba a cantar. Fue a la cocina, abrió el armario de los vasos y cogió uno pequeño; luego sacó dos cubitos de hielo del congelador y volvió a la habitación. Se sirvió un generoso trago de la botella de ginebra que guardaba en su armario debajo de la ropa. Encendió un pitillo y recogió el papel arrugado del escritorio. Bebió. Una calada. Jugó con el papel entre los dedos hasta que lo desplegó y un número de teléfono apareció escrito a mano y boli. Leyó el nombre, Daniel, y el número. Apuró la copa de un sorbo, dejando un pequeño fondo, apagó apresuradamente el cigarro en el cenicero y bajó a la calle a la cabina.

Volvió al piso a eso de las once de la noche; sus compañeros no habían llegado aún. Estaba cansado. No se sentía especialmente mal. Había estado bien y encima llevaba en el bolsillo 20.000 pesetas. Daniel. La cámara Lomo. Se duchó.

Ya en la habitación un pequeño resquemor le empezó a pulsar en el centro del pecho. Había estado bien, pero era malo. Como una lombriz gigante la culpa empezó a revolverse en su interior. Daniel. La cámara Lomo. Situaciones impulsivas no. Reflexión y conocimiento.

Revolvió con cierta angustia la torre de cedés buscando uno: le apetecía un montón escucharlo. Aún recordaba con añoranza el olor a sudor y porros de la Sala Canciller. Entonces tenía casi 16 años aunque aparentaba alguno más. Eso, y la compañía de sus padres, le ayudó a entrar sin problemas. La sala estaba llena de melenudos, de rapados, de rockers, de heavies. La neblina del humo escondía espectros vestidos de cuero dando botes y empujones en algo parecido a un baile. Su primera cerveza delante de sus padres. Todavía guardaba recortada la crónica del concierto que salió publicada en El País. “Terapia instantánea” se titulaba. – El arte no surge de situaciones impulsivas y espontáneas, sino de la reflexión y el conocimiento.-

Se le rayaron los ojos. Pero al final encontró lo que estaba buscando. En la carátula cuatro figuras desgarbadas y melenudas parecían mirar. Detrás una pared sucia. Ellos vestidos con vaqueros rotos y cazadoras de cuero. Se tomó una pastilla; para tragarla se ayudó del sorbo de ginebra que quedaba en el vaso. Colocó el cedé y pulsó el play. Un muro de guitarra, bajo y batería anunciaron el comienzo. Cuando aquellas voces empezaron a repetir una frase simple enérgicamente, Indiego ya viajaba.

“viaje 19”  Ramones – Ramones  (1976).

Una semana después, Indiego reveló sus primeras lomografías. Y le gustaron mucho. Había algunas de paredes sucias que había encontrado en la trasera a la calle donde estaba su piso. En otras salían palomas o niños jugando en una plaza o un atardecer desde la azotea o una vieja paseando un carro de la compra. En varias salía un hombre alto y fornido posando en posturas absurdas. Solo en una salía él mismo. Pero sonreía.

Indiego

Aquel verano había sido muy raro. Indiego había caído -se había tirado de cabeza- en un cono invertido de pasión con aquella pareja. Desde aquel viernes en que se habían marchado los tres juntos del bar hacia la casa de ellos, todas los fines de semana acababan igual.

Bebían en la barra del aquel bar o en los reservados que quedaban en la pared de enfrente. Hugo le hablaba mientras Mónica le acariciaba un muslo. Mónica le sonreía mientras Hugo le agarraba una mano y la colocaba sobre entrepierna. Se reían todos. Hablaban de arte, de música, de dinero, de falta de dinero, de moda, de maquillaje, de sexo. Nada en sus conversaciones era fundamental. La trivialidad era más dulce que la ginebra. El carmín de ella era aún más dulce. La incipiente barba de Hugo raspaba como la ginebra.

Luego iban a su casa: un enorme y lujoso ático en la zona alta de ciudad. Decorado con gusto. Sofás modernos y finos. Siempre frío. Todo caro. Alguna raya de coca era anticipo de lo que venía después. Besos de él, besos de ella, bocas, manos, deseo, aliento a alcohol y a deseo. Y él siempre entre aquellos dos cuerpos para no poder escapar. Un cono invertido.

Como la trampa de una hormiga-león. La larva de este insecto vive en suelos arenosos y excava un hoyo en forma de embudo en cuyo fondo se esconde, dejando sobresalir sólo sus mandíbulas. Los insectos pequeños caen en esta fosa y no pueden salir debido a las paredes de arena suelta, de manera que son comidos por la hormiga león.

Indiego besaba. Indiego boqueaba buscando aire y encontraba otros labios. Aquello tenía forma de cono. En el fondo la hormiga-león está tan hambrienta y quiere comer. La hormiga-león aguarda. La hormiga-león devora si caes. Indiego resbalaba hacia aquel fondo todos los fines de semana, uno tras otro.

Y de pronto una noche de viernes de septiembre todo cambió. Cuando entró en el bar (tan oscuro, tan bohemio, tan moderno, tan lujoso) los vio con otro muchacho. Era muy guapo. Era muy delicado. Reía luminoso mientras la mano de Hugo se posaba como una serpiente en su muslo y Mónica le cuchicheaba en su oído derecho seguro que palabras lascivas, con doble sentido.

Era muy guapo. Era muy delicado. Como una mariposa ignorante resbalando también en aquel cono. Le pareció verse a sí mismo como en un espejo. Semanas atrás, cuando él era el centro de los halagos, de las caricias, de los besos. El centro de tres cuerpos.

¿Y él qué era ahora? Sólo un insecto desjugado, un esqueleto de bicho que ya no alimenta, un desecho a punto de hacerse trizas.

Se fue del bar sin tomar nada. Aún no hacía frío y la ciudad le pareció más absurda que nunca. Callejas estrechas que no llevan a ningún sitio, o tal vez sí, tal vez llevan a un fondo. Resbalando por la madrugada de un sábado de septiembre. Indiego camina desganado por las callejas estrechas del centro de la ciudad. Vestido de negro, con los labios pintados de negro, con su pelo teñido de negro, las uñas cubiertas por esmalte negro. Parece ir sin rumbo, pero va camino a su piso de estudiantes, despacio, como alguien que despierta de un sueño, como alguien que ha escapado de un secuestro larguísimo.

Estuvo caminando un par de horas. Se paraba frente a los escaparates. En algunos, fríos maniquíes miraban hacia la nada. Uno con cuerpo de mujer se le pareció a Mónica. Guapa, fría, muerta, vacía. A estas horas aquel bello muchacho estaría en aquella cama enorme, entre él y ella, atrapado en hilos de deseo y saliva, como él lo estuvo hasta el fin de semana pasado.

A las dos y media llegó a su casa. Estaba cansado y le dolían sus pies. También otra cosa: su orgullo, su confianza. Se sentía desconcertado, libre pero perdido, aliviado pero contrariado.

Se duchó procurando no despertar a ninguno de sus compañeros de piso. Fue a su habitación y cerró la puerta. Sobre la mesilla estaba su discman. Estaba perdido. Rebuscó en la pila de cedés y rescató aquel de oscura en la que aparecían dos hombres horteras. Abrió el cedé y lo colocó dentro de la boca del discman. Comprobó que éste tenía baterías. Se sentía utilizado. Examinó uno de los cajones y encontró un paquete intacto de sus pastillas: se tragó dos con un poco de agua. Se sentía perdido. Luego se acostó sobre la cama, se puso los auriculares y pulsó el play; luego adelantó hacia la segunda canción. Un zumbido triste y frío de sintetizador empezó a sonar. No estaba triste, pero sí tenía ganas de llorar.

“viaje 20”  Soft Cell – Non-Stop Erotic Cabaret  (1981).

Algunas veces, muy raras, los insectos que caen en la trampa de la hormiga-león, pueden escapar. Esos insectos, tras eso, suelen ser más precavidos: evitan caminar en sustratos arenosos, sortean las oquedades que se abren en el suelo. Indiego regresó de su viaje extrañamente despejado. Abrió sus grandes ojos, se levantó de la cama y se quedó mirándose en el espejo. De pronto sonrió. Una ocurrencia, a modo de chispazo, estuvo a punto de hacerle estallar la cabeza. Si hay que tener miedo de caminar, mejor desarrollar alas y volar. La sonrisa terminó siendo una carcajada.

Indiego

La primera vez que se dirigieron la palabra fue esperando para entrar a la recuperación de una de esas asignaturas que en cualquier carrera se atraviesan. Decía llamarse Ober, aunque enseguida aclaraba que no era un dios vikingo. Tal nombre provenía de un nombre menos artístico: Rigoberto.

Era de Zaragoza y quería ser pintor. Era de familia bien y quería ser (y lo conseguía) el tipo más raro de la facultad. Era alto, medio barbado, flacucho y muy hablador, nerviosamente hablador. Fumaba mucho y gesticulaba más. Todo el mundo rehuía de sufrir su compañía durante más de cinco minutos. Sin embargo a Indiego le caía bien. Llegó a entender que Ober era especial.

Poco a poco, durante aquel curso, hicieron muy buenas migas. Era rara la tarde que Indiego no iba al piso que la familia bien de Ober había alquilado en el mismo centro de la ciudad para él solo. Y para los vecinos de aquel edificio con solera y boato, Ober, tan desgarbado, tan gesticulante, tan gritón, tan excéntrico, debía parecer una especie de castigo.

Y era rara la tarde que Indiego y Ober no tomaran té al estilo inglés acompañados de una mujer muy bella. Ober siempre la presentaba como su mujer y no era más que una muñeca. – Sé que sólo es una muñeca, pero tengo más motivos para poder estar enamorado de ella antes que de una mujer de carne y huesos. He tenido varias novias y todas me hacían sentir mal, hasta que la compré. – Algunas veces bailaba valses con ella mientras Indiego desde un sillón los miraba.

En la terraza del piso había dos jaulas: en una, un loro verde y exultante vociferaba versos de Baudelaire, de quien había tomado el nombre. – Me costó mucho que los aprendiera– decía jocoso Ober. En la otra, un cuervo brillante graznaba de vez en cuando espantando a todo el vecindario. – Es bueno que sepan y sepamos que la muerte siempre está cerca, acechando.- Luego le echaba de comer. -¿Sabes? Hay investigadores que dicen que los cuervos son las únicas aves que tienen sentido de la existencia de futuro. No es genial y absurdo que el ave que representa a la muerte sea la única que sabe que existe futuro.- Lo llamaba Lord Byron.

Ober pintaba en su piso cuadros enormes. Rayas, círculos, manchas abstractas en tonos ocres, grises, negro; luego pintaba perfecta siempre una rosa roja. Ese era él único elemento que estaba en toda su ingente obra: una rosa roja en medio de un mar (o de un cielo) de rayas, de manchas, de cuadrados, de rectángulo, siempre ocres, grises o negros. Sin embargo, nadie compraba sus cuadros, a nadie parecía gustar el peculiar y absurdo mundo de Ober. Y no fue por intentos: su acaudalada familia le organizó tres exposiciones sin ningún tipo de éxito. Las únicas ventas que había hecho fue para una oficina de un banco en Zaragoza, y fue más por la influencia que su padre ejerció sobre el presidente de la entidad que por la supuesta calidad de los cuadros. –Estoy en negociaciones con el PSOE para que me compre toda mi obra. Cuando lo consiga, me retiraré. No sé pintar otra cosa.– bromeaba absurdo, no sin un regusto de decepción en el tono.

Sin embargo a Indiego le gustaban aquellos cuadros. Eran desasosegantes, angustiosos, atormentados, en aquellos fondos ocres; la única alegría se focalizaba en la rosa roja, que a veces aparecía descarada en el centro, otras veces tímida en un esquina, en otras amenazante escorada a un lado. El conjunto era absurdo. Nunca le dijo nada, pero Ober se daba cuenta de que en los grandes ojos de Indiego se veía la comprensión de su obra, su admiración por aquel enrevesado universo de rosas y elementos abstractos.

Un día, Ober, le dijo a Indiego que se iba unos días a su casa familiar y le pidió que cuidara de sus aves Baudelaire y Lord Byron mientras tanto. A su vuelta, le trajo un regalo. Un pequeño paquete cuadrado forrado de papel de regalo que imitaba una piel de pantera indicaba claramente que se trataba de un cedé. –Ya sé que lo tuyo es música inglesa, pero abre tu mente y escucha esto. Es de hace poco y creo que te gustará. Atento a las letras.-

Esa misma tarde, cuando Indiego regresó a su piso llevaba entre sus manos el regalo de Ober. En la carátula se veía un laboratorio donde tres esquimales sin rostro observaban una semiesfera sobre una camilla. Ya en su habitación, repitió el ritual de siempre: abrir la boca del discman, introducir el cedé en su interior. Tomarse una pastilla. Acostarse. Ponerse los auriculares. Pulsar play. Una música como de videojuego empezó a sonar mientras el viaje comenzaba.

“viaje 21”  El niño gusano – El escarabajo más grande de Europa  (1998).

Los días siguientes desde que Ober le dio el disco, Indiego lo escuchaba casi a diario. Trascurrido un mes, a su casa de pronto un día llegó, a través de una compañía de transporte urgente, un paquete envuelto en papel en papel de regalo que imitaba una piel de pantera. Un rectángulo poco mayor que un libro: cuando lo abrió lo entendió todo. Un cuadro de fondos grises donde a la mitad surgía una roza azul. Al día siguiente cuando fue a casa de Ober y tocó a la puerta nadie contestó. Una vecina le dijo: -¿Pregunta por el raro? Ayer se fue con su loro y con su cuervo. Dejó un maniquí en el portal. El muy desgraciado la dejó desnuda a posta para cuando llegaran mis hijos del colegio. Menos mal que se ha ido.- Indiego no dijo nada, sonrió, aunque en los ojos le temblaron algunas lágrimas.

Indiego

Llorando en la habitación, Indiego repasaba una tras otra aquellas cartas escritas sobre papel azul, y de ellas rescataba frases, versos, párrafos enteros. “La tristeza puede ser definida como toda forma de ataque impersonal a las ideas, dedos o negaciones, acuchillados por un enmascarado que conocemos demasiado bien.” Oh, Cristina, qué puta la vida que nos hizo separarnos, qué perro tu débil corazón, qué dulce tu boca tal y como la recuerdo en mis sueños, qué amargas las otras bocas que he besado intentando olvidarte sin poder.

Amor, con la tristeza de distinguir lo bueno de lo malo, te escribo esta carta…” qué bien escribía Cristina, capaz de sacar de sus tripas verdades absolutas que nada significaban. Cristina, con sus ojos verdes que bien pudieran ser espejos de helechos y selvas. Cristina, con su boca pequeña y rosada, capaz de hacer las mejores cosas, capaz de decir las palabras exactas. Cristina, con sus delicadas y blancas manos, capaces de hacer las mejores caricias, de empuñar como si fuera una flor la pluma con la que escribía, de freír los mejores huevos del mundo.

Era noviembre. Ya hacía como tres meses que no recibía ninguna carta de ella. Y en esos tres meses él sí le había enviado su correspondiente fotografía. En la de agosto le había mandado una luminosa foto de una terraza de bar llena de sombrillas azules; la tituló: “Faltabas tú; por eso pasé de largo, a pesar de mi sed“. En la de septiembre fotografió su calle con las primeras y arrebatadas lluvias anegándolo todo; su título: “Ni siquiera mil trombas pueden arrastrar mi amor por ti“. En la de octubre, fotografió una calle vacía al mediodía por cuyo suelo descansaba una capa de hojarasca; su título: “La sombra de la tristeza siempre es fresca“. Ya estaba pensando en la foto de noviembre: había valorado sacar uno a la puerta de un colegio, y a la salida de todos los niños, sacar un blanco y negro lleno de alegrías y tristezas.

Y en eso llegó aquella carta. No era azul. Sólo era blanca, como una bata de médico o como una gasa limpia. Sobre el blanco, un negro mecánico de máquina de escribir. No las florituras de la bella caligrafía de Cristina, no, en esta ocasión era la rotunda tinta de una máquina de escribir la que transmitía el terrible mensaje. Y el sobre que la contenía no tenía ningún perfume, sólo un aséptico olor a papel sin más, nada humano.

Y allí, en aquella carta blanca y triste, estaba el más terrible mensaje: Cristina había muerto. Así, sin más. Así, rotundo y definitivo. Muerte. El corazón detenido, la sangre parándose y pudriéndose dentro de sus venas azules. La piel, amarilla y lívida al principio, sería después macilenta, verdosa, amoratada justo antes de quebrarse. Y aquellos ojos abiertos para siempre hacia la nada. Y aquella boca rellena de algodón. Y aquellas manos hinchándose poco a poco, descarnándose. Cristina, Cristina, amor. Muerte de mierda que me arrebataste lo que la puta vida se me llevó.

Siguió leyendo las únicas cartas que le importaban, las azules y perfumadas, las de ella, las que encerraban frases vulgares y poemas exquisitos, las que estaban escritas para él, para él solo. De una rescató una frase que se le quedó durante un rato enroscada en los pliegues del cerebro: “a esa hora en la que la tristeza es tanta que golpeo el cielo con mis manos“.

Estaba solo en el piso. Los compañeros se habían ido a ver fútbol a los bares del centro. Y la grisácea luminosidad de la tarde le daba al piso un aire atemporal y eterno, profundamente melancólico.

Estaba solo en el piso. Y desgarrado por dentro. Su amor ya no estaba nunca más. Ni siquiera a unos cientos kilómetros de distancia. No, ahora Cristina estaba en ese nunca al que van a parar quienes mueren, y nunca es la ausencia de tiempo.

Estaba solo en el piso y seguía repasando una a una las cartas de Cristina. “¿Es el tiempo esta tristeza que nos arrebata los besos uno a uno?” Oh, Cristina, poeta, que moriste sin que nadie salvo yo leyera tus versos. Nadie sabrá de ti, de tus sueños, de tu capacidad de coser palabras con hilos de belleza. Para siempre quedarás en el olvido.

Estaba solo en su habitación. Y tristísimo. Por eso fue hacia donde guardaba los discos y rebuscó hasta encontrar el que buscaba. En una carátula de color verde, la fotografía de un hombre alto que mira a una ventana entreabierta. Recordó otro de los versos de Cristina: “con la tristeza de quien ama pero olvida sus ojos“. Una quemazón terrible se apoderó de su pecho. Abrió la caja y sacó el cedé. Lo introdujo en el equipo y pulsó el play. Melancólicos acordes de guitarra llenaban su habitación mientras Indiego se tragaba de golpe dos pastillas. Luego se acostó mirando al techo. Y a su lado un montón de cartas azules descansaban desordenadas.

 “viaje 22”  Nick Drake – Five Leaves Left  (1969).

Cuando regresó de su viaje sintió el cálido roce de un papel en su mano derecha. Era una carta azul. La releyó de nuevo mientras el silencio se encargaba de poner la habitación en orden. “… Sé que duele, pero ni tú ni yo tuvimos la culpa. Por mi parte has de saber que aún creo estar viviendo en aquellos meses, contigo, siempre contigo. Te quiere mucho, Cristina.” Indiego tenía los ojos bañados en lágrimas cuando terminó de leer y un corazón muchísimo más viejo. Cuando se levantó y fue hacia el baño, la noche estaba tocando los cristales de las ventanas.

Indiego

Últimamente andaba borracho (o a punto) todo el día. Sólo le quedaban un par de asignaturas para acabar la carrera y tenía demasiado tiempo libre. Por la mañana dormía hasta media mañana; luego quedaba con los amigos a comer tapas y a beber cervezas. Volvía a casa a eso del mediodía con la cabeza embotada y todos los sentidos anestesiados por el alcohol. Luego dormía toda la tarde y volvía a salir por la noche. Una veces porque le apetecía y otras para echarse algo a la cama para pagar el piso. Y entre eso y algún que otro trabajillo de fotógrafo iba escapando.

Le gustaba estar así, vivir así. En la más absoluta inacción. Sin suntuosidad, pero viviendo en las telas de la ociosidad, sin ser parásito de nadie, pero en el descanso incesante. De la casa al bar, del bar a las tiendas de discos o de cómics. Luego, de vuelta a casa. Y de casa a los bares. Y así, todo el día, del bostezo al desdén, del embeleso al dejamiento. Alguna noche se alteraba esa cadencia y cuando se daba cuenta se movía rítmicamente dentro de alguien hasta llegar al éxtasis. Luego un beso de compromiso y de vuelta al sueño.

Cristina había muerto ya hacía unos años. Y él había sobrevivido a la tristeza. Pero de la tristeza, poco a poco, pasó a este estado. Cada vez le costaba más concentrarse en algo en concreto, pero no le importaba, al contrario, le gustaba. Disoluto. Licencioso, que hubiera dicho el carca de su abuelo. Abandonado, que diría su madre. Tarambana, que diría su abuela. Absolutely lazy, que diría su padre. Feliz, o casi, que decía él.

Aquel mediodía iba por el mismo camino. Llevaba encima unas cinco cervezas y algún que otro porrillo, y el embotamiento se reflejaba en los caídos párpados, en el caminar cansino, arrastrando los pies. Aquel septiembre estaba siendo raro, pero aquel día lo era más. En su tránsito iba viendo caras preocupadas, caras irreales, caras extrañadas. Por fin había llegado a su edificio. Abrió el portón y el olor rancio que el aliento de la caja de la escalera desprendía se le coló por la nariz. Perezosamente subió la escalera y con lentitud abrió la puerta del piso. Alguno de los chicos estaba en el piso ya que desde el rellano se oía la voz de Matías Prats en la tele.

Cuando entró vio la escena: Ricardo comía mecánicamente delante del televisor como un zombi; y en la pantalla una de las Torres Gemelas humeaba. El sonido de la tele estaba altísimo. Y todo era confuso. El embotamiento en la cabeza de Indiego no quería irse: sentía un peso gris en la frente, sobre los ojos; en los oídos una sordera difusa; en el resto del cuerpo un ligero decaimiento que iba en aumento. Se sentó en el sillón al lado de Ricardo. – ¿Qué ves, una peli?– . – Chist, calla, se estrelló un avión en una de las Torres Gemelas.- -¿Un accidente?– – Eso parece, alguno que iba…– Y entonces en la tele: Dios Santo, otro avión en la otra Torre…….. también en Washington una humareda…

De pronto entendió que lo que estaba viendo era absurdo, grave, y no sabía cómo pero esto iba a complicarlo todo, que esto era el final de algo y el comienzo de otra época. Y él así, abotargado, colocado, lento…

El resto del mediodía lo pasó viendo los noticiarios junto a Ricardo. No hablaban mucho. Sólo decían vaguedades y frases hechas para mostrar su asombro. A media tarde se confirmaba oficialmente que aquello había sido un atentado. Ricardo dijo que iba al centro a ver si se enteraba de algo más. Indiego prefirió quedarse en casa. Se duchó con la esperanza de que aquella pesadumbre se le quitara. Pasaría la tarde en su habitación oyendo música: necesitaba refugiarse en uno de sus discos.

Fue hacia la habitación y escogió el primero que encontró, no por casualidad. Se lo había comprado hacía tres días y no había encontrado el momento de escucharlo como lo merecía. Ella merecía un respeto. El disco había sido publicado a finales de agosto y él lo había comprado en cuanto tuvo algo de dinero. Ella nunca le había decepcionado.

En la portada, sobre un suelo de guijarros, ella descansaba; sobre la cara tenía su brazo como para protegerse del sol. Sobre su imagen, un cisne desdibujado parecía mirar desafiante a quien mirara a la fotografía. Ella nunca le fallaba. Indiego puso el disco en el equipo. Se tomó una pastilla y pulsó play. Se recostó y unos sonidos fríos empezaron a sonar. Luego su voz. Indiego comenzó a viajar muy lejos.

“viaje 23”  Bjork – Vespertine  (2001).

Cuando regresó de su viaje, Indiego se levantó y fue hacia el ventanal del salón: la tarde llenaba la ciudad de su suspiro naranja. Encendió la tele: todos los canales hablaban de lo mismo. La apagó. -A partir de mañana, me levantaré más temprano y buscaré trabajos normales-, dijo en voz alta. Al instante, comenzó a reírse. Fue hacia la habitación y escogió de su armario sus mejores ropas. -Mejor no. Otro día.-, volvió a decir en alto, -esta noche, también me apetece fiesta.-

Indiego

Cuando el profesor Ramírez, titular del área de composición artística, lo convocó para tres días después a su despacho desde los tablones en que se colgaban las actas, a Indiego le nacieron dos flores calurosas en los carrillos.

Esa tarde comió en casa de Ober, y éste lo tranquilizó. –Seguro que es para felicitarte: una obra tuya tiene más calidad que la de todos los demás juntos. Sólo la superan mis tristes rosas.– Y rió. Se pasaron la tarde viendo películas de Buñuel.

Cuando al día siguiente durante el desayuno se lo comentó a Ricardo en la mesa del piso, éste también lo calmó. –Vas a ver que va a proponerte trabajar con él. Tus fotografías y tus montajes son cada vez mejores. ¡Si ya tienes hasta buenas críticas en los periódicos!-.

Cierto es que con tales halagos, las flores calientes de la vergüenza se hicieron frías, y de los carrillos pasaron a las sienes a modo de cavilaciones: -¿y si me propone trabajar con él?, ¿y si me recomienda a algún galerista?. No sé si podré trabajar en este mes, pero haciendo un esfuerzo tal vez para el siguiente. Tengo que ser cuidadoso en cómo se lo digo no vaya a ser que se ofenda y lo tome como un menosprecio.-

Así pasó, entre lecturas, escuchas de discos y aburridas horas de televisión el tiempo restante, hasta que a las 09:20, diez minutos antes de la hora que señalaba la cita, Indiego se encontraba sentado en los sillones que había por fuera del despacho del profesor Ramírez. Éste era un hombre risueño, bigotudo y regordete, la antítesis de un artista: nada estrafalario, sencillo como un saludo, puede decirse que incluso anodino. Sin embargo, su obra era ejemplo de coherencia, riesgo y vitalidad. Sus piezas imitaban la imaginería sensacional de la publicidad y de la pornografía, tratados desde una paleta densa, espesa, y generalmente oscura que crean una tensión entre el universo real y un mundo fantasmagórico. Algunos pensaban que sus obras criticaban el poder de los políticos, pero Indiego veía en ellos más una reflexión en torno a la religión y los mass-media.

El ruido de una puerta al abrirse lo aterrizó de su ensimismamiento. Oyó su nombre acompañado de una orden concisa: –Pase-.

Detrás del bigote y sus gafas, una sonrisa tranquilizó a Indiego. Tras las tópicas palabras que acompañan a los saludos, el profesor Ramírez, con voz suave y halagadora comenzó a exaltar la obra con la que Indiego se había presentado al trabajo final de la asignatura. Aquellas bonitas palabras cosidas una tras otra parecía un rezo, una canción preciosa en los oídos de Indiego. – Belleza, angustia, ligazón con tu tiempo…– Y sin embargo, de pronto, abrupto como una caída llegó la palabra maldita: el pero. Le costó tiempo reaccionar, escuchar atentamente lo que vino después del pero. –Usted se ha acomodado: en sus composiciones se nota que ya se cree maestro, perito de su propia obra. Y le digo una cosa que creo que es la única cierta que he aprendido a lo largo de mi carrera: sin riesgo no hay arte. Usted ya no se arriesga, y su obra ya no es arte, sólo es producto. Buen producto, pero nada más.- Un temblor de lágrimas vibraba en la mirada de Indiego. Las flores de la vergüenza volvieron a los carrillos, y crecieron, y se hicieron ramos violentos y calientes de furia reprimida: se sentía los tallos crecer en el cuello y los pétalos abrirse en las sienes y en la frente. -Todavía no he puesto las notas, pero que sepa que ahora mismo está suspendido. Las pongo pasado mañana. Si de ahora hasta entonces, me entrega algo de su arte, me replantearé su nota final. De usted depende-.

Salió hecho un basilisco de la facultad. Rumiaba insultos no inventados aún en contra de ese malnacido, gordo y engreído de Ramírez. Los profería para adentro, en inglés, en español y en lenguas que no existían. ¡Habrase visto!

Cuando llegó al piso no había nadie: todavía no era ni mediodía. Ganas de comer no tenía: sólo ganas de matar a ese maldito profesor. Intentó calmarse viendo televisión, pero las voces chillonas de las presentadoras de los programas del mediodía terminaron de sacarlo de quicio. Se metió en su habitación antes de que llegaran sus compañeros: no quería ver a nadie ni quería que nadie supiera del porqué de su estado de nerviosismo.

Se acostó en la cama con la esperanza de dormir, pero la cabeza no hacía nada más que darle vueltas a lo que le había acontecido.

Decidido rebuscó entre sus discos hasta que encontró el que andaba buscando. Una portada simple: en un horizonte verdoso un mástil blanco del que ondea una bandera de color rosa resaltan sobre el pálido azul del cielo. Sacó el disco del interior de la caja y lo colocó en el equipo. Se tragó una pastilla; luego otra. Pulsó el play y se recostó en la cama. Conforme los acordes del primer tema sonaron, empezó a entenderlo todo.

“viaje 24”  Wire – Pink Flag (1977).

Aquella tarde, Indiego no paró de escuchar el disco. Sólo salió del piso antes de que cerraran los comercios: compró tela rosada en una tienda de tejidos. A la una de la noche salió del piso en dirección a la facultad. Al día siguiente toda la Facultad se movía entre escándalo y la estupefacción cuando descubrieron que las banderas oficiales que lucían en la entrada habían sido sustituidas por banderas rosadas. En la puerta del despacho del profesor Ramírez la palabra “RIESGO” estaba pintada como un graffiti. Nunca se supo el causante. Indiego, al día siguiente, tenía un sobresaliente en las actas.

Indiego

La belleza está en los ojos de quien mira. Los ojos de Indiego son grandes y negros. Por eso le gusta tanto la noche, cuando todos los gatos son pardos, y unos labios al ser besados parecen más mariposas de carne y saliva. El carmín es dulce: Indiego besó el ángulo superior izquierdo del lienzo y dejó aquella huella de labios impresa sobre la tela. Había acabado la obra.

No le gustaba pintar, pero en aquella asignatura era obligatorio, y además se exigía entregar una obra para la evaluación. Evaluar es poner valor. ¿Quién pone valor a la valentía? El precipicio que hay entre la valentía y la temeridad es tan borroso que está lleno de cadáveres: los buitres y los cuervos sobrevuelan ansiosos a la espera de alguien más, que medio cegato se confíe y confunda, y termine tropezando, resbalando por el vértigo del fracaso hasta reventar abajo, en el fondo.

Sentado en la cama miraba al cuadro. Trozos de algunas de sus fotos, palabras inconexas en cuatro idiomas hechas a base de recortes de revistas, telas pegadas en un sinsentido, manchas de colores vivos en la parte superior del cuadro, manchas de colores muertos en la parte inferior del cuadro. La vida y la muerte. Vida. Life. Vie. Leben. Muerte. Death. Mort. Tod. En el centro un autorretrato de cuando era un adolescente y jugaba a hacerse fotos. En una parte del cuadro había colocado un recorte de una radiografía que aún guardaba de cuando había tenido un accidente recién entrado a la Facultad. La belleza está en el interior.

Le gustaba el cuadro. No sabía cómo lo iba a evaluar la profesora, tan moderna y tan locuaz, con su pelo rojo y su mirada entre maternal e inquisidora. Evaluar es poner valor. Ahí estaba él, en toda su complejidad: absurdo, frívolo, sexual, despiadado, tierno y frágil, anguloso. Le gustaba el cuadro: la belleza está en el interior de los ojos de quien mira. Los suyos son grandes y negros. Los de la profesora también eran grandes, pero azules. A ella debía gustarle el mar o el cielo.

Se recostó en la cama sin dejar de admirar su obra. Fue en ese momento que se dio cuenta de que la música que tenía puesta hacía rato había cesado de sonar.

Decidió cambiar de música. Fue a donde guardaba los cedés y rebuscó hasta hallar el que estaba buscando. En la portada, un perro que más parecía una mopa, saltaba una barrera. Era bonito aquel perro. Sacó el disco de la caja (la belleza está en el interior) y lo metió en el equipo. Volvió a mirar el cuadro: le gustaba, allí estaba él. Se tomó una de sus pastillas (en el cuadro había pegado un prospecto), y pulsó el play. Una cascada de ruido empezó a sonar. Una voz nasal empezó a cantar sin ganas letras sin sentido. Le gustaba, allí también estaba él.

“viaje 25”  Beck – Odelay (1996).

Pasadas dos semanas, Indiego respiró aliviado al ver las notas de la asignatura de Rosa, la profesora habladora del pelo rojo. Un suficiente, pero estaba aprobado. Regresó en metro al piso. Estaba cansado: los exámenes y las pruebas habían pasado su factura. El piso estaba vacío. Fue directo a su habitación. Allí estaba el cuadro. No lo había entregado: era demasiado para una evaluación. ¿Quién era nadie para ponerle valor? La belleza está en los ojos de quien mira con el interior.

Indiego

Aquella noche, Indiego creyó estar durmiendo mientras soñaba que estaba en una playa besándose con Ricardo. Creyó estar durmiendo y que todo era un sueño. Y lo era. Sólo que cuando se despertó en su cuarto, la cama estaba llena de arena. Eso sí, estaba solo. Se levantó de la cama y descubrió que la casa estaba vacía, o eso parecía: ninguno de sus compañeros, tampoco Ricardo, se había quedado ese fin de semana en la ciudad.

Pasó la mañana dormitando en el sofá delante del televisor. Pero un terrible sentimiento de culpa y soledad le estaba quemando. ¿Por qué estaba soñando con Ricardo? ¿Cómo había llegado tanta arena a su cama? ¿Con quién estuvo anoche en la playa? Una angustia quemante le abrasaba el pecho. Su desordenada vida le estaba pasando factura. Tantas bocas distintas, tantos cuerpos distintos, traían estas consecuencias: olvido y deseo. Resultaba increíble cómo a pesar de tanto placer, echaba de menos el deseo. Pese a tantos labios distintos, añoraba los labios imposibles de Ricardo, que en sus sueños eran tan dulces y tiernos como los de Cristina. ¿Qué coño estaba pasando en las arrugas de su cerebro? Demasiadas drogas, demasiadas noches de fiesta, demasiados excesos.

Era domingo. Era el domingo más quieto y gris que recordaba. Se asomó al balcón y nadie había en la calle. Parecía que era la única persona del mundo. Volvió al sofá pero no consiguió estar ni cinco minutos distraído de aquella sensación estúpida de angustia. De pronto recordó el sueño: antes de besarse con Ricardo en la playa, ambos eran dos delfines saltando y cayendo una y otra vez al agua y riendo y palmeando sus aletas como dos delfines imbéciles. ¿Cómo se besan los delfines? Deben ser resbaladizos. ¿Se besan los delfines? ¿Aman? El material de anoche debía ser muy potente porque no sólo no recordaba con quién había estado ni dónde, sino que más de diez horas después de probarlo, todavía le hacía tener cuelgues bastante fuertes.

Todo aquello lo único que le recordaba era la carátula de un disco que su padre, (ay, su padre, si se enterara de lo que estaba haciendo!!) le regaló cuando cumplió diecisiete. – Escúchalo, te gustará. Es lo mejor para cuando estés triste.-

Fue a su habitación y rescató del armarito donde guardaba sus cedés más preciados. Allí estaba. Dos delfines cayendo de una pirueta. Abrió la caja y metió el disco en la bandeja. Pulsó el play. No le haría falta tomar ninguna pastilla para viajar, pero por si acaso se tomó una. La música llenó su habitación. Una melancolía infinita le invadió cada una de sus venas.

“viaje 26”  Orange Juice – You Can´t Hide Your Love Forever (1982).

Cuando regresó entendió que definitivamente debía dejar aquella vida tan disoluta. En una de estas se iba a quedar colgado. Estimó que ya se había trabado bastante con lo de la arena en su cama. A saber lo que había pasado anoche. Tenía hambre. Se fue a la cocina y decidió hacerse un zumo de naranjas: le apetecía mucho. No se dio cuenta: en la habitación de Ricardo, que tenía la puerta entreabierta, un cuerpo dormía boca abajo. También allí había arena.

 

Indiego

Indiego recordó inquieto aquel día, aquella primera vez. Fue una tarde grisácea de un caluroso día de agosto de 1992 en el desván de los abuelos, en aquel pueblucho de Castilla. Mandy lo había organizado todo. Él, todo caramelo, había llevado a la dulcísima Carlota. Un muchacho desgarbado, de cuyo nombre no se acordaba tantos años después, y que vivía en el pueblo durante todo el año, también había ido; era feo y había puesto todas sus esperanzas de ligue y besos veraniegos en Mandy, la huesuda y bigotuda y malencarada y seca y engreída y arisca y arrogante prima de Indiego.

Las ventanas del desván estaban cubiertas por una telas oscuras y raídas que debían haber lucido su lustre en los tiempos de cuando los abuelos eran niños. En una esquina del desván, abandonado, un santo miraba hacia el techo. Sábanas amarillentas querían, sin conseguirlo, proteger del polvo a muebles apolillados que si estuvieran vivos desearían desplomarse antes que seguir allí abandonados y condenados a esperar no se sabía qué cosa que los despertara del olvido.

Mandy se puso solemne como sólo ella sabía ponerse. Iba vestida con una ridícula capa negra que la hacía parecer como la prima fea y flacucha de una bruja de cuento. Había encendido unas velas para darle más boato, pero lo más que podía conseguir era que una llama prendiera en toda aquella basura acumulada y todos ellos murieran achicharrados en el desván de los abuelos, en aquel pueblucho de Castilla, como en una película mala de terror. De todas formas Indiego estaba más pendiente a las tetas y los muslos y a los labios de Carlota que a todos los peligros del mundo. El muchacho aquél era el único que estaba pendiente a la ceremonia de Mandy, pero más por ver si caía algo de actividad amorosa que porque entendiera realmente de qué iba aquello.

Mandy, en su tosco y británico español, dijo que iban a convocar a un espíritu. Había fabricado una ouija rudimentaria con un cartón: en él había escrito las letras del abecedario, los números del 1 al 9 y un 0, la palabra “yes” al lado de la palabra “no”, y en las cuatro esquinas había dibujado unos símbolos muy raros: en una esquina un círculo con una pluma dentro; en otra, un círculo quería encerrar tres óvalos puntiagudos; en otra, tres círculos con distinto centro se entrecruzaban entre sí; en la esquina en la que se situó aquel muchacho sin nombre, había dibujado o escrito algo que parecía decir “zoso”. Indiego, sonrió al sospechar que Mandy seguramente quería escribir “soso” en referencia a su pretendiente.

Un carraspeo de Mandy lo interrumpió de sus cavilaciones. Los cuatro se agarraron las manos a la orden de su prima. Ella cerró los ojos y dijo que todos debían hacer lo mismo. Luego empezaron las ininteligibles palabras de Mandita, como la llamaba la abuela (¡ay, si llega a entrar en ese momento, hubiera adelantado en 12 años su muerte!), y él notaba el calor delicioso que en su mano derecha dejaba Carlota y el sudor asqueroso que aquel muchacho dejaba en su mano izquierda, y la voz de Mandy, cada vez más profunda, más cavernosa, más sentenciosa, en momento dado ordenó que todos pusieran la punta de sus dedos anulares de la mano derecha sobre el vaso que iba a permitir saber lo que el espíritu a convocar quería decirles. Así lo hicieron.

Al principio no pasó nada. Luego, tenuemente, el vaso comenzó a moverse. Indiego estaba seguro que era Mandy quien estaba moviendo el vaso a su antojo. Sin embargo, empezó a notar que el vaso cada vez se movía más violentamente. Un frío gélido se apoderó de pronto del desván. Notó cómo su Carlota empezaba a tiritar a su lado. Y de pronto, repentino, un estruendo terrible se oyó por fuera de la casa: había estallado una tormenta con sus rayos y sus truenos y uno de ellos había caído muy cerca de la casona de los abuelos. En ese instante todos se levantaron gritando excepto Mandy, que parecía sumida en un trance profundo, y también en ese instante el santo que miraba hacia el techo desde una de las esquinas del desván cayó desconsoladamente al suelo. También en ese instante se apagaron las velas, sumiéndolo todo en una grisura insoportable. Salieron de allí gritando mientras Mandy les requería para que no rompieran el círculo.

Cuando Mandy bajó del desván, en el sofá Indiego abrazaba a Carlota intentando consolarla y de paso tocarle algo más de carne. El muchacho sin nombre a esas alturas estaría en su casa maldiciendo a la huesuda de Mandy y recuperándose del susto.

No hablaron más de esto. Al día siguiente Indiego y su prima subieron al desván de nuevo. Recogieron todo y volvieron a colocar al santo en su sitio; afortunadamente no se había escachado: era de madera y sólo se había raspado un poco en el rostro, lo cual, lejos de dañarlo, lo dotaba de un halo aún más triste y martirizado.

Indiego sonrió recordando tantos años después esa escena. Se levantó de la cama y fue hacia los discos. Escogió uno del montón y lo abrió. En la portada un viejo cargado con leña. En su interior los símbolos que Mandy había dibujado en aquel cartón para hacer su ouija. ¡Qué cara! Hacerles pensar a él y los otros dos adolescentes en esas tonterías. La verdad es que se habían asustado. Él no supo del engaño hasta unos años después cuando Josito le prestó el “mejor disco del rock”. ¡Ay, Josito!

Una tristeza infinita, que tenía mucho de añoranza, se le agarró al pecho. Indiego fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Luego, con el vaso fue al baño, y se tomó una pastilla. Volvió a su cuarto, y una vez allí, puso el CD en el equipo y pulsó el play. Una voz chillona empezó a declamar, y luego una descarga de guitarra, bajo y batería. Y así, una vez más, comenzó a viajar.

“viaje 27”  Led Zeppelin – IV (1971).

Cuando Indiego regresó de su viaje era ya tarde. La noche se había posado como un ave oscura sobre la ciudad. Se levantó y fue al baño; como era su costumbre, después de un viaje de estos lo mejor era lavarse la cara con agua fría. En eso estaba cuando sintió un frío repentino por la espalda que le provocó un escalofrío. Cuando levantó la cabeza del lavabo y miró al espejo no había nada. Menos mal que no levantó la cabeza un instante antes y no había podido verlos, tan vaporosos, tras él.

Indiego

Estar hecho un lío es peligroso. A veces es divertido. A veces es triste. Tiene tantos altibajos como una cordillera. Cimas y valles. Valles y cimas. Subir, bajar. Escalar, descender. A veces la falta de oxígeno provoca dolor de cabeza. A veces la adrenalina provoca una euforia superior a la que da ninguna droga. Pero siempre es peligroso. Un resbalón, una piedra suelta, un ataque de pánico, la picadura de una avispa, cualquier cosa puede provocar que un pie no responda, que el vértigo se trague todo, que todo acabe con una caída en el fondo.

Indiego estaba hecho un lío. Se besaba con chicas. Se besaba con chicos. Se acostaba con chicas. Se acostaba con chicos. No amaba a nadie ni quería amar a nadie, pero de vez en cuando le nacía en la cruz del pecho una mariposa gris y desesperada que le poblaba la sangre de ansias venenosas, y él en el fondo sabía que su sangre, en ese momento, le pedía amor. Pero el amor le daba miedo.

Carlota, Cristina, Josito, Paul, sus amores habían terminado en decepciones o pérdidas, siempre en llanto y en resignación. El sexo era distinto: era pulsos, sudor, saliva, piel, fluidos, gemidos, pero no pasaba de ahí. Ni dolía ni daba vértigo.

Lo malo es que últimamente se le repetía recurrente el mismo final de sus sueños: hiciera lo que hiciera durante el sueño, éste siempre acababa con él y Ricardo besándose en una playa.

Era lunes por la tarde noche. Se asomó al balcón y la calle latía en gente y coches despreocupada por sus líos. Parecía que a nadie en el mundo le importara su existencia. Sabía que no era cierto, pero era uno de los valles de la cordillera, un nudo más en su lío. Desazón. Sinrazón. Corazón. El español, a veces le parecía el idioma más estúpido y a la vez más bello de la historia del mundo. Él, ni era inglés ni español, no se sentía de ningún sitio y a la vez de todos. Vivía en aquella ciudad como podía estar viviendo en Nueva York, Berlín, Londres o Helsinki. Híbrido, extranjero siempre, hecho un lío. Desazón. Sus tripas, hechas un lío, se retorcieron con razón. Hambre. Fue a la cocina a ver qué podía comer. Finalmente decidió comerse unos cereales en un tazón. Mientras comía creía ver la tele sentado en el sofá pero a la vez que masticaba los cereales iba rumiando aquella sensación de angustia.

En cuanto terminó de comer, fue al baño. Se lavó los dientes con fruición, pero no se le quitaba el amargo sabor de aquella sensación. Desazón.

Fue a su habitación que estaba desordenada, como él. Sobre la mesa del escritorio estaba aquel disco que le había prestado un compañero de clases. Era de un grupo español y todavía no le había prestado la más mínima atención. Lo cogió entre sus manos. La portada era el símbolo que le ponen a los productos tóxicos; en la contraportada cuatro astronautas se asomaban a un abismo en forma de X. Sonrió.

Se animó a escucharlo. Sin razón. Se tomó una pastilla, abrió la caja del cedé y metió el disco en la bandeja del equipo. Pulsó el play. Una batería poderosa empezó a romper la quietud de su habitación. Desazón. Después un riff de guitarra. Y luego una voz desganada y melancólica empezó a cantar en el idioma más estúpido y más bello del mundo.

“viaje 28”  Los Planetas – Una semana en el motor de un autobús (1998).

¿Cuánto tiempo he perdido ahí afuera?, cuánto por descubrir en mi cabeza, es tan basto que casi da pereza, casi pienso que no tengo fuerzas para hacerlo y encontrar dentro de mí algo nuevo. Definitivamente Indiego estaba hecho un lío. Pero le gustaba, así que volvió a pulsar el play. Sin razón.

Indiego

En la primera orgía en la que Indiego había participado todo fue muy raro. Había ido con Mónica y Hugo. Dos días antes le habían mandado a su piso mediante mensajería un paquete que contenía una lujosa invitación hecha en un papel muy caro, un folio con instrucciones y una máscara de Arlequín de estilo veneciano que, según las instrucciones debía llevar puesta toda la noche en que se fuera a desarrollar la fiesta de disfraces.

El coche, conforme a la operativa que venía en el folleto, le recogió a la siete de la tarde. La noche ya había caído sobre la ciudad en el mes de noviembre el frío comenzaba a caer sobre las calles. Mientras el coche cogía una carretera que salía de la ciudad hacia los montes cercanos, Indiego iba entre Hugo y Mónica, notando caricias. Todos iban como se indicó en las instrucciones: los hombres debían ir con camisa y pantalón negro, y así iban Indiego y Hugo. Ellas en cambio solo debían llevar lencería de color negro, ir cubiertas por un abrigo largo de color oscuro y zapatos de tacón alto.

Entre las manos de ella, una máscara en tonos plateados y rojizos, con flecos hasta por debajo del cuello. La máscara de Hugo representaba a Pierrot. Las manos de Indiego sudaban, a pesar del frío de la noche, sobre la máscara del arlequín.

A veinte minutos del piso de la ciudad, el coche giró a la derecha y tras recorrer unos 10 kms se dirigió hacía un palacete muy iluminado que coronaba una pequeña loma. Por fin el chófer abrió la boca: “Ahora deben ponerse las mascaras y ya no podrán quitárselas hasta que vuelvan a entrar a este coche; les recogeré aquí mismo a las 8 de la mañana.”

Un enorme portero de rasgos escandinavos les dio la bienvenida y, tras comprobar las tres invitaciones, les abrió la gran puerta del palacio, dándoles acceso a un gran salón, a modo de hall, muy iluminado y decorado con flores, donde el blanco y el negro eran motivos predominantes. Una mujer más alta de lo normal se dirigió hacia ellos cubierta como todas las invitadas tan solo por ropa interior de color negro y una máscara. Junto a ella dos mujeres menudas, vestidas como las invitadas, hacían las veces de ayudas de cámara o siervas de la domina principal. Con una voz dulce y sugerente les dijo: “Bienvenidos. Por lo que veo, es la primera vez que acuden a una de nuestras fiestas, así que si me lo permiten les daré una pequeña explicación de cómo operar en nuestras fiestas y cómo sacar el mayor partido a su inversión.” Mientras hablaba, dos criados, vestidos al modo veneciano, les retiraron los abrigos y las ropas, dejando cubiertos sus cuerpos sólo con ropa interior, a la vista de los diferentes asistentes que se encontraban en el hall.

El sistema es sencillo. Esta es una fiesta normal y corriente, donde ustedes pueden dedicarse a pasar por los salones del palacio, comiendo, bebiendo o escuchando música… Pero si lo prefieren pueden practicar sexo del modo que quieran y con el invitado u invitados que deseen, tanto hombres como mujeres. Además, para animar aún más esta fiesta existen profesionales por las diferentes habitaciones, de tal modo que todos podamos, si así lo deseamos, probar lo que queramos; los distinguirán por llevar máscaras de Arlequín. Todos los demás llevamos máscaras para preservar nuestra identidad y, como habrán observado, todas estas son iguales para hombres y mujeres: ellos la de Pierrot y ellas la de Colombina.”

Luego los separaron a los tres. Lo demás que recordaba Indiego era confuso e inquietante. Champán, coca, deseo, labios, sexo, lascivia, caricias, gemidos, gritos, placer, dolor, placer, hastío y deseo de nuevo. Sonaba en todas las habitaciones una música repetitiva y sensual que añadía más sugestión a todo. Y así hasta que a las siete de la mañana una voz sugerente que siguió a la alarma que sonó recordó la disposición de aseos y vestuarios para ir abandonando aquel festival de sexo. Sólo en el coche Indiego se quitó la máscara y vio a su lado a Mónica y Hugo, más cariñosos que nunca entre ellos. “¿Te gustó nuestro regalo?”. Gustarle le había gustado, pero no había sido un regalo. Él había sido el regalo de ellos para los demás. Un punzón de rabia le empezó a horadar el pecho. Pero no lloró ni dijo nada salvo “si mucho, a ver si lo repetimos.

En la última orgía a la que había ido Indiego una de las bocas que probó se le pareció mucho a la de Mónica. Hacía ya un par de años que no la veía a ella ni a Hugo. En aquella ocasión algunos asistentes vestían como obispos enmascarados, otros de monjes también con antifaces, y ellas sólo con un antifaz y la cabeza cubierta con los hábitos de una monja. Pero en el fondo, todas eran iguales, de todas Indiego salía con la misma sensación de vacío y culpa. La última orgía había sido la noche anterior.

Llegó al piso a eso de las nueve y durmió inquieto después de ducharse hasta eso de las siete de la tarde. Ya las sombras de la noche asomaban sobre la ciudad. No sabía qué hacer. Se duchó de nuevo por ver si se despejaba. Comió algo. Se recostó en el sofá sin ganas de nada salvo de ver la tele. Pero una inquietud sorda le latía en el fondo del pecho.

Cuando no pudo más, apagó la televisión y fue a su cuarto, no sin antes pasar por la cocina y tomarse una de sus pastillas. Rebuscó en la torre de cedés y escogió el que estaba buscando. Media cara borrosa miraba hacia la cámara, mientras a su espalda una batería aplastaba a un coche y una guitarra descansaba en el suelo como un animal absurdo. Lo puso en el equipo y un sonido de batería electrónica empezó a llenar la habitación. Luego aquella voz empezó a derramar verdades.

“viaje 29”  Prince –  Sign o’ the Times (1987).

Cuando regresó de su viaje, su inquietud había desaparecido. Sin embargo, Indiego notaba en su interior que el deseo había empezado a despertar de nuevo. Primero llamó por teléfono. Después fue hacia su armario. Media hora después, debajo del portal de su edificio un coche oscuro lo esperaba. En sus manos Indiego llevaba un antifaz e iba vestido con ropa oscura.

Indiego

Indiego vio por primera vez a Sandy Lila en la vigésimo primera orgía en la que participó. En aquella ocasión parecía alta, bella, con una peluca rubia rizada y encrespada. Unas botas negras le daban aún más aire de institutriz sádica. También ayudaba un látigo con el que castigaba la espalda blanca y flácida de aquel juez tan famoso por su supuesta imparcialidad ante los casos más escandalosos.

Sandy había venido de Madrid sólo un mes atrás. Al hablar tenía un acento neutro, por lo que nadie podía afirmar taxativamente su procedencia. Unos decían que Andalucía; otros que Venezuela o Cuba; a veces parecía gallega, pero sin pronunciar las zetas; otros decían que era de Canarias; nadie sabía, pero tampoco a nadie le importaba mucho.

Se llamaba Sandy en honor a la protagonista de Grease, personaje que encarnaba Olivia Newton John. Por la calle iba vestida igual que ella en la famosa última escena: pantalones estrechos de cuero, top negro, zapatos rojos de tacón. Lo de Lila también tenía explicación. Al hablar tenía un timbre ambiguo: ni hombre ni mujer una mezcla de ambos, que no sonaba mal, al contrario. –Soy Lila desde niña, aunque nací niño. Ni azul ni rosa, una mezcla de ambos, Lila.-

Desde pequeña se disfrazaba de mujer a escondidas de sus padres, hasta que un día se fue de casa y una vez lejos de los ojos de los suyos comenzó a ser ella: Sandy Lila. Cantaba como los ángeles, pero tenía sexo, y practicaba el sexo con quien quiera que pagara algo de dinero. Los camioneros de las autopistas de Madrid bien conocían de su sabiduría en las cosas del placer. Sus espectáculos llenos de canción y teatro se sucedían en los bares de carretera y hacían las delicias de toda esos seres, nocturnos y perdidos, que como polillas buscaban en las luces de neón un sentido y terminaban encontrándose a sí mismos.

Lo malo de Sandy era cuando la parte masculina le podía. Entonces, se descuidaba en el afeitado y los cañones de los vellos asomaban, umbríos y patéticos, en aquel rostro afilado, que de dulce pasaba a ser caricaturesco, que de luminoso pasaba a moribundo. Porque Francisco, que así era como aparecía en el carné, era miedoso, cobarde, vengativo y yonqui. Muy yonqui. Por eso se metió a fondo en las orgías. Pegaba y le pegaban por dinero. –Si fuera rica, me operaría. Me pondría tetas, pero no me quitaría el badajo. No soy mujer ni hombre. Nadie lo entiende, ni siquiera yo, salvo cuando me salva la heroína. Pero si fuera rica, pagaría a muchachos para que se dejaran besar. No me gusta pegar, pero es lo que quieren todos, que les pegue. Y yo por un pico, les pego y después les hago sufrir por donde quieran.

Indiego no sabía porqué a él le contaba todo lo que le pasaba. Con él nunca mostró su cara oscura: se ponía a hablar de cuando era niño (o niña), de sus primeros amores, de su primer pico, de cómo estuvo a punto de participar en una peli de Almodóvar, de que su padre había muerto hacia unos años y él no había podido ir al pueblo durante el entierro. A veces lloraba. Casi siempre reía. Más de una vez se pinchó delante de él y delante de él se refugiaba en un lugar que sólo existía en su cerebro mientras los efectos de la droga duraban. Entonces, Indiego la abrigaba y se marchaba.

De pronto le perdió la pista. Había pasado ya unos meses y unas cuantas orgías que no la veía. Tampoco él la había vuelto a visitar a su cochambroso piso.

Aquel día Ricardo había comprado el periódico líder de la ciudad y lo había dejado sobre la mesa de la cocina tras desayunar. Cuando Indiego se despertó y se levantó de la cama, era algo tarde. Las once o doce de la mañana. Se hizo un café y empezó a ojear con desgana el diario. Y de pronto, en la sección de sucesos vio una noticia acompañada de unas fotos que le desgarró el pecho. Sobre el suelo de una calle del centro un cuerpo, aún no cubierto por la manta plateada como una papela de yonqui, estaba tirado boca arriba sobre la acera junto a un portal. Al lado de esta imagen dos fotos de tamaño carné. En una se veía una mujer rubia. Debajo, la foto de un hombre afilado y triste. Era ella, Sandy. Era él, Francisco. En la noticia se ocultaba su nombre tras la siglas F.P.C. Sobredosis.

A Indiego se le llenaron de lágrimas los ojos. Luego le subieron hasta el pecho desde el estómago arcadas violetas que le hicieron ir al baño a vomitar. Se pasó hasta el mediodía llorando, preguntándose culpable si no habría podido ayudarla un poco más, ir más allá de ser un escuchante…

A media tarde decidió hacerle su particular homenaje. Comió un poco, y junto al té de después de su frugal almuerzo se tomó una pastilla de las suyas. Fue hacia la habitación y buscó un disco para aquel momento. Rebuscó entre los discos y encontró el que estaba buscando. Por un momento observó la carátula. En un sillón estaban sentadas cinco personas. Una bebía y fumaba. Otra miraba con interés hacia un reloj de pulsera. Otra hacia un espejo de mano. Las otras dos miraban a la cámara: una desafiante; otra muy digna. parecían mujeres, pero él sabía que no lo eran. A la izquierda un lápiz de carmín rosa había escrito el título…

“viaje 30”  New York Dolls –  New York Dolls (1973).

Cuando fue consciente de haber regresado de su viaje, Indiego descubrió que estaba llorando. Fue al baño y se lavó los ojos. Más calmado volvió a su habitación y puso el disco de nuevo. Después, del armario, sacó un traje negro de mujer y de la zapatera sacó unos zapatos de tacón. Mientras se pintaba, intentaba recordar la dirección del camello de Sandy. Le costó poco tiempo hacerlo. Una hora después, en un portón de las callejas estrechas del barrio más viejo y canalla de la ciudad, una mujer que no era, intercambiaba con un moro, un paquete a cambio de unos billetes.

Indiego

Mal sentado en aquel sillón de hospital, Indiego dormitaba cuando oyó cómo su abuela, en sueños, comenzó a gemir y a decir un nombre extraño en su boca. –Alberto, Alberto, qué dulce es tu boca, que caliente tu saliva, qué fuertes tus brazos.– ¿Quién coño era ese Alberto?

Hacía dos años que el abuelo había muerto, y a la abuela, que estaba siendo cuidada desde entonces por su madre, le había dado un derrame en la última semana. Indiego regresó a la casa de sus padres aprovechando las vacaciones de verano para echar una mano, y había pedido pasar una noche en el hospital para que sus padres descansaran un poco.

A la mañana siguiente, cuando regresó a casa de sus padres, la curiosidad le pudo e investigó en las pertenencias de la abuela, que desde la muerte del abuelo se había trasladado a casa de sus padres, ocupando la que había sido su habitación. Ya no había planetas colgando desde el techo. Ya no había pósters de Morrissey o de Bowie. Sólo un crucifijo de madera rompía el blanco monacal de las paredes. En una estantería libros y libros sobre santos y milagros llenaban las baldas. Un cofre de madera colocado en el último estante llamó su atención. Lo cogió. No tenía llaves. Lo abrió. Y allí, varios cuadernos amarillentos descansaban como insectos disecados en vitrinas de museo.

Como si se sintiera culpable y a la vez extraño, Indiego cerró la puerta de la habitación que había sido suya, y recostándose lentamente en la cama, comenzó a hojear aquellos cuadernos.

Todo aquello que pensaba de su abuela, de pronto, se quebró, se hizo trizas, a medida que iba descubriendo en aquellas páginas cómo dentro de la santurrona bullía una mujer desesperadamente sexual, dentro de la beata aburrida una mujer enamorada y ardiente se consumía.

Por lo que leyó, la abuela era una niña nacida en una familia bien del alborotado Madrid de los años 20. Cuando era muchacha al servicio de sus padres entró a trabajar como chófer un muchacho fuerte y guapo que olía a mar y a deseo. Alberto se llamaba. Y en las idas y venidas de llevarla y traerla del colegio de monjas donde tan bien le enseñaban a ser una futura señora, entre ambos nació el deseo, tan venenoso como inevitable, tan dulce como dañino.

Y pasó lo que tenía que pasar. Miradas, cogidas de mano a escondidas, besos a hurtadillas, y un día, un roce en un muslo, una mirada extraviada y unos labios predispuestos hacen que todo estalle en saliva, gemidos, muslos entre muslos y suspiros de placer.

Lo malo de un amor prohibido es que si una de las partes es cobarde, todo se malogra, y donde hubo amor y deseo, solo queda resentimiento. El padre de la abuela descubrió aquello, echó a Alberto a la calle y a ella la encerró en un internado a la espera de un marido como se merecía. Ella tampoco se quejó mucho: sumisa y arrepentida aceptó su destino de mujer respetable de la alta sociedad. En eso llegó el abuelo, y todo aquel desaguisado se enderezó.

Sin embargo la guerra estalló antes de que pudieran casarse: el abuelo, enamorado de la causa nacional, dejó el matrimonio por las trincheras, y no fue hasta varios -bastantes, casi diez- años después de la Victoria que se dieron el sí quiero en una iglesia grisácea.

Recién llegada de la luna de miel, en medio de la miseria y el racionamiento irracional e injusto que había dejado aquella incivil guerra, la abuela había ido al centro a adquirir, en casas muy finas de contrabando, las telas que llegaban del extranjero.

Se le había hecho tarde y desde la última casa llamó a un taxi. No se dio cuenta de quién era el conductor hasta que se había subido al taxi. Alberto. Él, más castigado, más enjuto, pero con aquellos dos soles canelos que tenía por ojos, con aquellos labios que dibujaban los mejores besos de la tierra. No hizo falta mucho más. El taxi se dirigió a un descampado y en el asiento de atrás volvieron a amarse como hacía años, pero con mucha más rabia y desesperación. La rabia del tiempo perdido, del si hubiéramos, de la guerra, de los labios ajenos, del saber que no había tiempo ni lugar para ellos juntos.

Esa noche cuando regresó a su casa, la abuela lloró mientras se bañaba. Luego, tras cenar, y acostarse junto al abuelo, ante la insistencia de la mano de éste, se remangó su camisón, se abrió de piernas y mientras su marido entraba y salía de ella, las lágrimas corrían por su cara y el asco por sus venas. Menos mal que un matrimonio decente se amaba a oscuras.

Nueve meses después de su vientre nació una niña. Su marido se empeñó en llamarla como uno de los coroneles más insignes del bando nacional. Petronilo se llamaba aquel desgraciado, y Petronila se llamó su niña. Nunca más tuvo otro hijo. Nunca más volvió a ver a Alberto. Después los cuidados de su familia y los rezos llenaron su vida.

Cuando terminó de leer, Indiego tenía los ojos encharcados de lágrimas. En el pecho sentía cómo la serpiente de la culpa por haber vulnerado la privacidad le robaba el aire. También sentía algo de culpa por haberse excitado imaginando a la abuela amando a aquel joven llamado Alberto. Los imaginaba sudorosos y sofocados en sus trajines.

Quién lo iba a decir. La abuela, la que hacía galletas dulcísimas y rezaba todas las noches, la que lo regañaba si le oía decir una mala palabra, la que tenía un crucifijo en la cabecera de la cama, la que criticaba a aquellas muchachas que salían ligeras de ropa y enseñaban sus muslos, ella también era fue en un momento una mujer de las que aman con su cuerpo, completamente. Luego le asaltó un siniestro pensamiento. ¿Y si su madre no era hija del abuelo sino de aquel muchacho fuerte y mediterráneo que se llamaba Alberto?

Rebuscó en la maleta que había traído y sacó la bolsa donde guardaba los discos cuando viajaba. Entre los cuatro o cinco que había llevado estaba el apropiado. Sacó de la maleta su discman, tan cascado por fuera. También de la maleta sacó su neceser: sus pastillas estaban allí. Se tomó una. Metió el cedé en la boca del aparato. Por un momento observó la carátula. Una muchacha recostada, con la mano apoyada en la mejilla derecha, miraba hacia el vacío; un libro titulado “The Trial” descansaba junto a ella en la almohada. La foto era en blanco y negro, pero estaba virada hacia un rojo apasionado. En blanco estaba escrito el título. Pulsó el play y una voz dulcísima lo acompañó a viajar.

“viaje 31”  Belle & Sebastian –  If You’re Feeling Sinister (1996).

Una semana después, a la abuela, ya completamente recuperada, le dieron el alta. En la casa todos la recibieron con alegría y jolgorio. Indiego la acompañó a su habitación y notó cómo la abuela puso cara de alivio cuando miró hacia la estantería y vio el cofre en el mismo lugar donde lo había dejado antes de enfermar. No sabía la vieja que unas fotocopias de sus diarios estaban guardadas en la maleta de Indiego. Y nadie sabía ni podía saber las puertas que empezaron a abrirse desde entonces.

Indiego

Últimamente, para Indiego, todo es ruido. El ruido con sus cinco dedos llenos de fiebre. El ruido con los labios dulcísimos. El ruido amarillo como una pared de piso. El ruido con su olor a papel mojado. El ruido con las manchas de orina, y la ropa arrugada, y las ojeras en el espejo.

En esos momentos lo mismo es ser que no ser, amar que no amar, imaginarse margaritas negras que terminan siempre de la misma manera deshojadas. Hoy es un día de esos.

Una gota de sudor resbala de la frente hasta las comisuras de sus labios. Tiene frío y calor, ganas de vomitar y de morirse, o de matar a aquella vieja que desde el asiento de enfrente lo mira con ojos de pena y cuchichea. Indiego quiere morirse. El autobús es un pez gigante y absurdo que lo arrastra en su interior no se sabe hacia dónde.

Hundirse tiene esas cosas. Si no hubiera aire, si no hubiera dolor, ni alegría. Los frenazos, las sacudidas. La vieja lo vuelve a mirar. Se parece a la abuela con los ojos del abuelo, buena pero mala como la vida.

Otra gota de sudor resbala por su cara, pero él tiene frío. Debe aprovechar a que el pez abra su boca para salir.

Dos paradas antes de su piso, Indiego baja tropezando del autobús. De este punto hasta su casa parece que el tiempo se detiene y que su pecho se quiebra. Sólo piensa en una cosa. Bueno, en dos.

Ya no importa el sexo, ni la fotografía, ni su madre, ni su padre, ni sus muertos, ni sus vivos. Importa él porque puede todavía verse en los escaparates, porque todavía desea otra más, sólo una más. Volver a olvidar. Volver a ver ese ruido, que dentro del caos se ordena, ese ruido que no importa porque lo es todo, ese ruido donde hay un perro del tamaño de una noche ladrando su nombre.

El portero del edificio lo mira con los mismos ojos de la vieja del autobús, con los mismos ojos del abuelo: tierna imposición de culpa. Así debe mirar Dios a quienes pecan. Pero Indiego no cree en dios alguno, solo quiere dos cosas. Bueno, tres: la primera es llegar a casa.

Abre la puerta. Da voces, pero nadie contesta. Todo es blando como si se estuviera derritiendo. Una arcada llena su boca de saliva amarguísima. Llega tambaleándose hasta el lavabo. Las ojeras tienen el color de las venas al romperse.

Luego va a la habitación y abre la gaveta. El papel albal brilla como una navaja que no corta. Abre el paquete que forma y allí está. Lo dobla un poco, y enciende un mechero debajo: un humo blanco y apestoso de repente llena la habitación. Indiego con un canuto en la boca sorbe el universo.

Todavía consciente pulsa el play. Lleva escuchando el mismo disco toda la semana. Lleva fumando así toda la semana. Sobre la mesa, la carátula del disco parece una ironía: una vela encendida. Cuando comienza a sonar aquella guitarra y aquella dulce voz recita una letanía, Indiego se recuesta en la cama como si no existiera nada más que el ruido y fuera solo en el ruido donde puede ser feliz.

“viaje 32”  Sonic Youth – Daydream Nation (1988).

Cuando Indiego regresó del viaje un apestoso olor llenaba su habitación. Fue hacia el baño y se vio con los mismos ojos del abuelo. Estaba más flaco que nunca. Llevaba un mes entregado al ruido, donde nada más importaba salvo él, donde era feliz, donde había placer, quizá fugaz, pero placer al fin y al cabo. Pero tenía que dejarlo. Notaba como le pesaban los párpados, las pestañas, las uñas, los labios y los dientes. Tenía que dejarlo, pero mejor mañana. Volvió a la habitación y pulsó el play del equipo. Ruido, dulce ruido.

noviembre 2018
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